# Fragmentos de Codicia

## Crónica de los que se negaron a ser coleccionados

## Parte I — El blasón y la ciudad asediada

### Capítulo I — El hombre al que devolvió el mar

[[Trankus Trenkins]] había aprendido que el mar no devolvía todo cuanto tomaba.

A veces entregaba un cuerpo a la playa, hinchado por el agua y despojado ya de cualquier parecido con el hombre que había sido. A veces dejaba una tabla, un jirón de vela o la mitad de un mascarón cubierto de percebes. Eran objetos miserables, pero bastaban para que una familia pronunciase las palabras finales y dejara de mirar hacia el horizonte.

Otras veces, el mar no devolvía nada.

Aquella era su crueldad más perfecta. No la muerte, sino la duda.

La noche en que se hundió la *Santa Bárbara*, el mar se quedó con casi todo.

El galeón navegaba hacia Neverwinter bajo un cielo sin luna. Trankus ocupaba el carajo, encaramado por encima de las velas, con la humedad pegada a la piel y el cabeceo del barco aprendido en las rodillas. Llevaba tantos años navegando que ya no necesitaba pensar para mantener el equilibrio. El océano subía, él cedía. El océano bajaba, él lo acompañaba. Abajo, sobre la cubierta, el turno de noche se movía entre cabos, faroles y murmullos cansados.

Entonces vio aparecer el otro barco.

No surgió del horizonte. Emergió de la bruma como si hubiera estado aguardándolos dentro de ella.

Triplicaba el tamaño de la *Santa Bárbara*. Cuatro hileras de portas recorrían cada uno de sus costados. Sus velas eran negras y en su cubierta ardían centenares de antorchas. Durante un instante, Trankus creyó estar contemplando una ciudad flotante. Luego distinguió el blasón y comprendió que aquella ciudad había acudido para matarlos.

Golpeó la campana.

—¡Velas negras! —gritó con toda la voz que tenía—. ¡Barco a estribor!

La cubierta despertó de golpe. Hombres que un latido antes dormitaban junto a un cabo corrieron hacia sus puestos. Se abrieron arcones. Se desenvainaron aceros. El contramaestre vociferó una orden que el viento despedazó antes de que llegara a proa.

Las antorchas del navío enemigo se elevaron.

Trankus tardó demasiado en comprenderlo. No eran antorchas. Eran flechas.

Durante un segundo hubo una constelación nueva en el cielo, centenares de luces describiendo arcos perfectos sobre el agua. Después cayó sobre ellos. El fuego prendió en las velas, se hundió entre las junturas de la cubierta y convirtió las jarcias en líneas incandescentes. Un marinero corrió envuelto en llamas hasta que otro lo derribó y lo cubrió con una lona. Los primeros gritos aún no se habían apagado cuando hablaron los cañones.

El mundo se volvió estruendo.

La *Santa Bárbara* se ladeó bajo el impacto. La cofa azotó el aire, y Trankus se aferró al mástil con ambas manos. Vio saltar astillas largas como espadas. Vio desaparecer una porción de la borda. Vio al capitán [[Greenwood Seahawk]] en el castillo de popa, señalando al enemigo con el sable mientras ordenaba virar para presentar los cañones que todavía podían responder.

Greenwood había sido lo más parecido a un padre que Trankus había conocido.

Su padre de sangre había tenido manos de comerciante y la sonrisa fácil de quien cree que la siguiente apuesta reparará todas las anteriores. El negocio textil de la familia prosperó durante años en Puerto Nyanzaru. Hubo una casa digna, comida suficiente y un futuro que parecía tan seguro como pueden parecerlo las cosas antes de empezar a desmoronarse. Luego llegaron las apuestas. Primero fueron monedas que podían perderse. Después, sumas que obligaban a mentir. Por último, deudas contraídas con hombres a los que nadie sensato hacía esperar.

La reputación del comerciante se pudrió antes que su fortuna. Los clientes dejaron de acudir. La madre de Trankus buscó refugio en la bebida mientras su marido buscaba en el juego la riqueza que el propio juego le había quitado. Su hijo aprendió a conseguir comida mucho antes de tener edad para comprender por qué debía hacerlo. Aprendió a escuchar, a medir la vanidad de los adultos y a distinguir una bolsa fácil de una mano preparada para romper dedos.

Sus padres acabaron vendiendo hasta la casa para financiar una expedición a la selva de Chult. El padre aseguró haber oído hablar de un artefacto capaz de concentrar almas, un tesoro de poder incalculable. Convenció a unos cazarrecompensas de que podía guiarlos hasta él. La madre, o lo que quedaba de la mujer que había sido, se unió a la expedición.

Trankus supo que no regresarían.

No intentó detenerlos. A veces recordaba esa decisión como una prueba de madurez. Otras, como la primera traición de su vida.

Después solo quiso abandonar Chult.

Un hurto mal elegido le proporcionó la oportunidad. El hombre al que intentó robar era pirata; uno lo bastante experimentado para reconocer en el muchacho aquello que él mismo había sido. En vez de matarlo, le ofreció un año de servicio para pagar el agravio. Ese año se convirtió en varios. Entre tormentas, abordajes, barriles de ron y velas comidas por el salitre, Trankus se ganó un nombre a bordo. También una familia.

Y ahora una bala de cañón alcanzaba a Greenwood Seahawk.

No hubo tiempo para una despedida. El proyectil lo convirtió en sangre, huesos y fragmentos de abrigo que cayeron sobre los hombres a los que acababa de ordenar que resistieran.

Trankus se quedó inmóvil.

Los barcos chocaron. Ganchos de abordaje mordieron la borda. Piratas de la nave negra cruzaron entre ambos cascos y cayeron sobre una tripulación ya quebrada por los cañones. El tintineo de los aceros apenas se distinguía del rugido del incendio. Un compañero levantó la mirada hacia la cofa y gritó algo que Trankus no llegó a entender.

Entonces los atacantes retrocedieron.

No huían de la resistencia. Volvían a su barco.

El estampido que siguió nació dentro de la *Santa Bárbara*.

—¡La santabárbara! —alcanzó a gritar alguien—. ¡Han volado la santabárbara!

La explosión partió el galeón. El fuego atravesó las cubiertas y el mástil se inclinó con un gemido tan profundo que pareció el lamento de una criatura viva. Los supervivientes se arrojaron a las aguas gélidas. Algunos desaparecieron en cuanto tocaron el mar. Otros lograron debatirse unos instantes entre tablones, aceite ardiente y cuerpos.

Trankus esperó hasta que ya no quedó nada debajo de la cofa salvo humo.

Saltó.

El frío le cerró el pecho. Nadó sin dirección, golpeado por restos que no podía ver, hasta encontrar medio barril flotando. Se abrazó a la madera. A su espalda, el barco enemigo se alejaba mientras las dos mitades de la *Santa Bárbara* se hundían entre llamas.

Trankus apoyó la cabeza en el borde del barril.

Creyó que no volvería a abrir los ojos.

Cuando recuperó la conciencia no se atrevió a comprobarlo de inmediato. Oyó gaviotas. Sintió el sol sobre la mejilla derecha y el frío del agua alrededor de los brazos. Las piernas habían dejado de pertenecerle. Por un momento pensó que aquello era la muerte: luz, graznidos y ninguna voz conocida.

Abrió los ojos.

Había tierra ante él.

La corriente lo había arrastrado hasta la costa de [[Leilon]].

El mar no le devolvió a Greenwood. No le devolvió a sus compañeros. Ni siquiera le concedió cadáveres que enterrar. Le dejó, en cambio, la imagen del blasón que había ondeado sobre las velas negras.

Trankus la conservó.

La llevó en la memoria mientras se recuperaba. La dibujó hasta que fue capaz de reproducir cada línea sin vacilar. Preguntó por ella en muelles y tabernas, ante capitanes que respondían con indiferencia y contrabandistas que pedían dinero antes de admitir que no sabían nada. Nunca enseñaba cuánto le importaba. Había aprendido en las calles de Puerto Nyanzaru que una necesidad visible era una cuerda que cualquiera podía colocar alrededor de tu cuello.

Pasó el tiempo.

Una mañana encontró el blasón en una oferta de trabajo.

El anuncio prometía una misión marítima, una recompensa generosa y el amparo de una organización llamada [[Cofradía de Coleccionistas]]. No explicaba por qué utilizaba el mismo emblema que el navío responsable de la muerte de la *Santa Bárbara*. Tampoco necesitaba hacerlo.

Trankus arrancó el anuncio.

Leilon se extendía entre Neverwinter y Waterdeep, sobre una de las grandes rutas comerciales de la Costa de la Espada. La Alianza de los Lores había dejado allí su huella de soldados, normas y emblemas, pero el puerto obedecía primero al viento, a las mareas y al precio de las mercancías. Los altares de Tymora recibían monedas de quienes pedían fortuna antes de zarpar. La luz de Thunder —como lo llamaban algunos habitantes— encontraba devotos entre quienes necesitaban creer que cualquier oscuridad terminaba al amanecer.

Trankus no pidió ayuda a ninguno de los dos.

Encontró la goleta amarrada en el puerto.

Era un barco mediano, construido con madera excelente y castigado por viajes que nadie se había molestado en borrar del casco. El mascarón representaba a una mujer dorada. La figura se inclinaba sobre las olas con una serenidad que el resto de la nave no compartía: había cabos remendados, señales recientes de reparación y demasiadas provisiones acumulándose en el muelle.

Un cocinero llamado Barricada discutía con una tiflin acerca de cuánto podían cargar. Hablaban de comprar más como si el dinero no fuese un límite. Entre ambos, hombres sudorosos hacían rodar barriles por una pasarela mientras un capitán supervisaba los preparativos.

Trankus observó antes de acercarse. Contó marineros. Localizó las armas visibles. Estudió las manos del capitán y la manera en que la tiflin miraba a quienes cargaban las cajas. El blasón del anuncio aparecía allí de nuevo.

La mujer que pagaba la expedición se llamaba [[Katarina Devon]].

Trankus no fue el único en aceptar la misión.

[[Thane Marrok]] tenía la apariencia de un hombre que había pasado demasiado tiempo intentando ganar una discusión contra sí mismo. Sabía manejar una espada y moverse sobre una cubierta. También conocía el fuego en un barco. Años atrás había perdido a su hermano Calder y a toda una tripulación después de que una disputa, una apuesta y una lámpara de aceite derribada convirtieran la nave en una pira. Había despertado días más tarde en una playa, sin cadáveres que confirmasen sus peores temores. Desde entonces buscaba supervivientes y una absolución que quizá ninguno de ellos quisiera concederle.

[[Rim]] sonreía con la facilidad de quien entiende que una sonrisa es a la vez una invitación y un escondite. Era bardo, pero casi todo lo demás permanecía en blanco. Había despertado sin recuerdos, sin un pasado al que regresar y sin siquiera la certeza de que el rostro que veía en el agua fuese el primero que había llevado. Solo conservaba fragmentos: un barco, un emblema y la sensación de que alguien había arrancado páginas enteras de su vida.

[[Thromm]] poseía la corpulencia paciente y monumental de los firbolgs, una presencia maciza moldeada para resistir y proteger. Clérigo devoto de [[Tempus]], canalizaba la fuerza del Señor de las Batallas no por sed de gloria, sino como un escudo contra el desamparo. Tras el secuestro de su esposa y la devastación de su aldea, la fe marcial se había convertido en su única disciplina frente a la pérdida.

[[Samael]] hablaba con la calma de quien había visto morir siglos. Renacido y mago, cargaba con una existencia tan larga que algunas de sus memorias parecían pertenecer a otra persona. No todas sus preguntas apuntaban hacia la misión, pero reconocía el peligro de los hombres que convertían la vida y la muerte en materiales de estudio.

No se hicieron amigos en el muelle. Ni siquiera confiaron unos en otros. Fueron cinco desconocidos reunidos por necesidades diferentes frente a un barco demasiado hermoso para su estado y una patrona que pagaba demasiado por una tarea supuestamente sencilla.

Katarina los recibió en el camarote de la capitana.

El lujo del interior no concordaba con las cicatrices del casco. Alfombras de terciopelo amortiguaban las pisadas. El escritorio estaba trabajado con detalles finos, y cada objeto parecía escogido para recordar al visitante que su propietaria podía permitirse cosas que la mayoría de los marineros solo veía tras el cristal de una tienda.

Una brújula giraba sin cesar sobre la mesa.

No señalaba el norte. Su aguja daba vueltas como si buscase una dirección que no existía. A su alrededor había matraces con arenas de colores y texturas distintas, muestras tomadas de costas lejanas.

Trankus reparó en ambos detalles y se obligó a no mirarlos demasiado.

Katarina explicó que la Cofradía necesitaba transportar una mercancía hasta [[Mintarn]]. La misión sería de ida y vuelta. Cincuenta piezas de oro por custodiar la carga; setenta y cinco si llegaba en condiciones excelentes. Mintarn, dijo, era una isla de piratas fuera del gobierno de la Alianza de los Lores. Pagaba tributo a un dragón rojo adulto y aquel acuerdo mantenía alejados a muchos enemigos.

Habló de la mercancía sin describirla.

—Tendréis camas abajo —añadió—. La bodega está prohibida.

Trankus esperó a que alguno de los otros preguntara. Nadie lo hizo de la forma que habría obligado a Katarina a responder.

Mercancía. Condiciones excelentes. Bodega prohibida.

Las palabras se acomodaron unas junto a otras y formaron algo desagradable.

Aceptaron de todos modos.

La oportunidad de seguir el blasón pesaba más que la desconfianza. Para los demás habría otros motivos: dinero, viaje, respuestas o la clase de impulso que lleva a ciertas personas hacia una puerta precisamente porque alguien les ha ordenado no abrirla.

La goleta se llamaba *[[La Doncella Afortunada]]*.

Zarpó con la marea.

Las maniobras de salida exigieron toda la tripulación. Trankus pospuso sus preguntas y se puso a trabajar. Ajustó cabos, obedeció órdenes y dejó que sus manos demostrasen aquello que no pensaba explicar. Si quería averiguar qué sabía aquella gente sobre el ataque a la *Santa Bárbara*, primero debía conseguir que lo aceptaran como marinero y no como inquisidor.

Cuando el puerto empezó a alejarse, la mujer dorada del mascarón abrió camino hacia el mar.

Barricada anunció la cena al caer la noche. Los guardias permanecieron en sus puestos mientras el resto comía. Trankus esperó hasta ver al ayudante de cocina probar la comida antes de llevarse nada a la boca. Era una precaución pequeña y quizá absurda, pero seguía vivo gracias a muchas precauciones pequeñas que otros hombres habían considerado absurdas.

Más tarde bajó hasta las literas. Permaneció despierto mientras las conversaciones se apagaban y los ronquidos se volvían profundos. Escuchó la madera, el agua golpeando el casco y los pasos sobre su cabeza. Todo barco poseía una voz propia. La *Doncella Afortunada* crujía como si llevase demasiado peso.

Trankus cerró los ojos.

Al amanecer, las primeras islas aparecieron en el horizonte: algunas apenas eran peñascos oscuros sobresaliendo del agua. Un marinero lanzó una saeta de fuego. La señal ardió contra el cielo pálido y, desde una isla mayor, alguien respondió.

La orden de arriar los botes recorrió la cubierta.

Barricada les entregó provisiones. Thane ocupó uno de los remos. Trankus se colocó a proa y guio la embarcación por un mar extrañamente tranquilo.

En la playa los esperaba un campamento.

Había también una barcaza destartalada, inutilizada por un boquete en el casco, y varios hombres que se mantenían alejados de una figura sentada junto al agua.

Era una mujer pelirroja, de una belleza tan perfecta que parecía calculada. Estaba atada y amordazada.

Ninguno de sus guardianes quería acercarse a ella.

Trankus miró a sus compañeros. No necesitaban decirlo en voz alta.

Aquella era la mercancía.

### Capítulo II — La Doncella Afortunada

La pelirroja los observó aproximarse sin realizar el menor esfuerzo por pedir ayuda.

Estaba sentada sobre la arena húmeda, con las muñecas atadas a la espalda y una mordaza hundida entre los labios. El viento agitaba su cabello, de un rojo intenso, y pegaba la tela de su vestido al cuerpo. La perfección de sus facciones resultaba inquietante. No parecía la clase de belleza que nace de una combinación afortunada de rasgos, sino algo construido para obligar a mirar.

Los hombres del campamento la rodeaban a distancia.

Uno vigilaba con una ballesta preparada. Otro mantenía una mano sobre la empuñadura de su espada. Ninguno se colocaba al alcance de las piernas de la prisionera.

[[Trankus Trenkins|Trankus]] saltó del bote cuando la quilla rozó el fondo. [[Thane Marrok|Thane]] bajó detrás de él y arrastró la embarcación hasta que quedó inmóvil. [[Rim]], [[Thromm]] y [[Samael]] desembarcaron sin apartar los ojos de la mujer.

—La mercancía —anunció uno de los guardianes.

Pronunció la palabra con un orgullo que habría resultado más apropiado para un cofre de joyas.

Alguien explicó que [[Katarina Devon|Katarina]] la había elegido por su belleza. Sería una obra de arte en el museo de [[Mintarn]]. No una invitada ni una modelo: una obra. La diferencia quedó suspendida en el aire.

Rim contempló las cuerdas.

—¿Y la mordaza?

—No se le quita.

—No parece que pueda causarnos muchos problemas atada de pies y manos.

El guardián lo miró como si acabara de sugerir que metieran una antorcha encendida en un barril de pólvora.

—La recompensa depende de que llegue en las condiciones acordadas. La mordaza se queda.

Samael estudió a la cautiva en silencio. Había demasiada intención en aquellas precauciones para atribuirlas solo a la crueldad. Los hombres no temían que gritase. Temían aquello que pudiera decir o hacer con la voz.

Una segunda saeta de fuego se elevó desde la playa para avisar a la goleta.

Trasladaron a la mujer hasta la barcaza. Trankus la sujetó por un brazo para ayudar a levantarla y sintió bajo los dedos algo que no concordaba con lo que veían sus ojos. La piel que parecía tersa estaba arrugada, áspera y castigada como cuero dejado al sol. Retiró la mano por puro reflejo.

La cautiva sonrió alrededor de la mordaza.

Su rostro cambió.

La belleza no desapareció de una vez. Se deshizo. La piel se marchitó sobre los huesos, el rojo del cabello perdió su brillo y la silueta seductora se encorvó hasta revelar una criatura marina envejecida y terrible. La ilusión había sido un vestido, y acababa de desprenderse de él.

—Una saga —dijo Samael—. Una saga marina.

Los guardias de la playa parecieron aliviados de que la revelación se hubiese producido después de entregarles la responsabilidad.

Thane masculló algo acerca de Katarina y sus obras de arte. Rim se agachó frente a la prisionera, fascinado menos por su monstruosidad que por la facilidad con que había habitado otro rostro. La saga sostuvo su mirada. Había inteligencia en sus ojos, y detrás de ella una promesa de perjuicios futuros.

La subieron al bote sin retirarle la mordaza.

El mar continuaba en calma, pero el viaje de regreso no se pareció al de ida. Los cinco eran conscientes del peso de la criatura a sus espaldas y de la sombra que cada ola proyectaba bajo la embarcación. Trankus marcó el rumbo hacia *[[La Doncella Afortunada]]*. El mascarón dorado se distinguía ya sobre el agua cuando un cuerpo cayó desde la borda.

Golpeó la superficie sin gritar.

—¡Allí! —avisó Thromm.

Había fuego en el velamen.

Las llamas corrían por uno de los paños y mordían las cuerdas cercanas. Sobre la cubierta, varias figuras combatían entre el humo. El capitán agarró a un miembro de la tripulación y lo arrojó al mar con una violencia desesperada. Otra silueta cayó de rodillas, atravesada por un arma que desde aquella distancia parecía un arpón o un tridente.

Los remos golpearon el agua con mayor rapidez.

Algo se movía debajo de ellos.

No era la sombra del bote. Era demasiado grande y avanzaba en dirección contraria a las olas. Pasó bajo la quilla, rozándola lo bastante para que la madera vibrara. La saga dejó escapar un sonido amortiguado que podía ser una risa.

—No paréis —ordenó Thane.

No lo hicieron.

Al alcanzar la goleta, los recibió el ruido del combate. Flechas clavadas en la cubierta ardían alrededor de barriles volcados. Un marinero trataba de sofocar una vela con una manta. Cerca del palo mayor, el capitán se defendía de dos guardias cuya piel había perdido el color humano y adoptado una textura parecida a la corteza.

—¡Menos mal que habéis vuelto! —gritó al verlos—. ¡Ayudadnos!

—¿Qué ha ocurrido?

—¡Han sido ellos! ¡Los guardias!

Uno de los supuestos marineros volvió la cabeza.

El rostro se le movió.

No era una ilusión mágica deshaciéndose en el aire como la de la saga, sino una aberración de la carne. Sus facciones parecieron fundirse y buscar otra disposición. Los ojos se alejaron. La boca se ensanchó. La piel adquirió surcos duros, una armadura natural que cubría el cuerpo allí donde antes había ropa y carne humana.

Los morfoides conservaban las armas de los hombres a quienes habían reemplazado.

El primero lanzó el tridente.

El arma pasó sobre el bote y golpeó la borda. Thane fue el primero en subir. Utilizó el cabo de amarre para impulsarse, cayó sobre cubierta y desenvainó en el mismo movimiento. Trankus aseguró la cuerda antes de seguirlo. A su espalda, Thromm protegía a la prisionera mientras Samael buscaba un ángulo desde el que emplear magia sin alimentar el incendio.

Rim trepó el último con el arco preparado y la espada al cinto, contemplando con asombro y desconfianza a aquellas criaturas cuyos rostros se retorcían como cera caliente.

El combate se extendió entre el palo mayor y la escalera del castillo de popa. Los morfoides eran más resistentes de lo que sugerían los cuerpos que habían copiado. Las hojas rebotaban contra los pliegues endurecidos de su piel. No mostraban una debilidad evidente y se movían con la coordinación de criaturas que habían preparado el ataque durante días.

Thane desvió un tridente y respondió con un tajo que habría abierto a un hombre desde la clavícula hasta el pecho. En el morfoide dejó una hendidura oscura, profunda, pero no suficiente. La criatura retrocedió sin gritar.

Trankus utilizó el humo. Desapareció tras una vela caída, cambió de posición y atacó desde un costado cuando el enemigo aún esperaba encontrarlo enfrente. Su arma encontró la juntura entre dos placas naturales. Esta vez hubo un chillido.

Una flecha cruzó la cubierta. Rim se apartó y la dejó clavada en un barril. Su música se elevó apenas por encima del estruendo, no como una melodía de taberna, sino como un ritmo que permitía a sus compañeros saber dónde estaban los otros sin necesidad de mirarlos.

Samael pronunció unas palabras antiguas. La magia golpeó sin extenderse hacia las velas incendiadas. Durante un instante, la silueta de un morfoide quedó recortada por una luz imposible; después se tambaleó y Thane aprovechó para derribarlo.

El segundo intentó alcanzar la borda.

Thromm se interpuso con la firmeza colosal de su estirpe firbolg. Su símbolo sagrado de [[Tempus]] brilló entre sus nudillos con un destello de hierro y fuego de batalla, infundiendo un peso aplastante sobre la cubierta. El morfoide vaciló ante aquel muro marcial el tiempo suficiente.

Entre todos lo abatieron.

La victoria no trajo silencio. Seguía habiendo fuego en la vela, heridos sobre cubierta y algo vivo bajo el agua. Los marineros supervivientes trabajaron para impedir que las llamas llegasen al aparejo. Thane ayudó a cortar una sección ardiendo antes de que pudiera propagarse. El paño cayó al mar entre una lluvia de chispas.

Trankus se apoyó en la borda.

Tenía sangre en un costado. No supo si era suya hasta que Thromm se aproximó y colocó una mano sobre la herida. El dolor cedió bajo el calor de la magia divina, aunque no desapareció del todo.

—Aún no —dijo el clérigo—. Todavía hueles a vivo.

Trankus dejó escapar una risa sin ganas.

La saga marina continuaba amarrada en el bote. Contemplaba la cubierta con la paciencia de quien está segura de que, tarde o temprano, todos los problemas de los demás acabarán favoreciéndola.

El capitán reunió a los supervivientes. Faltaban hombres. Algunos estaban muertos; otros eran las cosas que acababan de abatir. Nadie podía asegurar cuándo se había producido la sustitución.

Rim dirigió la mirada al camarote de Katarina.

La puerta estaba abierta.

Dentro, el lujo permanecía casi intacto. La batalla había inclinado una silla y arrojado varios documentos al suelo. Uno de los matraces de arena estaba roto. Otro contenía menos cantidad que antes. Sobre la mesa, la brújula que no había dejado de girar durante la reunión permanecía inmóvil.

Su aguja señalaba una dirección concreta.

Rim recogió los papeles y cuanto juzgó valioso con una eficacia que sugería una larga práctica. Trankus examinó las firmas. Todas llevaban el nombre de Katarina Devon, pero no todas habían sido trazadas por la misma mano. Algunas copiaban la forma sin comprender el gesto, como un morfoide copiaba un rostro sin convertirse en la persona.

Había referencias a la administración de la [[Cofradía de Coleccionistas|Cofradía]] y a un nuevo museo marítimo en Mintarn.

La brújula, dedujeron, no buscaba el norte. Buscaba la tierra contenida en los matraces. Al colocar arena de un lugar en su mecanismo, la aguja indicaba el camino de regreso a ese lugar. Dos frascos habían sobrevivido enteros. Uno estaba etiquetado como Orlumbor. El otro, como Mintarn.

Un olor intenso a ron llegó desde la escalera de la bodega.

No era extraño encontrarlo en un barco. Sí lo era que apareciese de repente, tan concentrado que casi podía saborearse.

Trankus miró la puerta prohibida.

—Supongo que la orden de Katarina sigue vigente —dijo Rim.

Thane ya caminaba hacia ella.

—Entonces será mejor que no se entere.

La bodega estaba a oscuras. El olor aumentaba con cada peldaño. Barriles y cajas formaban corredores estrechos bajo la cubierta, y el balanceo del barco hacía crujir las estibas.

Algo pequeño se deslizó detrás de una barrica.

Luego otro cuerpo, mucho mayor, respiró en la oscuridad.

Los morfoides no habían atacado solos.

### Capítulo III — Rostros robados

El primer gremlin salió del barril riendo.

La tapa saltó por los aires y una criatura pequeña, húmeda y mal proporcionada se abalanzó sobre [[Thane Marrok|Thane]] con una botella rota entre las manos. Olía a ron agrio. Detrás de ella se agitaron otras barricas, algunas con el golpeteo irregular de algo que intentaba abrirlas desde dentro.

—Gremlins del ron —advirtió [[Samael]].

No fue necesario explicar mucho más. Las criaturas se escondían en las reservas, embriagaban a sus víctimas y se alimentaban de ellas cuando ya no podían defenderse. El olor de la bodega no procedía de un cargamento derramado por accidente. Era un cebo y una guarida.

Un morfoide apareció al fondo del pasillo entre cajas.

El combate dentro de la bodega fue una pelea a ciegas. No había espacio para formar una línea ni luz suficiente para distinguir cada movimiento. El balanceo de *[[La Doncella Afortunada]]* desplazaba las botellas por el suelo y convertía el ron derramado en una película resbaladiza. Cada golpe contra una barrica levantaba un aroma capaz de marear incluso antes de que los gremlins empleasen sus propias artimañas.

Thane mantuvo al morfoide ocupado en el pasillo principal. Su espada chocó contra el tridente y llenó el espacio de destellos breves. [[Trankus Trenkins|Trankus]] buscó una posición desde la que atacar sin interponerse. [[Rim]] utilizó las cajas como escalones, siempre un poco más alto o más lejos de donde las criaturas esperaban encontrarlo. [[Thromm]] y Samael cubrieron la escalera, impidiendo que ningún enemigo alcanzara la cubierta o a la prisionera.

Los gremlins eran rápidos, pero no valientes. Atacaban desde escondites, mordían y volvían a desaparecer entre los toneles. Cuando comprendieron que sus presas no iban a caer ebrias a sus pies, trataron de huir hacia los rincones más oscuros.

No llegaron lejos.

La bodega quedó en silencio, salvo por el crujido del casco y el goteo del ron.

Trankus apoyó una mano en una caja para recuperar el aliento. La prohibición de Katarina parecía ahora una broma de mal gusto. Había mantenido encerrados monstruos, infiltrados o ambas cosas debajo de las literas de la tripulación. Quizá lo ignoraba. Quizá toda la misión se había construido alrededor de una traición que también la incluía a ella.

Subieron a cubierta con más preguntas que respuestas.

El morfoide capturado estaba atado junto al palo mayor. La saga marina permanecía sujeta cerca de la borda, donde podían sumergirla cuando fuese necesario. Samael había explicado que criaturas como ella no sobrevivían demasiado tiempo fuera del agua. La precaución no despertó gratitud en sus ojos, solo un cálculo renovado de las posibilidades de escapar.

Interrogaron primero al cambiante.

Sin el rostro humano, su expresión era difícil de interpretar. Afirmó que servía a Katarina Devon. La auténtica Katarina, añadió, podía encontrarse en el museo de Mintarn.

La palabra *auténtica* alteró el aire.

—¿La mujer que nos contrató no era ella? —preguntó Rim.

El morfoide no respondió de forma útil. Podía estar mintiendo, protegiendo a un superior o disfrutando de la confusión. El ataque había demostrado la eficacia de su especie para convertir cualquier certeza en sospecha. Si un guardia podía ser sustituido, también una capitana. Si una firma podía copiarse, cualquier orden escrita era cuestionable.

Thane terminó el interrogatorio de manera brusca.

Agarró al morfoide, lo llevó hasta la borda y lo arrojó al mar.

La criatura golpeó el agua y desapareció. Nadie supo si se había ahogado, si algo la había devorado o si nadaba ya hacia otra costa con la intención de robar otro rostro.

La saga los observó mientras le retiraban la mordaza.

Su primera inspiración fue larga y satisfecha.

—Ahora —dijo Thane— vas a contarnos por qué te querían en Mintarn.

Ella negó cualquier relación con los morfoides. Habían sido ellos quienes la capturaron. Las criaturas del mar hablaban entre sí, explicó, y el nombre de Katarina Devon circulaba bajo las olas. La coleccionista capturaba seres marinos y los encerraba en el sótano de su museo.

—Liberadme —pidió— y os ayudaré.

No concretó cómo. Tampoco qué precio tendría su ayuda cuando dejara de necesitarlos.

Trankus no confió en ella. Reconocía demasiado bien la promesa formulada para el instante presente y desprovista de cualquier obligación futura. Los demás tampoco parecieron dispuestos a soltar a una criatura capaz de envolver su verdadera forma en una belleza fabricada y cuya voz había requerido una mordaza.

La llevaron con ellos.

La decisión era desagradable. Entregarla a Katarina significaba participar en aquello que empezaban a sospechar del museo. Dejarla libre podía condenar a desconocidos. Retenerla les concedía tiempo, pero también los mantenía dentro del acuerdo de la Cofradía.

La brújula resolvió el rumbo que la moral no había resuelto.

Introdujeron la arena de Mintarn en el mecanismo. La aguja se movió y señaló hacia el horizonte. La *Doncella Afortunada* siguió aquella dirección con una vela menos y una tripulación que ya no sabía qué rostros podía reconocer.

Durante la travesía, Trankus revisó los documentos del camarote. Algunas firmas de Katarina eran firmes; otras, imitaciones deficientes. Los textos la situaban al frente de la administración de la [[Cofradía de Coleccionistas]] y mencionaban la inauguración de un museo marítimo. Todo parecía conducir a Mintarn: el blasón, la prisionera, los morfoides, las firmas y el barco que había destruido la *Santa Bárbara*.

Al acercarse a la costa encontraron un pesquero pequeño, hundido en el agua por el peso de su carga.

Sus ocupantes solicitaron remolque. Eran locathah, seres anfibios de ojos grandes y piel húmeda, cargados con más pescado del que su embarcación podía transportar con rapidez. Se llamaban [[Sebastian Kent]] y [[Dholula]]. Sebastian se presentó además como hijo del gobernador de una comunidad cercana.

—El taller de mi padre puede reparar vuestra goleta —les aseguró—. Si nos lleváis hasta el fuerte, hablaré con él.

La promesa bastó para desviar el rumbo. La *Doncella Afortunada* necesitaba arreglos antes de enfrentarse a otro combate o completar la travesía hasta Mintarn.

El asentamiento apareció alrededor de una ensenada protegida. Desde cubierta distinguieron locathah y humanos trabajando juntos en el puerto. No había jaulas ni vitrinas, sino redes, puestos de pescado y niños que corrían entre adultos de dos especies sin detenerse a considerar la diferencia.

Samael observó la escena con atención.

Los locathah habían sido esclavizados durante generaciones en muchos lugares del mundo. Allí parecían haber construido algo distinto.

Sebastian señaló hacia una elevación de roca cercana a la costa.

—Mi padre os recibirá en la Cueva de la Sirena.

Trankus contempló el casco herido de la goleta, luego el mar que quedaba a sus espaldas.

Habían partido para seguir un blasón. Antes de alcanzar Mintarn ya habían descubierto una prisionera, un ataque de criaturas sin rostro y un museo que coleccionaba seres vivos.

En tierra los esperaba una desaparición.

### Capítulo IV — La Cueva de la Sirena

La Cueva de la Sirena no era una cueva, al menos no del modo en que [[Trankus Trenkins|Trankus]] había imaginado.

La entrada natural se abría en la pared de roca que protegía la ensenada, pero en su interior había pasillos nivelados, lámparas, puertas y estancias excavadas con paciencia. El agua entraba por canales bajos que permitían a los locathah desplazarse sin abandonar su elemento. Las dependencias superiores estaban adaptadas a los humanos. Todo el lugar parecía construido alrededor de la idea de que ninguna de las dos especies debía vivir como invitada de la otra.

[[Sebastian Kent]] los condujo hasta el despacho del gobernador.

Su padre vestía un uniforme muy gastado de la armada de Waterdeep. Los puños estaban deshilachados, algunos botones habían perdido el brillo y las insignias pertenecían a un servicio que parecía haber terminado años atrás. Aun así, llevaba la prenda con orgullo. Las paredes que lo rodeaban estaban cubiertas de mapas náuticos, cartas de corrientes y dibujos de costas remotas.

Escuchó sin interrumpir el relato del ataque contra *[[La Doncella Afortunada]]*.

—Los morfoides se han vuelto demasiado frecuentes en estas aguas —dijo cuando terminaron—. Atacan barcos, ocupan el lugar de quienes matan y continúan navegando hasta que encuentran algo mejor que robar.

La reparación de la goleta era posible, pero no gratuita. Los daños en el velamen, la bodega y la cubierta exigían materiales y trabajo especializado. El grupo apenas conservaba dinero suficiente para mantener el viaje.

[[Samael]] propuso un intercambio.

—Si existe algún problema que podamos resolver, podríamos pagar de esa forma.

El gobernador miró a Sebastian antes de responder.

Los ataques sahuagin habían reducido el comercio terrestre. Las criaturas salían de los bosques húmedos y las cuevas próximas a la costa para asaltar caravanas, llevarse provisiones y capturar viajeros. Cada semana eran más osadas. Si el grupo despejaba el camino y averiguaba de dónde procedían, el taller repararía la goleta.

Sebastian se ofreció como guía.

Trankus preguntó entonces por [[Katarina Devon]].

El cambio en la expresión del gobernador fue pequeño, pero inequívoco.

La Cofradía había contratado tiempo atrás al matrimonio Kent. Ã‰l poseía conocimientos de navegación y cartografía; su esposa, [[Vaiana Kent]], era arqueóloga. Katarina los había enviado a investigar los restos de un meteorito caído cerca del asentamiento. La expedición encontró pigmentaciones extrañas en la roca, túneles y escrituras que nadie supo leer al principio.

Vaiana no regresó.

Tampoco la mayoría de quienes entraron con ella.

Los hombres enviados por la Cofradía se habían mostrado impacientes. Querían resultados, objetos y acceso a las profundidades antes de que las advertencias de las paredes pudieran traducirse. Después dejaron de llegar mensajes.

El gobernador relató la desaparición con la voz medida de quien ha repetido los hechos tantas veces que ya no le queda otra forma de pronunciarlos. Sebastian no lo miró. [[Dholula]] permaneció junto a la puerta, con las manos cerradas.

—Buscaremos cualquier rastro de ella —prometió Trankus.

No sabía si era una promesa que pudiera cumplir. Sabía, en cambio, qué significaba perder a alguien sin recibir un cuerpo ni una respuesta. El mar y la piedra podían ser igual de crueles en ese aspecto.

La expedición no partió de inmediato.

[[Thane Marrok|Thane]] insistió en visitar la taberna y pagar unas botellas de ron. El viaje, la batalla y la revelación de que su empleadora podía ser una impostora parecían motivos suficientes. El establecimiento estaba lleno de pescadores, soldados y trabajadores del puerto. Las conversaciones disminuyeron cuando entraron los forasteros armados.

Thane pidió bebida. Una discusión breve con el tabernero terminó cuando el hombre decidió que aquella ronda corría por cuenta de la casa. Pareció una victoria hasta que Trankus vio al tabernero inclinarse sobre una jarra y escupir dentro antes de servírsela.

Trankus dejó que Thane bebiera un sorbo.

—¿Notas un sabor distinto?

Thane sostuvo el ron sobre la lengua, reflexivo.

—Más salado.

—Te ha escupido.

El silencio que siguió fue lo bastante largo para que [[Rim]] apartara con discreción su propia jarra.

No permanecieron mucho más en la taberna.

Sebastian los esperaba a las puertas del asentamiento. El sendero se internaba en una franja de bosque costero, donde las raíces sobresalían del suelo empapado y el aire conservaba el olor del mar incluso lejos de la playa. Había huellas de carros abandonando el camino principal para esquivar zonas peligrosas. En varios lugares encontraron cajas rotas y redes cortadas.

Llegaron a un claro al final de la tarde.

Tres sahuagin arrastraban a un humano inconsciente hacia una abertura en la roca. La víctima tenía las botas surcadas de barro y un brazo colgaba sin fuerza. Las criaturas no habían reparado aún en los recién llegados.

El grupo aprovechó la sorpresa.

Trankus atacó desde los árboles. Su proyectil alcanzó al sahuagin que sujetaba los hombros del cautivo. La criatura lo soltó y respondió con un siseo húmedo. Thane cruzó el claro antes de que los otros pudieran formar una defensa. El choque de su espada contra una lanza resonó entre los troncos.

Rim dio a la emboscada un ritmo preciso, una música breve que acompañaba los movimientos en lugar de anunciarse a sí misma. [[Thromm]] avanzó tras Thane y obligó a retroceder a un enemigo que trataba de alcanzar al hombre caído. Samael cerró la salida hacia la cueva con magia.

La lucha terminó con rapidez. Los sahuagin habían confiado en no encontrar resistencia tan cerca de su refugio.

El humano seguía vivo. Sebastian se ocupó de llevarlo de vuelta al sendero y avisar al asentamiento. Los demás examinaron la entrada.

El aire que salía de la cueva era frío. Olía a agua estancada, sal y restos de animales.

—Podemos esperar a que regrese —propuso Rim.

Thane ya había cruzado el umbral.

La luz del bosque quedó atrás en pocos pasos.

Dentro, la oscuridad era casi completa. Había charcos que reflejaban los destellos de la magia y túneles laterales demasiado estrechos para un hombre, aunque no para una criatura acostumbrada a nadar entre rocas. El sonido del agua llegaba desde todas partes.

Algo surgió de una grieta y agarró a Thane.

El espadachín desapareció de la zona iluminada con un juramento. Los demás oyeron el golpe de su cuerpo contra la piedra antes de distinguir la silueta de la criatura que tiraba de él hacia un estanque lateral.

La cueva despertó.

Sahuagin ocultos abandonaron el agua. Sus lanzas aparecieron en los límites de la luz. Thromm se abalanzó hacia Thane mientras Trankus buscaba un blanco que no pusiera en peligro a sus compañeros. Rim iluminó el corredor con un destello que reveló escamas, dientes y paredes cubiertas de marcas.

Thane clavó los talones entre dos rocas. La criatura continuó tirando, pero aquella resistencia dio a Thromm el tiempo necesario para alcanzarlo. Entre ambos rompieron la presa.

La batalla se desplazó por el primer sistema de cámaras. Había enemigos que atacaban desde el agua y desaparecían bajo la superficie antes de recibir respuesta. Samael aprendió a observar las ondas de los estanques. Trankus aprendió a disparar hacia el lugar en el que aparecerían, no hacia aquel en el que se habían sumergido.

Cuando cayó el último sahuagin, nadie confundió el silencio con seguridad.

Continuaron.

Más adelante encontraron cangrejos construidos con huesos. Las criaturas se levantaron de montones de restos y caminaron sobre patas que no pertenecían a un solo animal. Sus pinzas chasquearon en la oscuridad. Rim recibió el peor ataque. Una de aquellas tenazas lo atrapó y lo golpeó contra la roca antes de que pudieran liberarlo.

Durante un instante quedó inmóvil.

Thromm llegó hasta él mientras los demás contenían a los cangrejos. La magia de la Sierpe devolvió color al rostro del bardo, pero la cercanía de la muerte permaneció en sus ojos incluso después de incorporarse.

Decidieron descansar.

Samael convocó a su familiar y envió al pequeño búho a explorar las galerías. A través de sus ojos vio el final de la cueva: una cámara mayor, un lago oscuro y un sacerdote sahuagin que recitaba cánticos junto al agua. Cada cierto tiempo arrojaba algo a la superficie.

Algo enorme se movía debajo.

El grupo apagó las luces innecesarias y se preparó para avanzar.

En la oscuridad, la voz del sacerdote continuaba llamando a aquello que esperaba en el último lago.

### Capítulo V — Bajo la roca brillante

Atacaron cuando el cántico alcanzó su punto más alto.

El sacerdote sahuagin se encontraba de espaldas a ellos, inclinado sobre el lago. Llevaba collares de dientes y sostenía un recipiente del que extraía pedazos de carne. Cada ofrenda desaparecía bajo la superficie con un golpe de mandíbulas.

El búho de [[Samael]] había encontrado una cornisa desde la que podían verlo sin ser vistos. [[Trankus Trenkins|Trankus]] preparó el primer disparo. [[Thane Marrok|Thane]] esperó con la espada baja, el cuerpo todavía dolorido por la lucha anterior. [[Rim]] respiraba con cautela; las heridas causadas por los cangrejos de hueso se habían cerrado, pero el recuerdo de sus pinzas seguía demasiado cerca. [[Thromm]] sujetó su símbolo sagrado.

El proyectil alcanzó al sacerdote.

El cántico se quebró.

La respuesta llegó desde el lago.

Una estructura de huesos emergió del agua. No era un tiburón, aunque estaba hecha de mandíbulas de tiburón ensambladas alrededor de un esqueleto imposible. Varias bocas se abrían en ángulos distintos. El agua caía entre sus costillas y cada movimiento hacía chocar los dientes.

El sacerdote gritó una orden. La criatura avanzó.

El combate fue corto y brutal. Thane mantuvo aquella masa de mandíbulas apartada de los heridos mientras Thromm contenía al sacerdote. Trankus disparó contra las uniones que parecían sostener el esqueleto. Samael lanzó su magia sobre los huesos mojados y Rim convirtió el eco de la caverna en una segunda fuerza, una vibración que confundía la dirección de los ataques.

La criatura se deshizo antes de comprender que estaba muerta. Mandíbulas y vértebras cayeron al agua una tras otra. El sacerdote intentó alcanzar el borde del lago, pero no llegó.

Entre sus pertenencias encontraron una pieza triangular.

No parecía una llave hasta que descubrieron el mecanismo oculto en la pared. Al introducirla, una parte de la roca se desplazó con un estruendo. Al mismo tiempo, losas enormes cerraron la fosa por la que los sahuagin accedían a aquellas galerías. El agua quedó atrapada al otro lado.

Ante ellos se abrió un pasadizo descendente.

Decidieron cerrar la fosa. Si aún quedaban sahuagin en las profundidades, no podrían seguir utilizando aquella entrada. Después se internaron por la nueva ruta.

La gruta era tan estrecha que en algunos tramos tuvieron que avanzar de lado. Descendía sin interrupción, alejándolos del bosque, del asentamiento y quizá de la propia costa. Caminaron durante horas. La humedad cambió. El olor a sal desapareció y fue reemplazado por otro, mineral y eléctrico, parecido al aire que queda después de una tormenta.

Las primeras vetas luminosas aparecieron en las paredes.

Eran líneas moradas, débiles al principio, que se multiplicaban conforme descendían. No necesitaban antorchas cuando el túnel desembocó en una bóveda natural.

La roca entera brillaba.

En el centro descansaban los restos de un meteorito fracturado. Sus superficies oscuras latían con pulsos de luz violeta, como si algo en su interior recordase todavía el cielo del que había caído. Alrededor crecían flores que no se parecían a ninguna especie de la costa. De sus tallos brotaba una resina amarillenta.

Dentro de aquella sustancia había insectos y pequeños reptiles.

No parecían muertos. Estaban conservados en posiciones demasiado precisas: alas extendidas, patas recogidas, ojos abiertos. El ámbar no los había atrapado por casualidad. Parecía haberlos guardado.

Rim se agachó ante uno de los fragmentos.

—Esto no ha crecido aquí —murmuró.

Samael examinó la resina sin tocarla. Había conocido magias destinadas a conservar cuerpos, memorias e incluso almas. Aquello no se comportaba exactamente como ninguna de ellas.

La expedición de [[Vaiana Kent]] había llegado hasta una zona semejante. Sus notas hablaban de paredes con pigmentación brillante, flora nunca vista y una fosa cuya profundidad no pudieron medir. También recogían las advertencias que lograron traducir tras casi dos meses de trabajo.

*Prohibido el paso.*

*El mal acecha.*

*Los nacidos de las estrellas aguardan.*

La Cofradía había exigido resultados antes de terminar la traducción. Sus hombres querían abrir una compuerta mediante un artefacto triangular y habían amenazado a los exploradores para arrebatárselo. Después, sahuagin negros ascendieron de la fosa. Vaiana dividió el objeto, escondió sus partes y buscó una salida mientras ambos grupos se mataban.

Su última nota estaba dirigida a su marido y a su hijo.

No confirmaba que hubiera sobrevivido.

En la cámara había dos fragmentos de metal negro y morado que podían separar del conjunto. Nadie quiso acercarse al cuerpo principal del meteorito. Cada pulso iluminaba los rostros del grupo y parecía acompasarse con un latido que no podían oír.

Thane perdió la paciencia.

Empujó a Samael.

El mago dio un paso involuntario y tocó el meteorito.

La onda no produjo fuego ni estruendo. Fue una fuerza invisible que atravesó la cámara y golpeó dentro de sus cráneos. Todos perdieron la conciencia.

Trankus abrió los ojos en otro lugar.

No supo si estaba viendo el pasado, el presente o una mentira diseñada para parecer ambas cosas. Miraba a través de ojos que no eran los suyos. Había una sensación de movimiento, un cuerpo ajeno obedeciendo impulsos que él no controlaba, y una presencia enorme al borde de la percepción. Intentó aferrarse a un detalle, pero la visión se deshizo en cuanto reconoció que soñaba.

Los demás despertaron con la misma certeza y recuerdos distintos.

Habían visto a través de otras criaturas. Ninguno podía explicar por qué el meteorito les había mostrado aquellas imágenes ni qué relación guardaban entre sí. Rim permaneció tendido unos segundos más, escuchando quizá algo que los otros no oían. Thromm se incorporó con una mano sobre su símbolo. Samael miró a Thane.

—Podías haber arrojado una piedra.

—No habría aprendido tanto.

Recogieron los dos fragmentos meteóricos. Rim tomó también algunas piezas de ámbar. Ninguno volvió a tocar la masa principal.

El camino de regreso pareció más largo. Atravesaron la gruta, el mecanismo triangular y las cámaras donde los restos de los combates comenzaban a enfriarse. Al salir al bosque, la luz del día resultó casi dolorosa.

El gobernador Kent los recibió en la Cueva de la Sirena. Escuchó el relato del sacerdote, la fosa cerrada y la cámara brillante. Preguntó por Vaiana. Trankus solo pudo entregarle las certezas que tenían y la promesa de continuar siguiendo el rastro de la Cofradía.

La *Doncella Afortunada* estaba reparada.

Habían sustituido la vela quemada, reforzado la borda y limpiado la bodega. Quedaban dos decisiones: un símbolo para las velas y un nombre sellado en la madera que representara al grupo. Discutieron ambos asuntos hasta alcanzar un acuerdo que las fuentes conservarían peor que sus consecuencias. A la mañana siguiente, la goleta estaba lista.

Se despidieron de Sebastian, [[Dholula]] y el gobernador. La saga marina continuaba cautiva. El meteorito, las desapariciones y Katarina Devon señalaban todos en la misma dirección.

El viaje hasta [[Mintarn]] transcurrió sin incidentes.

La isla apareció sobre el horizonte como una promesa de riqueza y violencia. Miles de oportunidades se apiñaban en sus muelles; también miles de lugares donde esconder una atrocidad detrás de una puerta respetable.

En algún punto de la ciudad se alzaba el museo de la Cofradía.

Trankus observó sus torres desde la cubierta.

Había seguido el blasón hasta allí.

Ahora quería saber qué clase de hombre coleccionaba cabezas, criaturas y fragmentos caídos de las estrellas.

### Capítulo VI — El taller de las máscaras

[[Mintarn]] no daba la impresión de pertenecer a nadie.

El puerto estaba lleno de enseñas diferentes: compañías mercenarias, capitanes piratas, casas comerciales y señores que gobernaban un puñado de barcos como otros gobernaban aldeas. Las armas se mostraban sin pudor. Los negocios se cerraban en la calle y podían sellarse con una firma, una bolsa de monedas o una mano apoyada sobre la empuñadura.

La ciudad prosperaba porque todo parecía estar permitido siempre que uno pudiera pagar las consecuencias.

[[Trankus Trenkins|Trankus]] comprendió por qué la [[Cofradía de Coleccionistas]] había elegido aquel lugar para levantar su museo.

La *[[La Doncella Afortunada|Doncella Afortunada]]* atracó sin dificultades. Mientras aseguraban la goleta, el grupo habló con el encargado de los muelles y reunió las primeras noticias. El museo marítimo de [[Katarina Devon]] se había convertido en una atracción para comerciantes ricos, capitanes y nobles. No solo exhibía reliquias: organizaba veladas privadas y combates entre criaturas del mar para una audiencia dispuesta a apostar.

También había desapariciones.

Encontraron a una mujer llorando cerca de la entrada. Su marido trabajaba como limpiador en el museo y llevaba varios días sin volver a casa. No era el único empleado del que se había perdido el rastro. Los responsables afirmaban que algunos trabajadores abandonaban el puesto o se marchaban de la isla sin avisar.

La mujer no lo creía.

El edificio estaba protegido por autómatas de arcilla. Sus cuerpos tenían proporciones humanas, pero sus rostros parecían máscaras sin terminar. Un guardián enmascarado controlaba la entrada a las dependencias superiores, donde se celebrarían los combates y la recepción de aquella noche.

Para acceder necesitaban invitación y máscaras ceremoniales.

Estas últimas solo podían obtenerse en el taller de una escultora llamada [[Selem]].

El grupo consideró utilizar a la saga marina que aún permanecía cautiva en la goleta. La oferta de una criatura semejante podía interesar a los administradores del museo y abrirles la puerta. No estaban dispuestos a entregarla sin saber qué ocurría en el interior, de modo que cortaron un mechón de su cabello como prueba.

La saga prometió maldiciones para cada uno de ellos.

Las negociaciones funcionaron.

El representante del museo reconoció la naturaleza de la muestra y les concedió una invitación para la velada. Debían presentarse enmascarados como el resto de los asistentes y acudir antes de que empezaran los combates.

El taller de Selem ocupaba una casa amplia, rodeada por un patio lleno de esculturas. Había bustos de nobles, figuras de marineros y criaturas modeladas con tal precisión que parecían observar a quienes pasaban. Entre aquel mobiliario de piedra y cerámica descansaban varios ataúdes de madera.

—Decoración —sugirió [[Rim]].

—Claro —respondió [[Thane Marrok|Thane]]—. Yo también decoro así el salón.

La dependienta los recibió dentro.

Parecía una mujer hasta que se fijaron en la regularidad de sus movimientos y en la quietud de su rostro. Era otro autómata, más refinado que los guardianes del museo. Les explicó que cada máscara era única y que para fabricarlas necesitaba una pequeña cantidad de su sangre.

Mientras hablaba, dos hombres entraron cargando otro ataúd. Lo llevaron hacia el trastero sin mostrar esfuerzo por ocultarlo.

—¿Para qué sirven los cadáveres? —preguntó [[Samael]].

La autómata respondió como si le hubiesen preguntado por la arcilla.

Las máscaras se creaban a partir de personas muertas. Así obtenían facciones irrepetibles. Era arte, dijo. La palabra convirtió el silencio en algo más frío.

Thane oyó arañazos.

No procedían de los ataúdes del patio, sino de detrás de una puerta interior. Después llegó el sonido de algo pesado arrastrándose hacia el sótano.

La dependienta se interpuso cuando intentaron investigar.

Thane le pidió que se apartara. Su manera de pedirlo consistió en acercarse lo suficiente para que la autómata pudiera contar las mellas de su espada. Ella abrió el paso.

La puerta del sótano seguía cerrada.

Thane la derribó de una patada.

Una voz de mujer habló desde abajo.

—Marchaos o moriréis.

Nadie retrocedió.

—Atacad —ordenó la voz.

Dos autómatas de arcilla surgieron a ambos lados de la escalera. El primero golpeó a Thane antes de que terminara de descender. La fuerza del impacto lo lanzó contra la pared. Trankus disparó por encima de su hombro y la flecha se hundió en la arcilla sin producir sangre ni dolor.

Los constructos no defendían su vida. Obedecían.

El espacio del sótano estaba dividido entre un taller, un laboratorio y una prisión. Había mesas cubiertas de herramientas, recipientes de sangre y moldes de rostros. Al fondo se abría un pasadizo.

Una mujer enmascarada apareció allí.

—Dejad a mis hijos —exigió.

Selem llevaba frascos sujetos al cuerpo. Arrojó el primero y una sustancia ácida salpicó la piedra. El segundo estalló en fuego. El combate se extendió entre las mesas mientras un tercer guardián, hecho de cristal, abandonaba una hornacina.

[[Thromm]] sostuvo la primera línea junto a Thane. Samael intentó contener la magia y las mezclas de la escultora antes de que llenasen el sótano de llamas. Rim atrajo a uno de los autómatas lejos de Trankus, permitiéndole buscar las fracturas que se formaban en las junturas de arcilla.

Selem no huyó cuando cayeron sus creaciones.

Defendió el laboratorio hasta el final. Al morir, su cuerpo se desplomó en un charco de sangre que no se comportó como debería. El líquido parecía moverse por sí mismo, extendiendo filamentos hacia los restos de los autómatas.

Thane recogió uno de los viales de ácido y lo vació sobre la sangre.

El movimiento se detuvo.

En las celdas encontraron a una semiorca llamada [[Gaya]]. Trabajaba para Bloeth Embuirhan, la Tirana que gobernaba Mintarn. Había acudido a investigar el museo junto con otra agente, [[Irana]]. Se separaron para infiltrarse por rutas diferentes. Si Gaya había sido descubierta, Irana podía estar ya prisionera.

La liberaron.

—Avisaré a Bloeth —dijo la semiorca—. Cuando sepamos qué ocurre ahí dentro, desmantelaremos ese lugar piedra a piedra.

Partió sin pedir escolta.

Samael continuó registrando el laboratorio. Encontró un libro escrito en netherino antiguo: *Creación de gólems a partir de la sangre*. Sus páginas describían cómo animar los autómatas mediante materia orgánica y obediencia impuesta.

Al final aparecía una firma.

[[Lilith Báthory]].

Samael no dijo nada durante varios segundos.

—La conoces —observó Trankus.

El mago cerró el libro.

—Conocí a alguien con ese nombre.

La respuesta no invitaba a seguir preguntando.

Encontraron máscaras terminadas y tomaron las necesarias para entrar en el museo. Antes de marcharse destruyeron la cabeza de la dependienta autómata. Sin la expresión artificial que había usado para atenderlos, su rostro quedó reducido a cerámica hueca.

La noche había caído sobre Mintarn cuando regresaron.

El recepcionista examinó las máscaras, comprobó la invitación y les permitió ascender. La planta superior estaba iluminada para una fiesta, pero no se oía música ni conversación. Los pasillos parecían abandonados.

Trankus cruzó la primera galería.

Las vitrinas guardaban armas, criaturas conservadas y fragmentos de roca celeste. Vio dos piezas de meteorito semejantes a las recogidas bajo la cueva. Después encontró un bloque de ámbar amarillo.

Había una cabeza dentro.

El rostro pertenecía a un hombre de la *Santa Bárbara*.

Trankus se acercó hasta apoyar una mano sobre el cristal de la vitrina. Durante años no había tenido cadáveres, pruebas ni respuestas. El museo acababa de ofrecerle una parte de las tres cosas.

Su antiguo compañero lo contemplaba desde el ámbar con los ojos abiertos.

Aquello no era una colección.

Era un mensaje.

### Capítulo VII — La fiesta bajo el museo

La cabeza conservada en ámbar no tenía una placa con su nombre.

No la necesitaba.

[[Trankus Trenkins|Trankus]] había compartido cubierta, tormentas y ron con aquel hombre. Recordaba su manera de reír y la costumbre de comprobar dos veces cada nudo. El museo había reducido una vida entera a una pieza anónima, colocada entre fragmentos de meteorito y criaturas disecadas.

—¿Quién era? —preguntó [[Thromm]].

Trankus tardó en responder.

—Uno de los míos.

No intentaron romper la vitrina. Había demasiados autómatas vigilando la galería y todavía no sabían dónde se encontraban los asistentes a la velada. La ausencia de música resultaba cada vez más extraña. Las mesas estaban preparadas. Había copas servidas y lámparas encendidas, pero nadie ocupaba la sala.

Los invitados habían descendido.

Al fondo encontraron un elevador custodiado por más constructos. Sus máscaras les permitieron pasar. La plataforma bajó por un conducto de piedra hasta unas alcantarillas mucho más antiguas que el edificio levantado sobre ellas.

Cuando aún se encontraban entre dos niveles, una voz habló desde arriba.

—Bienvenidos a la fiesta.

La cuerda se cortó.

La plataforma cayó. [[Samael]] y [[Rim]] reaccionaron con magia; los demás se aferraron a las cadenas laterales. El impacto les sacudió los huesos, pero el elevador resistió. Sobre ellos, la abertura se convirtió en un cuadrado de luz demasiado alto para alcanzarlo.

Después oyeron los gritos.

Procedían de varios pasillos. No eran vítores de espectadores, sino voces aterradas que se apagaban una a una. El agua de las alcantarillas arrastraba máscaras, copas rotas y sangre.

Encontraron a los primeros nobles en una cámara próxima. Algunos estaban muertos. Otros trataban de defenderse de masas translúcidas que avanzaban sobre el suelo adoptando formas incompletas. Los plasmoides se adherían a sus víctimas, atravesaban huecos entre muebles y volvían ineficaces muchos golpes dirigidos contra un cuerpo que carecía de huesos.

La compañía intervino.

[[Thane Marrok|Thane]] descubrió que incluso una criatura líquida podía ser obligada a retroceder si el golpe era lo bastante fuerte. Thromm apartó a los supervivientes. Rim usó el sonido para hacer vibrar los cuerpos gelatinosos y Samael limitó sus rutas de avance. Trankus buscó dentro de aquellas masas los puntos más densos, pequeños núcleos que reaccionaban con retraso a los cambios de dirección.

Cuando terminó la lucha, los supervivientes huyeron sin preguntar quiénes eran sus salvadores.

En el suelo encontraron un discurso.

El texto daba la bienvenida a los poderosos de Mintarn: comerciantes, bucaneros y señores de grandes navíos. Prometía un festival de sangre y vísceras, los combates de las bestias del mar para entretenimiento de quienes podían pagarlos.

Luego revelaba el verdadero propósito.

Los asistentes eran el sacrificio. Su muerte daría lugar a la primera pieza destinada a derribar la ciudad. Un nuevo Tirano se levantaría y construiría una de las ciudades soñadas.

Una nueva [[Utopía]].

El mensaje terminaba condenándolos a permanecer en las alcantarillas, convertidos en huesos y polvo.

*Matadlos a todos.*

—Esto no era una velada —dijo Rim.

—Era una cosecha —respondió Samael.

Siguieron los ruidos hacia el suroeste. Allí encontraron celdas llenas de trabajadores del museo y locathah secuestrados para combatir en la arena. Los prisioneros les explicaron que uno de los plasmoides custodiaba las llaves. En la celda mayor esperaba un locathah de gran tamaño que exigía sus armas y la oportunidad de luchar.

Se llamaba [[Moana]].

—Sacadme de aquí —dijo, sujetando los barrotes— y os enseñaré cuánto cuestan mis apuestas.

La llave se encontraba en una cámara cercana.

Una saga marina y varios plasmoides obligaban a los nobles enmascarados a arrojarse a un foso y luchar entre ellos. Quienes se negaban eran empujados. Quienes sobrevivían a un rival no recibían libertad, sino otro contrincante.

La compañía irrumpió antes de que comenzara el siguiente combate.

La saga intentó controlar la situación con su voz. Rim respondió con la suya. Las palabras de ambos se enfrentaron sobre el foso mientras Thane y Thromm impedían a los plasmoides alcanzar a los prisioneros. Trankus se movió por las gradas, disparando desde lugares distintos antes de que los enemigos pudieran localizarlo. Samael convirtió el acceso en una trampa para las criaturas que intentaban rodearlos.

No fue una victoria limpia. Había demasiadas personas aterradas entre los combatientes y demasiados ángulos desde los que atacar. Sin embargo, cuando la saga cayó, los plasmoides perdieron la coordinación que los había hecho peligrosos.

Encontraron la llave.

Moana salió de la celda, recuperó sus armas y cumplió su palabra. No huyó hacia la superficie. Se unió a ellos para limpiar las alcantarillas.

Avanzaron hacia una zona que había funcionado como casino. Las mesas seguían cubiertas de fichas y cartas, pero los jugadores habían sido despedazados. Los plasmoides se movían entre los cadáveres con restos de joyas y telas suspendidos dentro de sus cuerpos.

Moana atacó con la furia contenida durante el cautiverio. Thane luchó a su lado. El resto de la compañía cerró las salidas y evitó que las criaturas escapasen hacia las celdas liberadas.

Después registraron la estancia.

Encontraron almacenes de comida, una cocina destinada a los prisioneros y una llave cuya empuñadura tenía forma de tijera.

Más al este, dos estatuas custodiaban una puerta semejante a la entrada de una cámara acorazada. En la hoja estaba tallado un minero sosteniendo una geoda. A ambos lados, un campesino portaba una cizalla y un erudito sujetaba un pergamino. Cada figura contenía una cerradura.

Necesitaban tres llaves.

Solo tenían una.

Junto a las estatuas había otra puerta cerrada. Trankus la abrió en pocos segundos. La habitación del otro lado parecía vacía, salvo por una mesa y una nota atravesada por una daga.

*Creía que ibas a acabar con el gran Medev. Te he atrapado, Katarina. Ahora te pudrirás en esa cámara.*

Un libro ocultaba un mecanismo. Al moverlo se abrió un pasadizo completamente oscuro.

Algo se desplazó al fondo.

Vieron una sombra ascender por unas escaleras. Cuando corrieron tras ella, un peso cayó desde arriba y selló la salida. La persona que los observaba escapó hacia la superficie.

Regresaron a la cámara acorazada.

Detrás de aquella puerta se encontraba la mujer a la que habían seguido desde [[Leilon]]. También las respuestas sobre la cabeza conservada, la Cofradía y el sacrificio preparado bajo el museo.

Para alcanzarla aún debían encontrar dos llaves.

### Capítulo VIII — Las tres llaves del museo

La puerta de la cámara acorazada permanecía cerrada mientras los muertos seguían enfriándose a su alrededor.

El campesino de piedra sostenía sus cizallas. El erudito, un pergamino. En el relieve central, el minero alzaba una geoda con ambas manos. Tres oficios, tres símbolos y tres cerraduras.

La llave con forma de tijera era apenas el comienzo.

[[Trankus Trenkins|Trankus]] examinó el mecanismo sin tocarlo. La nota encontrada en la habitación secreta aseguraba que [[Katarina Devon|Katarina]] estaba atrapada dentro, pero el familiar de [[Samael]] aún no había encontrado el acceso por el que la mujer había entrado. Si la advertencia era cierta, la cámara no era solo una caja fuerte. También era una prisión preparada por alguien que la conocía bien.

La compañía decidió terminar de explorar las alcantarillas.

[[Moana]] permaneció con los prisioneros liberados. Algunos apenas podían caminar y otros continuaban aturdidos por lo sucedido en la arena. El guerrero locathah organizó la defensa de las celdas y prometió mantener despejada la ruta hasta el elevador caído.

—Encontrad a quien hizo esto —dijo—. Nosotros nos encargaremos de que nadie vuelva a encerrarnos.

El grupo tomó el pasillo noreste.

Había puertas cerradas a ambos lados. Detrás de algunas se oían movimientos; en otras, una respiración pesada que no parecía humana. No las abrieron todavía. Siguieron hacia una estancia cuya puerta y molduras estaban mejor construidas que el resto de las alcantarillas.

Las redes cayeron en cuanto entraron.

Los koalinth aguardaban ocultos en los laterales. Eran guerreros acuáticos, semejantes a hobgoblins adaptados a las profundidades. Habían fijado cuerdas al techo y preparado el acceso para dividir a cualquiera que cruzase el umbral.

Una red envolvió a [[Rim]] y lo derribó. Otra cayó entre [[Thane Marrok|Thane]] y [[Thromm]], separándolos de Trankus y Samael. Los enemigos atacaron antes de que la compañía pudiera reagruparse.

Rim trató de alcanzar un cuchillo entre las cuerdas. Un koalinth pisó la red y hundió su arma a través de uno de los huecos. El primer golpe rozó al bardo. El segundo encontró carne.

Thane embistió contra la malla que bloqueaba el paso. La cortó una vez, dos, sin conseguir abrir un espacio suficiente. Thromm invocó la fuerza de [[Tempus]] y una franja de fulgor marcial recorrió las cuerdas, revelando dónde estaban tensadas.

Al otro lado de la habitación, Trankus había quedado aislado con dos enemigos. Utilizó una mesa volcada como cobertura, disparó desde el suelo y rodó cuando una lanza atravesó la madera. Samael no podía emplear sus conjuros más amplios sin alcanzar también a Rim. Eligió precisión en lugar de fuerza.

El nudo superior de la red estalló.

Rim cayó con ella. Consiguió liberar un brazo y su voz se elevó desde el suelo, áspera por el dolor. La nota que produjo no fue hermosa. Tampoco necesitaba serlo. Golpeó al koalinth que se disponía a rematarlo y lo hizo vacilar.

Thane atravesó por fin la barrera.

La lucha se volvió contra los emboscadores cuando el grupo recuperó su formación. Thromm alcanzó a Rim antes de que perdiera demasiada sangre. Trankus salió de su cobertura y atacó a los enemigos ocupados con Thane. Samael cerró el paso hacia las galerías inundadas.

El último koalinth cayó junto a la puerta.

Nadie se movió durante unos instantes.

Habían estado demasiado dispersos. Rim había vuelto a acercarse a la muerte y ya era la segunda vez desde que abandonaron la goleta. El bardo se incorporó con ayuda de Thromm y miró la red cortada.

—Empiezo a pensar que las cuerdas me odian.

—Las cuerdas tienen buen criterio —dijo Thane.

La broma no logró ocultar la preocupación.

Registraron la estancia con mayor cautela. Encontraron una segunda llave, esta vez con la empuñadura tallada como una roca. Cerca había un orificio lo bastante ancho para un animal pequeño. Samael convocó de nuevo la percepción de su familiar y envió al búho por el túnel.

El conducto desembocaba dentro de la cámara acorazada.

A través de los ojos del ave, Samael vio montones de monedas, cofres y objetos embalados con prisa. Katarina se movía entre ellos. Estaba furiosa y recogía todo cuanto podía transportar. No parecía una prisionera resignada, sino alguien preparando una huida antes de que sus perseguidores completaran el mecanismo.

—Está dentro —confirmó Samael al recuperar la vista—. Y sabe que venimos.

Las habitaciones laterales contenían las pertenencias que la Cofradía no había colocado todavía en el museo.

Rim encontró una bolsa cuya abertura conducía a un espacio mucho mayor que su volumen exterior. Al introducir una mano extrajo un laúd de dos cuerdas y varias partituras. Todas llevaban el mismo nombre.

[[Kaladin]].

Una de las composiciones estaba incompleta. Faltaban páginas, arrancadas con cuidado. En la cubierta podía leerse un título: *Ascensión*.

Rim deslizó los dedos por las cuerdas del instrumento y probó los primeros compases. Un cosquilleo le recorrió los brazos. No era únicamente la vibración de la madera. Algo dentro de la partitura parecía reconocerlo.

Se interrumpió.

Desde hacía tiempo una voz surgía en los momentos de peligro, un susurro que lo guiaba o le advertía. No sabía a quién pertenecía ni por qué algunas músicas despertaban recuerdos que no eran exactamente suyos. El nombre de Kaladin no resolvía el misterio, pero le daba una dirección.

Guardó el laúd y las partituras.

Trankus encontró un chakram de excelente manufactura, con símbolos marítimos grabados en los filos. Samael recuperó documentos y frascos cuyo contenido necesitaría estudiar con calma. En un cofre mayor hallaron el acta de constitución de la Cofradía de Coleccionistas.

Cuatro nombres distribuían sus responsabilidades.

[[Katarina Devon|Lady Katarina Devon]] se ocupaba de las negociaciones y los acuerdos.

El barón [[Vlad Ragnarok]] dirigía la seguridad y protección.

[[Minerva Vareman|Lady Minerva Vareman]] figuraba como tesorera.

Una última persona, identificada solo como T. E., controlaba la flota naval.

El documento convertía sospechas dispersas en una organización. La Cofradía tenía dinero, soldados, barcos y una mujer dedicada a experimentos cuya firma aparecía ya unida a la desaparición de familias y expediciones.

Thromm leyó el nombre de Minerva más de una vez.

La visión sufrida junto al meteorito había mostrado campos de cultivo y figuras obligadas a recoger la resina de las flores. Entre ellas creyó reconocer a miembros de su familia. Hasta entonces no había sabido quién los mantenía allí. Ahora tenía un nombre.

Trankus pensó en la cabeza conservada en ámbar. Samael, en el libro firmado por Lilith y en los mercenarios contratados para encontrar una filacteria. Thane recordó al capitán muerto viviente relacionado con el naufragio que le había arrebatado a Calder. Rim sostuvo las páginas de *Ascensión*.

La Cofradía no había reunido solo objetos.

Había tocado la vida de cada uno de ellos antes de que se conocieran.

Regresaron al sector norte y noroeste de las catacumbas para buscar la última llave.

Thane abrió la primera puerta de una patada.

Había un cadáver en el suelo y un sahuagin escondido a la izquierda. La criatura saltó con la lanza preparada. Thane la abatió con dos golpes antes de que los demás terminaran de entrar.

El ruido atrajo a tres más desde el final del pasillo.

La lucha se desarrolló entre puertas estrechas. Trankus y Samael cubrieron el corredor mientras Thane y Thromm impedían que los sahuagin se acercaran. Rim, aún herido, permaneció detrás y sostuvo a sus compañeros con la música.

En las habitaciones encontraron dos matraces de arena. Uno estaba etiquetado como *Isla Perdida*. El otro decía *Tetris*. Eran destinos para la brújula de Katarina, caminos preparados hacia lugares que todavía desconocían.

Trankus halló además un vial que no pudo identificar. Samael lo examinó y terminó guardándolo sin ofrecer una respuesta.

Más al noroeste descubrieron otra sala vigilada. Los sahuagin mantenían allí a una mujer prisionera.

Era [[Irana]], la agente a la que Gaya había mencionado en el taller de las máscaras.

La liberaron después del combate. Irana estaba debilitada, pero conservaba una llave cuya empuñadura tenía forma de pergamino. Había entrado en el museo para investigar las desapariciones y había terminado demasiado cerca de la verdad.

—Gaya ha salido —le comunicó Thromm—. Ha ido a avisar a Bloeth.

El alivio cruzó el rostro de Irana.

En una estancia contigua había cuatro cofres. Trankus abrió el primero desde la izquierda. Un mecanismo respondió de inmediato y los otros tres ardieron. Las llamas consumieron su contenido antes de que pudieran intervenir. El único cofre abierto guardaba una espada bastarda.

Ya tenían las tres llaves.

Volvieron ante las estatuas. Samael introdujo primero el pergamino en la cerradura del erudito. El mecanismo descargó energía sobre él y lo obligó a retirarse.

—No basta con emparejar el dibujo —dijo, recuperando el aliento.

Trankus observó las figuras: piedra, pergamino y tijera. Recordó un juego sencillo en el que cada elemento vencía a otro y era derrotado por el tercero.

Colocaron la piedra en el erudito, el pergamino en el campesino y las tijeras en el minero.

Las cerraduras giraron.

Dentro de la pared se activaron engranajes que llevaban años esperando aquella combinación. Las estatuas separaron sus armas del marco de la puerta. El relieve de la geoda se hundió lentamente.

La cámara acorazada se abrió.

Al otro lado aguardaban dos sahuagin.

Detrás de ellos estaba Katarina Devon.

### Capítulo IX — La verdadera Katarina

Katarina Devon no parecía una mujer atrapada.

Se encontraba entre cofres abiertos y riquezas reunidas para una huida. Los dos sahuagin que la acompañaban alzaron sus armas cuando la cámara terminó de abrirse. Ella no buscó refugio detrás de ellos. Observó a la compañía con el rencor de quien contempla un problema que creía haber enterrado.

[[Trankus Trenkins|Trankus]] recordó al morfoide arrojado por la borda.

*La auténtica es posible que esté en el museo de Mintarn.*

Aquella frase no aclaraba nada. La mujer podía ser Katarina, una sustituta o una criatura que hubiese utilizado su nombre durante tanto tiempo que la diferencia hubiera dejado de importarle.

—Se acabó —dijo [[Thane Marrok|Thane]].

Los sahuagin atacaron.

El umbral estrecho obligó al grupo a entrar de dos en dos. Thane sostuvo el paso junto a [[Thromm]] mientras [[Rim]], Samael y Trankus disparaban y lanzaban magia desde el corredor. Katarina retrocedió entre los cofres, no para huir, sino para ganar espacio.

Su cuerpo comenzó a cambiar.

La piel se abrió en pliegues húmedos. Los brazos se alargaron y los rasgos humanos se hundieron bajo la forma de un vástago de las profundidades. La transformación destruyó la ropa elegante, pero no la inteligencia de sus ojos.

Rim la miró con una mezcla de repugnancia y reconocimiento. Había visto cambios de rostro, cuerpos robados e identidades utilizadas como herramientas desde el inicio del viaje. En aquella criatura, la máscara no ocultaba a la persona: parecía ser la persona.

El vástago arremetió.

La cámara acorazada se convirtió en un espacio de golpes, monedas esparcidas y cofres volcados. Katarina utilizó su tamaño para empujar a Thane contra la pared. Thromm resistió a su lado. Trankus se desplazó por el perímetro buscando un ángulo que no bloqueasen sus compañeros. Samael contuvo la magia lo suficiente para no destruir las pruebas que los rodeaban.

Rim encontró entre los ecos de la cámara una nota semejante a la que había hecho vibrar las partituras de Kaladin. La música no produjo el mismo cosquilleo, pero le recordó que aquella historia había comenzado mucho antes de que él conociera su nombre.

Los dos sahuagin cayeron primero.

Katarina continuó luchando. Incluso herida, trató de alcanzar uno de los pasadizos de servicio que había preparado para escapar. Thane le cerró el paso. El vástago respondió con una violencia que habría derribado a un hombre menos obstinado.

Finalmente cayó entre las piezas de su colección.

No recuperó la apariencia humana.

El silencio posterior duró poco.

Pasos numerosos descendían por las alcantarillas. El sonido de metal, órdenes y botas anunció una fuerza demasiado grande para ser otra patrulla del museo.

Un paladín tritón entró en la cámara al frente de los guardias.

—Deponed las armas.

Era [[Arlong|Arlo]], capitán de la guardia de Mintarn. Su armadura mostraba señales de combate reciente. Los soldados que lo acompañaban estaban manchados de sangre y arcilla. Habían tomado las plantas superiores y destruido o desactivado los autómatas.

La compañía obedeció, aunque Thane tardó un instante más que los demás.

Explicaron que habían liberado a [[Irana]] y a los prisioneros, y que seguían el rastro de Katarina desde que ella los contrató en Leilon. Arlo escuchó con los ojos iluminados por una luz azul. La magia se extendió por la cámara y convirtió el espacio en una zona donde las mentiras resultaban difíciles.

—Los guardias del museo enloquecieron —informó el paladín—. Atacaron a cualquiera que tratara de salir.

Samael mencionó a [[Selem]], los autómatas de sangre y el libro encontrado en su taller.

El relato superó la prueba de la magia.

Arlo les ofreció acudir al castillo para hablar con Bloeth Embuirhan. Habría una recompensa por la liberación de los cautivos y por haber descubierto la conspiración. Sin embargo, no les permitió apropiarse de las riquezas de la cámara. Todo quedaba bajo custodia de Mintarn mientras se investigaba la Cofradía.

Samael pidió permiso para revisar documentos y objetos que pudieran aportar información. Arlo concedió una inspección limitada.

Trankus aprovechó la atención de los guardias sobre el vástago muerto para hacer desaparecer una daga encantada.

No fue el robo más importante de su vida. Sí uno de los más satisfactorios.

Abandonaron el museo por el elevador que los soldados habían asegurado. Los prisioneros salían a la superficie. Moana caminaba entre los suyos con las armas recuperadas. Gaya e Irana se reunieron junto a los guardias de Bloeth.

La saga marina continuaba en la goleta. La promesa de venderla había abierto la puerta, pero nunca llegaron a entregarla al museo.

Tras descansar, Trankus utilizó varios viales de veneno conservados por Samael para impregnar seis flechas. La preparación exigía paciencia: una gota mal colocada podía hacerle más daño que a cualquier enemigo.

Rim lo acompañó después a una taberna.

Allí conocieron a un hombre que se hacía llamar [[Vlad Ragnarok]]. Era norteño, jefe de grupos mercenarios y uno de los firmantes del acta de la Cofradía. No sabía que ellos habían leído aquel documento.

Vlad preguntó por lo ocurrido en el museo.

Trankus fingió ignorancia. El mercenario explicó que los guardias de Mintarn habían cerrado las instalaciones y dejó claro, sin decirlo abiertamente, que consideraba a Bloeth y su gente enemigos.

Su verdadero interés apareció cuando Rim mencionó la música.

Vlad conocía las partituras de [[Kaladin]]. Aseguró que eran varias y que reunirlas no bastaba. Para despertar todo su poder era necesario ser el propio Kaladin. La composición completa, dijo, podía conceder el poder de una deidad.

Rim mantuvo una expresión indiferente.

Dentro de su bolsa, las páginas incompletas de *Ascensión* parecieron pesar más.

Habían detenido el sacrificio del museo, pero la Cofradía seguía activa. Uno de sus dirigentes bebía a unos pasos de ellos. Otro nombre conducía hasta la familia de Thromm. Una firma incompleta controlaba la flota que Trankus llevaba años buscando.

Y la música de un hombre desaparecido acababa de reconocer a Rim antes de que él supiera por qué.

### Capítulo X — La Tirana de Mintarn

Los nombres de los antiguos Tiranos estaban grabados en una columna frente al castillo.

Cada uno había gobernado Mintarn durante un tiempo. La ciudad no ocultaba el título ni fingía que su historia hubiese sido amable. Un Tirano protegía la isla, mantenía a raya a las compañías rivales y duraba mientras conservara el poder suficiente para hacerlo.

La mujer que ocupaba el cargo en aquel momento se llamaba [[Bloeth Embuirhan]].

Los guardias desarmaron a la compañía antes de permitirle el acceso. [[Trankus Trenkins|Trankus]] intentó ocultar sus dagas. Las encontraron. Entregó las armas con una sonrisa que no engañó a nadie.

En el patio interior vieron a una mujer enfrentarse a tres combatientes al mismo tiempo.

No llevaba armadura pesada. Se desplazaba entre ellos como si conociera cada ataque antes de que empezara. Esquivó una espada, utilizó el impulso del atacante para hacerlo chocar con un compañero y derribó al tercero con un movimiento limpio. Cuando terminó, los tres permanecían vivos e incapaces de continuar.

—Bloeth Embuirhan —se presentó.

No necesitaba añadir el título.

[[Arlong|Arlo]] resumió los acontecimientos del museo. La Tirana escuchó los detalles sobre Katarina, Selem, los prisioneros y el intento de sacrificar a la élite de la ciudad. Después permitió que los aventureros formulasen sus propias preguntas.

[[Rim]] preguntó por [[Kaladin]].

Bloeth lo recordaba como un músico extraordinario, conocido en toda la Costa de la Espada. Sus últimas actuaciones habían empezado a deteriorarse. Cuando cometía errores perdía los estribos y lanzaba magia que dañaba decorados y ponía en peligro al público. Después desapareció.

El relato no se parecía a la promesa de poder divino que Vlad había descrito. Sonaba a un artista quebrándose delante de quienes habían acudido a admirarlo.

Samael preguntó por [[Vlad Ragnarok]], por los demás firmantes de la Cofradía y por [[Minerva Vareman]].

Minerva había sido una alta dama de Mintarn, exploradora y estudiosa de tritones y especies antiguas. La descripción era demasiado respetable para la mujer relacionada con campos de esclavos y experimentos. Bloeth no defendió sus actos, pero dejó claro que su posición le había permitido trabajar durante mucho tiempo sin despertar sospechas suficientes.

La Tirana les ofreció un trato.

Podían enrolarse como corsarios de Mintarn. Tendrían autoridad para perseguir enemigos de la ciudad y una protección que la Cofradía no podría ignorar con facilidad. A cambio, responderían ante Bloeth y defenderían la isla cuando fuese necesario.

No aceptaron de inmediato.

Investigaron a la propia Tirana entre comerciantes, marineros y bajos fondos. Encontraron rumores sobre una red criminal enfrentada a ella y ataques contra sus aliados. Algunos la consideraban una gobernante peligrosa. Otros, la única razón por la que las compañías mercenarias no habían dividido la isla en feudos.

Cuando regresaron al castillo, aceptaron.

Bloeth les entregó un cofre con mil seiscientas piezas de oro. Ordenó además que las velas de su barco llevasen el baluarte de la Tirana, una marca que los identificaba como corsarios de Mintarn.

—La Cofradía de la Espada está detrás de varios ataques —les explicó—. Si regresáis a la taberna, probablemente os estén esperando.

Ofreció guardias para acompañarlos.

Esta vez aceptaron la escolta.

El olor a carne asada llegó antes de entrar en la taberna. Dentro tocaba el mismo bardo que habían visto anteriormente. Una bailarina de extraordinaria belleza se movía junto a él. La música y el bullicio parecían demostrar que la ciudad podía olvidar una matanza bajo el museo en cuanto aparecía otra jarra sobre la mesa.

La compañía se sentó, bebió y pidió comida.

El tabernero anunció de pronto que era hora de cerrar.

La música continuaba. Las mesas seguían llenas. Nadie más parecía dispuesto a marcharse.

—Aún no hemos terminado —respondió [[Thane Marrok|Thane]].

El tabernero insistió.

Entonces la cabeza del bardo cayó al suelo.

Rodó entre las mesas mientras el instrumento emitía una última nota. La bailarina sostenía el arma con la que lo había decapitado. Su belleza se quebró al mismo tiempo que los demás atacantes abandonaban sus disfraces.

Los guardias de Bloeth reaccionaron. Las mesas volcaron. Los clientes corrieron hacia las salidas y convirtieron el local en un espacio donde resultaba casi imposible distinguir a los aliados de los agresores.

La compañía había aprendido esa lección en la Doncella Afortunada.

Thane y Thromm protegieron la entrada para impedir que los atacantes rodearan al grupo. Trankus utilizó las mesas como cobertura. Samael lanzó conjuros cortos y precisos, consciente de la madera, el alcohol y el fuego de las lámparas. Rim contempló durante un instante la cabeza del músico, otra historia interrumpida en mitad de una canción, y respondió con una melodía capaz de imponerse al pánico.

Los asesinos murieron o fueron reducidos.

El tabernero sobrevivió. Cuando comprendió que la emboscada había fracasado, entregó el mensaje que Vlad le había ordenado transmitir.

*Donde murió el primer Tirano.*

El antiguo castillo de Mintarn se encontraba más allá de las montañas. Un bandido llamado Edar Pike y sus hombres estaban realizando algún tipo de operación en las ruinas.

Vlad no los invitaba a una reunión.

Los conducía hacia otro escenario preparado.

Bloeth les había dado dinero, autoridad y un emblema para sus velas. La Cofradía acababa de responder con una cabeza rodando entre jarras de cerveza.

La guerra por Mintarn había comenzado mucho antes de que ellos llegaran.

Ahora la ciudad los reconocía como parte de ella.

### Capítulo XI — Donde murió el primer Tirano

El antiguo castillo de Mintarn se alzaba al otro lado de las montañas.

La ciudad había crecido lejos de aquellas ruinas, como si la distancia bastase para separar a los vivos de su pasado. Los caminos se estrechaban conforme ascendían y el viento del mar perdía el olor de los muelles. En algunos puntos todavía se distinguían piedras trabajadas, restos de una calzada que había conducido al poder antes de que el poder se trasladase a otro lugar.

Allí había muerto el primer Tirano.

También allí los esperaba la respuesta de [[Vlad Ragnarok]].

La compañía avanzó con la precaución de quien sabe que ha sido invitado a una emboscada. Los rumores mencionaban a Edar Pike y un grupo de bandidos operando en las ruinas. Sin embargo, cuando alcanzaron el complejo encontraron mercenarios de la [[Cofradía de Coleccionistas]].

No ocultaron su propósito.

El ataque contra [[Mintarn]] partiría desde aquel lugar. Katarina había fracasado, dijeron, pero la Cofradía no dependía de una sola mujer ni de un solo museo. La ciudad podía haber cerrado sus vitrinas y matado a un vástago; no había destruido la organización que lo había colocado allí.

Los mercenarios ofrecieron al grupo una última oportunidad para unirse.

[[Trankus Trenkins|Trankus]] pensó en la cabeza atrapada en ámbar.

[[Thromm]] pensó en los campos que había visto y en el nombre de Minerva.

[[Samael]] recordó la firma de Lilith Báthory en un libro dedicado a construir sirvientes con sangre.

[[Rim]] llevaba consigo la partitura incompleta de un hombre al que Vlad consideraba una llave para alcanzar la divinidad.

[[Thane Marrok|Thane]] desenvainó.

—Vuestra oportunidad terminó en el museo.

La batalla comenzó entre columnas partidas y muros cubiertos de vegetación. Los mercenarios conocían el terreno y habían dispuesto posiciones elevadas. Sus proyectiles descendieron sobre el camino mientras otros combatientes cerraban la retirada.

La compañía no trató de conservar una ruta de fuga.

Thane encabezó el avance hacia las ruinas. Thromm sostuvo a quienes quedaban expuestos. Samael desalojó a los tiradores sin derrumbar las estructuras sobre sus compañeros. Rim utilizó los ecos del castillo para hacer que cinco aventureros pareciesen muchos más. Trankus escaló por un lateral y convirtió las posiciones preparadas contra ellos en lugares desde los que atacar a sus propios ocupantes.

Los mercenarios cayeron.

No había en las ruinas un ejército suficiente para tomar Mintarn, pero sí pruebas de una operación mayor: suministros, rutas y mensajes destinados a fuerzas que todavía no habían llegado.

Entre las pertenencias de los derrotados encontraron un Colgante de Regeneración de la Tumba y un tomo perteneciente a Bloeth. También hallaron un mapa de una isla llamada [[Tetris]].

La arena recuperada en las alcantarillas llevaba el mismo nombre.

Por primera vez no necesitaban esperar a que la Cofradía les dejase otra invitación. Poseían un mapa, una muestra de tierra y una brújula capaz de señalar el camino.

Regresaron a la costa.

Detrás quedaban las ruinas del primer Tirano y un ataque interrumpido antes de comenzar. Delante los esperaba una isla donde Vlad Ragnarok había reunido mercenarios, druidas, piratas y un faro capaz de destruir barcos.

El conflicto de Mintarn ya no cabía dentro de sus murallas.

### Capítulo XII — Tetris y los Salones del Valhalla

La tormenta los encontró antes que la isla.

Se formó al norte como un muro oscuro y avanzó contra la *Doncella Afortunada* con una rapidez imposible. [[Trankus Trenkins|Trankus]] la observó desde el carajo. Había navegado a través de temporales nacidos del calor, de corrientes enfrentadas y de vientos capaces de arrancar un mástil. Aquellas nubes no se comportaban como ninguna tormenta natural.

Cuando los alcanzó, el día desapareció.

El barco se inclinó bajo el primer golpe de viento. Las velas crujieron y las olas empezaron a romper por encima de la borda. Trankus se ató al mástil antes de perder la oportunidad. Desde las alturas vio una sombra moverse bajo el agua.

No seguía el rumbo del oleaje.

Los estaba rodeando.

Una voz entró en sus cabezas.

—No saldréis de la tormenta. ¿Por qué buscáis a la Cofradía de los Coleccionistas?

La embestida llegó desde abajo.

El casco se levantó y cayó. Trankus salió despedido del carajo. La cuerda lo detuvo en el aire, golpeándolo contra el mástil y dejándolo suspendido sobre la cubierta. El dolor le recorrió el cuerpo, pero el nudo resistió.

[[Thane Marrok|Thane]] tomó el control de la maniobra. Ordenó reducir vela, girar antes de que la siguiente ola los alcanzase de costado y aprovechar el impulso del viento en lugar de combatirlo. [[Samael]] y [[Rim]] utilizaron magia para sostener aparejos y corregir el rumbo. [[Thromm]] se movió entre los heridos mientras el agua barría la cubierta.

La sombra volvió a pasar bajo ellos.

No atacó por segunda vez.

La goleta atravesó el límite de las nubes y emergió en un mar gris, todavía agitado pero libre de aquella oscuridad. La voz regresó una última vez.

—Nos volveremos a ver.

Nadie dudó de la promesa.

La isla de [[Tetris]] apareció poco después. Al aproximarse encontraron restos de barcazas destrozadas. Las banderas pertenecían a una capitana orca conocida como Sharkana la Comehombres.

Thromm distinguió un barril intacto entre los restos.

La mano mágica de Samael lo acercó hasta la borda. Había voces dentro. Cuando retiraron la tapa apareció un goblin empapado, armado y furioso por haber sido rescatado por desconocidos.

Se llamaba [[Botas]].

Contó que las fuerzas de Vlad Ragnarok habían destruido las embarcaciones. Sharkana quería acabar con Vlad y con el faro de los [[Salones del Valhalla]], cuya luz destruía los barcos que se acercaban. También les advirtió sobre el poblado de Folk, habitado por druidas aliados de Ragnarok, y sobre el salón fortificado del norte.

No creyó que ellos fueran enemigos de Vlad.

—Llevadme con Sharkana —exigió.

Lo ataron y lo enviaron a la bodega.

La compañía fondeó al sur de la isla. Desde allí avanzó hacia un campamento abandonado. El familiar de Samael exploró el poblado de Folk y encontró dos grupos distintos: habitantes comunes y guerreros de Ragnarok semejantes a quienes habían participado en la emboscada de la taberna de Mintarn.

La noche cayó antes de que pudieran internarse más.

Se dirigieron hacia un pequeño campamento goblin y una antigua torre arcana. El camino exigía cruzar un puente vigilado. Había mercenarios de Vlad en las inmediaciones.

El enfrentamiento fue inevitable.

Los guardias trataron de retener el puente, confiando en que el río impediría que los rodeasen. Trankus respondió desde la oscuridad de la orilla. Thane avanzó por el centro mientras Thromm protegía a quienes lo seguían. Rim y Samael obligaron a los defensores a abandonar posiciones que habrían resultado imposibles de tomar mediante fuerza directa.

Al terminar registraron el campamento.

No encontraron allí el faro, el ritual ni al barón. Solo señales de una fuerza que se preparaba para algo mayor.

La isla entera estaba divida entre facciones a punto de atacarse: los goblins de Sharkana, los druidas de Folk, los mercenarios de Ragnarok y una presencia oculta en un templo abandonado.

En el norte, la luz de los Salones del Valhalla recorría el mar.

Cada vez que su resplandor tocaba los restos de un barco, la madera parecía volverse más pálida.

Botas había dicho que Sharkana planeaba destruir el faro.

La compañía decidió encontrarla antes de que comenzara la guerra.

### Capítulo XIII — Engla y la Comehombres

Samael creó un puente de hielo sobre el río.

La superficie blanca creció desde la orilla hasta tocar la contraria, encerrando hojas y espuma bajo una capa translúcida. La compañía cruzó con cuidado. Al otro lado se extendía el bosque donde los goblins de Sharkana habían levantado su campamento.

[[Botas]] caminaba delante.

Habían soltado sus ataduras para que pudiera anunciar su llegada. El goblin avanzó entre centinelas y explicó que no había encontrado aquello que buscaba, y que seguía vivo gracias a los forasteros que lo acompañaban.

Los dejaron pasar.

El campamento se preparaba para la guerra. Goblins y ogros afilaban armas, reparaban armaduras y reunían provisiones. Varias jaulas contenían restos humanos: habitantes de Folk y mercenarios de [[Vlad Ragnarok]]. No era un ejército justo. Era el enemigo del enemigo, que en Tetris constituía una categoría muy distinta de aliado.

Un goblin anunció que las tropas se reunirían en el Bosque Alto antes del ataque del día siguiente.

Sharkana recibió a la compañía rodeada de sus guerreros.

[[Rim|Rem]] habló por el grupo. Explicó que pretendían destruir los Salones del Valhalla y ajustar cuentas con Vlad. [[Sharkana la Comehombres|Sharkana]] no se mostró impresionada. Ya tenía un plan: sus ogros destrozarían el cristal del faro y abrirían el camino para el asalto.

Ellos le hablaron del Templo Vacío.

Allí existía otro modo de destruir el cristal mediante un ritual. Sharkana conocía el lugar y también a la druida que lo ocupaba. Afirmó que nadie podía entrar.

—Nosotros ya lo hemos hecho —dijo Rem.

La orca los escuchó cuando explicaron el verdadero propósito de Vlad. El barón no defendía una fortaleza ni pretendía dominar la isla. Utilizaría la música, el cristal y los sacrificios para transformarse en una deidad.

Sharkana aceptó acompañarlos al templo.

Descansaron antes de partir. Nadie confundió aquella pausa con confianza. Los ogros vigilaban a la compañía; Thane vigilaba a los ogros. Botas dormía cerca de una salida.

Al día siguiente alcanzaron el Templo Vacío.

Trankus rodeó el edificio hasta encontrar una forma de entrar. En el centro había un círculo de oscuridad que su vista no podía atravesar. Dentro aguardaba [[Engla Sombraespino]].

—Hemos traído a Sharkana —anunció.

La voz de Engla surgió desde las sombras.

—Hacedla pasar.

—La puerta está cerrada.

Una extensión de oscuridad recorrió el muro. La entrada principal se abrió.

Trankus corrió hacia el exterior y fingió haber accionado el mecanismo.

Sharkana no quiso cruzar sin ver primero a la druida. Engla exigió que entrara. Ninguna estaba dispuesta a exponerse ante la otra.

Finalmente, Engla abandonó el círculo.

Atacó.

Sharkana esquivó el primer golpe y se lanzó contra ella, llena de cólera. La druida desapareció de nuevo dentro de las sombras. El templo se convirtió en una trampa cerrada alrededor de dos enemigas que comprendieron demasiado tarde por qué las habían reunido.

La compañía no esperó a que ambas decidieran atacarlos también.

Escaparon por una ventana mientras la lucha continuaba. Sharkana comprendió el engaño y huyó por otra abertura. Engla adoptó forma de lobo, atravesó la misma ventana y se perdió entre los árboles.

Siguieron el rastro de la orca.

Las ramas rotas y las huellas profundas mostraban que corría hacia su ejército. Si regresaba al campamento, el ataque contra los Salones comenzaría sin ellos y el templo dejaría de ser la única emboscada de aquel día.

Engla apareció antes de que pudieran alcanzarla.

La druida cayó sobre Sharkana y terminó el combate que había comenzado en el templo. Cuando la compañía llegó, la Comehombres ya no podía regresar con los suyos.

—El pacto se ha cumplido —declaró Engla.

La luz del faro de los Salones del Valhalla se apagó.

La druida se marchó sin explicar qué precio había exigido el ritual ni por qué necesitaba la muerte de Sharkana. Habían eliminado a una caudilla brutal y desactivado el arma que destruía barcos. También habían alterado el equilibrio de una guerra sin saber a quién beneficiaría después.

En Tetris, cada alianza tenía dientes.

Tras descansar, emprendieron la marcha hacia los Salones.

La batalla ya había comenzado.

### Capítulo XIV — El dios de los hombres rotos

Los ejércitos de Tetris se estaban destruyendo frente a los Salones del Valhalla.

Goblins, ogros, mercenarios y guerreros de Folk combatían en torno a las murallas. El faro había dejado de fulminar barcos, pero las tropas leales a [[Vlad Ragnarok]] aún formaban una barrera infranqueable frente al complejo fortificado. La compañía comprendió que no habría forma de cruzar aquel mar de lanzas y sangre sin ser despedazados antes de alcanzar el salón central.

Para [[Thromm]], la batalla significaba algo más que sobrevivir. La sospecha de que su pueblo había sido arrasado y su esposa arrebatada por los hilos de la Cofradía lo consumía por dentro. Su devoción a [[Tempus]] lo había mantenido con vida en primera línea, pero las plegarias marciales no le ofrecían respuestas ni la fuerza titánica necesaria para derribar a un ejército entero. 

Fue en ese abismo de desesperación donde respondió una presencia antigua. 

Desde las corrientes ocultas y las brumas de [[Tetris]], una entidad colosal y luminosa rozó la mente del clérigo: la [[Sierpe Arcoíris]]. No exigió pleitesías vanas. Le ofreció un pacto directo y terrible. A cambio de consagrarle su fe y aceptar en su carne la marca sagrada de su linaje, la Sierpe le entregó la verdad que tanto ansiaba: su esposa no había muerto en la masacre de su aldea; los Coleccionistas la habían llevado consigo y la mantenían con vida en las entrañas de su mayor dominio. Y para despejar el camino hacia su rescate, la deidad desataría su cólera sobre los hombres de Ragnarok.

Thromm aceptó.

El clérigo firbolg renunció a su antiguo sacerdocio y abrazó el juramento de la serpiente. Un fuego místico y frío le abrasó las entrañas. Ante la mirada atónita de sus compañeros, la ancha carne de firbolg comenzó a estremecerse y mudar; bajo la piel curtida por los bosques brotaron apretadas hiladas de escamas iridiscentes, sus rasgos se endurecieron y su mirada adquirió la fijeza ancestral y vertical de los [[Yuan-ti|yuan-ti]]. En su mano, el viejo símbolo de batalla se transmutó en un emblema nuevo, brillante con los colores del arcoíris.

Thromm alzó el símbolo hacia las alturas.

El poder de la Sierpe Arcoíris respondió con una tormenta descomunal. Las nubes se cerraron sobre el campo y descargaron un vendaval de relámpagos multicolores y truenos ensordecedores. Rayos y viento quebraron las formaciones de Ragnarok, arrojaron a los mercenarios contra las rocas y convirtieron el terreno en un lodazal intransitable.

La tormenta no distinguió banderas: arrasó la vanguardia enemiga y abrió un pasillo de destrucción directa hacia el muelle.

La compañía se infiltró por el muelle mientras los ejércitos trataban de reorganizarse. Desde la nave central del complejo llegaban música y gritos de júbilo.

Dentro se había reunido una multitud.

Bardos ocupaban una plataforma alrededor del cristal. Los guardias bloqueaban las puertas. Vlad Ragnarok contemplaba la ceremonia desde un trono mientras los asistentes cantaban y bebían, convencidos quizá de presenciar la apoteosis de un gran señor.

Vlad comenzó a cantar.

[[Rim]] reconoció fragmentos de la melodía.

No era *Ascensión* completa, pero procedía de la misma obra o de una imitación construida con las páginas que el barón había conseguido reunir. La música tiró de algo dentro de Rim, la voz sin nombre que aparecía cuando el peligro se acercaba.

Los bardos se suicidaron.

Uno se atravesó la garganta. Otro saltó desde la plataforma. Los restantes siguieron tocando mientras se quitaban la vida, como si la partitura exigiera su muerte para completar un acorde.

El público intentó escapar.

Los guardias cerraron las puertas.

Vlad comenzó a levitar sobre el trono. La melodía cambió. Rim comprendió que si alcanzaba su conclusión, aquello que descendiese sobre el salón no sería una divinidad digna de adoración.

—Tenemos que detenerlo.

La compañía irrumpió.

Entonces la voz de la tormenta habló dentro de todas las cabezas. Era la misma presencia que los había interrogado en el mar.

—Vlad, eres un miserable títere más de la Cofradía de los Coleccionistas. ¿Pensabas que ibas a convertirte en un dios?

Los cadáveres de los bardos se estremecieron.

Sus huesos cambiaron de posición. La carne se deformó y los muertos se levantaron transformados. Sobre ellos, Vlad continuó ascendiendo mientras su cuerpo se hinchaba y se retorcía. La ceremonia no lo convirtió en un dios. Lo transformó en otra pieza de una colección que no comprendía.

Las luces se apagaron.

El combate transcurrió bajo destellos de magia y relámpagos que penetraban por los ventanales. [[Thane Marrok|Thane]] mantuvo alejados a los muertos mutados. Thromm se enfrentó a una tormenta que aún resonaba con el poder que él mismo había invocado fuera. [[Samael]] buscó el vínculo entre el cristal, la música y la transformación. [[Trankus Trenkins|Trankus]] atacó desde las galerías laterales mientras los guardias trataban de localizarlo.

Rim respondió a la canción de Vlad.

No conocía todas las notas. No necesitaba conocerlas para oponerse. Introdujo otra melodía dentro del ritual, un hilo discordante que impedía a la composición cerrarse sobre sí misma. Durante un instante escuchó una segunda voz cantando con él.

Vlad cayó.

La criatura en la que se había convertido continuó luchando hasta que destruyeron el vínculo con el cristal y la música se extinguió. Los muertos dejaron de moverse. La tormenta exterior empezó a alejarse.

Tras la batalla registraron los cofres de los Salones.

Trankus abrió dos. Encontraron un martillo de guerra y una espada de propiedades extraordinarias. El tercer cofre resistió sus herramientas y liberó veneno cuando insistió. Samael lo abrió mediante magia. Dentro había un arco y un carcaj trabajados con el mismo cuidado que las otras armas.

Ninguno de aquellos objetos explicaba la voz que había humillado a Vlad.

El barón había creído utilizar a la Cofradía para alcanzar la divinidad. La presencia de la tormenta aseguró que siempre había sido al contrario.

Rim recuperó las partituras que sobrevivieron al ritual.

Cada página añadía música a la obra incompleta. También demostraba que alguien más conocía la relación entre Kaladin y el poder que la canción podía despertar.

La isla quedó detrás cuando regresaron al barco. Sobre la cubierta de la *Doncella Afortunada*, Thromm permanecía apoyado en la borda mirando hacia el horizonte oscuro: ya no era el firbolg que había zarpado de Leilon, sino un clérigo transmutado en carne y sangre [[Yuan-ti|yuan-ti]], custodiando las escamas de su pacto y la certeza de que su esposa seguía viva en alguna parte de aquel mundo fragmentado.

Vlad Ragnarok había muerto sin convertirse en dios. Sharkana yacía en el bosque. Engla había cobrado su pacto y desaparecido. Botas, sin capitana ni tripulación a la que volver, permaneció con ellos.

Mintarn seguía a salvo.

Pero la voz de la tormenta había prometido volver a encontrarlos.

### Capítulo XV — El precio del dragón

Cuando abandonaron la isla en la que había caído Ránaro, la compañía creyó que regresaba a Mintarn.

En realidad, regresaba a una guerra.

Vieron las velas antes de distinguir los cascos. Un navío con la bandera de [[Mintarn]] huía de dos barcos que enarbolaban el emblema del antiguo Tirano. Las naves perseguidoras no navegaban como embarcaciones tripuladas por hombres vivos. Mantenían una distancia constante, indiferentes al viento y al castigo de las olas.

La *Doncella Afortunada* cambió de rumbo.

No hubo tiempo para preparar una emboscada elaborada. Alcanzaron a los perseguidores mientras disparaban contra la popa del barco de Mintarn. [[Trankus Trenkins|Trankus]] reconoció en aquellas maniobras una crueldad metódica: no pretendían hundirlo de inmediato, sino romper el timón, las velas y toda posibilidad de escapar.

La llegada de una segunda goleta alteró el equilibrio.

[[Thane Marrok|Thane]] dirigió la aproximación. [[Samael]] y [[Rim]] protegieron las velas de los primeros proyectiles. [[Thromm]] sostuvo a la tripulación mientras Trankus respondió desde una posición elevada. Los muertos que tripulaban las naves del Tirano no temían el abordaje ni el fuego, pero todavía necesitaban madera para mantenerse a flote.

Atacaron los barcos, no el miedo que ya no podían sentir.

Uno perdió el mástil. El otro quedó atrapado entre ambas naves de Mintarn. La batalla terminó cuando sus cubiertas se hundieron bajo el agua con los muertos todavía combatiendo sobre ellas.

El capitán rescatado era [[Arlong|Arlo]], paladín tritón, capitán de la guardia y protector de Bloeth.

Traía noticias peores que cualquier herida.

Un portal se había abierto en el mar frente a Mintarn. Una niebla enorme cubría la costa y de aquella abertura salían barcos no muertos. Cada nave destruida era sustituida por otra. La ciudad estaba aislada, el puerto sometido a ataques y los defensores perdían terreno.

—No podremos cruzar esa flota —dijo Arlo—. No solos.

Existía una fuerza capaz de abrirles camino.

[[Skadaurak]], el dragón rojo al que Mintarn había pagado tributo durante años, habitaba una isla próxima. No era un aliado de la ciudad, sino una amenaza satisfecha mediante pagos. Sin embargo, si el Tirano conquistaba Mintarn, tampoco quedarían tributos ni un territorio estable sobre el que extender su dominio.

La compañía puso rumbo a su isla.

Un dracónico custodiaba el puerto. Escuchó la propuesta y aceptó conducirlos hasta la guarida. El camino atravesaba una red de cuevas que habría resultado imposible recorrer sin guía. Había túneles abiertos sobre lagos de lava, galerías donde el calor volvía doloroso respirar y pasadizos demasiado estrechos para imaginar que un dragón pudiera utilizarlos.

La cámara final era lo bastante grande para contener un palacio.

Skadaurak descansaba sobre su tesoro.

No estaba solo.

A su lado esperaba la [[Consorte de Asmodeo]], una diablesa cuya presencia modificaba el calor de la cueva. El fuego del dragón quemaba. El suyo parecía prometer que continuar ardiendo después de la muerte.

Entre ambos existía un pacto anterior. La compañía solo conoció aquello que la Consorte decidió revelar: su historia estaba relacionada con una bruja llamada [[Helene]], con Asmodeo y con el regreso del propio Skadaurak.

El dragón escuchó la noticia del portal sin mostrar sorpresa.

—Mintarn ha pagado por mi protección —dijo—. Eso no significa que vaya a morir por ella.

—Si cae —respondió Thane—, el Tirano no te pagará tributo.

—El Tirano no conservará nada que no considere suyo —añadió Samael.

La Consorte fue quien formuló el precio.

Skadaurak atacaría la flota y abriría un camino hasta la ciudad. A cambio, los aventureros viajarían a [[Shadowfell]], encontrarían a Helene y se la entregarían.

No explicó qué pensaba hacer con ella.

El pacto olía a azufre incluso antes de que aparecieran sus términos. Rechazarlo significaba abandonar Mintarn detrás de una armada inagotable. Aceptarlo convertía la vida de una desconocida en moneda de cambio.

La compañía ya había visto demasiadas personas tratadas como mercancía.

Aceptaron de todos modos.

No porque el acuerdo fuera justo, sino porque la ciudad no sobreviviría el tiempo necesario para encontrar otro.

La Consorte sonrió.

El pacto quedó sellado.

Skadaurak desplegó las alas. El movimiento levantó polvo, monedas y una oleada de calor. Se dirigió hacia la salida mientras el eco de sus garras sacudía la guarida.

La compañía regresó al barco.

Frente a ellos, más allá de la isla, la niebla del portal había convertido el horizonte en una herida gris.

Una silueta roja emergió de las cuevas y ascendió hacia las nubes.

Mintarn acababa de comprar una oportunidad.

La deuda viajaría con ellos hasta el reino de los muertos.

### Capítulo XVI — Fuego sobre Mintarn

Skadaurak llegó a la flota como una segunda puesta de sol.

Su sombra cruzó la niebla. Durante un instante solo se distinguieron las alas, una extensión inmensa avanzando por encima de los mástiles. Después abrió las fauces.

El fuego descendió sobre los navíos no muertos.

Las velas ardieron antes que los cadáveres. El aliento del dragón recorrió las cubiertas, penetró por las portas y alcanzó la brea de los cascos. Un barco se convirtió en una antorcha flotante. Otro chocó contra él al intentar atravesar la cortina de llamas. Los muertos continuaron caminando mientras la madera desaparecía bajo sus pies.

La *Doncella Afortunada* avanzó detrás del dragón.

[[Thane Marrok|Thane]] mantuvo el rumbo hacia el corredor que Skadaurak abría. A ambos lados ardían barcos. Fragmentos de mástil y cuerpos ennegrecidos caían al mar. [[Trankus Trenkins|Trankus]] disparaba contra cualquiera que intentase saltar a la goleta. [[Rim]] sostuvo el ritmo de la tripulación entre rugidos, cañones y madera partiéndose. [[Samael]] protegió el casco de proyectiles que el fuego no había destruido. [[Thromm]] atendió a los primeros heridos sin apartar la mirada de la costa.

Mintarn apenas se distinguía.

La niebla cubría calles y torres. Detrás de ella parpadeaban incendios. El portal permanecía abierto mar adentro y nuevas proas oscuras atravesaban su superficie.

La flota respondió al dragón.

Artillería, magia y criaturas voladoras se concentraron sobre Skadaurak. El primer impacto arrancó escamas de un ala. El segundo estalló contra su pecho. El dragón quemó otra línea de barcos, pero empezó a perder altura.

Su rugido hizo vibrar las velas.

Trankus lo vio girar. Una herida profunda recorría su costado y una de las alas batía con dificultad. Skadaurak había cumplido la parte inmediata del pacto. No pensaba morir para mejorarla.

Abandonó la batalla y regresó hacia su guarida.

El camino permaneció abierto unos minutos.

La goleta los aprovechó.

Alcanzaron el puerto bajo una lluvia de flechas. [[Arlong|Arlo]] condujo su nave detrás de ellos. Los defensores habían levantado barricadas entre almacenes y muelles. Los muertos presionaban desde los barcos atracados y desde calles que ya deberían haber sido seguras.

La compañía desembarcó combatiendo.

No existía una línea clara entre la batalla naval y la defensa de la ciudad. Los enemigos surgían del agua, de bodegas inundadas y de edificios abandonados. Algunos conservaban uniformes de marineros de Mintarn. Otros llevaban siglos muertos.

El cuartel portuario estaba cercado.

Llegaron antes de que las puertas cedieran. Thane se unió a los soldados que sostenían la entrada. Thromm levantó su fe entre los heridos y los hombres que empezaban a retroceder. Samael convirtió las calles estrechas en obstáculos para una fuerza que confiaba en su número. Rim llevó órdenes allí donde el ruido impedía oírlas. Trankus subió a los tejados y disparó contra los oficiales no muertos que dirigían el asalto.

Arlo encontró al general del puerto.

Entre ambos reorganizaron la defensa. Los marineros recuperaron dos almacenes, cerraron un acceso desde las alcantarillas y empujaron a los atacantes hasta las dársenas. La niebla seguía ocultando el resto de la ciudad, pero el puerto no cayó.

Cuando la presión disminuyó, los supervivientes contaron a sus muertos.

Skadaurak había destruido suficientes barcos para permitirles entrar. No había cerrado el portal. La armada del Tirano continuaba al otro lado, y las tropas que ya habían desembarcado ocupaban varios distritos.

El general extendió un mapa sobre una mesa dañada.

No podían reconquistar Mintarn de una sola vez. Tendrían que hacerlo calle a calle, fortificación a fortificación. La armería, los puentes, las alcantarillas y los templos se habían convertido en frentes distintos. Cada zona recuperada permitiría defender la siguiente.

Fuera, la niebla se movía como si respirase.

La voz del antiguo Tirano aún no había hablado a la ciudad, pero su voluntad estaba en todas partes: barcos que no necesitaban tripulación viva, cadáveres que se levantaban y un portal abierto hacia un reino sin sol.

La compañía había regresado a su hogar adoptivo.

Lo encontró dividido en campos de batalla.

La defensa del puerto solo había sido el principio.

### Capítulo XVII — La ciudad rota

La reconquista de Mintarn no tuvo un único frente.

Mientras los muertos presionaban el puerto, otras fuerzas atravesaban las calles, saqueaban depósitos y aislaban los templos. El mapa del general se cubrió de marcas. Cada una representaba un lugar que la ciudad necesitaba para seguir resistiendo: la armería, los puentes, el bastión, los accesos subterráneos.

La compañía se dirigió primero a la armería.

Varios defensores se apostaron en la plaza para contener a los enemigos que llegaban desde las calles laterales. [[Samael]], [[Rim]] y [[Thane Marrok|Thane]] entraron en el edificio para proteger las armas. [[Trankus Trenkins|Trankus]] y [[Thromm]] permanecieron fuera con los soldados.

Dentro encontraron una horda de esqueletos cargando cajas y arrancando armas de los soportes.

Uno destacaba entre los demás. Era más grande, vestía restos de una armadura mejor conservada y dirigía el saqueo con inteligencia. Se hacía llamar Huesudo.

Thane avanzó antes de que los esqueletos pudieran formar una barrera. Rim utilizó los pasillos entre estanterías para obligarlos a dividirse. Samael lanzó conjuros en un edificio lleno de acero, pólvora y objetos que no podían permitirse destruir.

Huesudo cayó con los últimos de sus servidores.

En la plaza, algo descendió del cielo.

El vargheist alcanzó a Trankus antes de que pudiera apartarse. Sus garras lo derribaron y volvieron a alzarse para un segundo ataque. Thromm respondió con luz divina. Los soldados dispararon. La bestia, herida, remontó el vuelo y huyó entre los tejados.

Desde la armería llegó un estruendo.

Una criatura permanecía todavía dentro. Antes de que los aventureros pudieran regresar, parte del edificio se desplomó sobre ella. Los defensores consiguieron salvar dos cajas. Contenían piezas para construir una balista.

La ciudad necesitaría aquella arma.

Volvieron al bastión por calles que ya no reconocían. Edificios enteros ardían. Había barricadas levantadas con carros y muebles. Los habitantes transportaban agua, heridos y flechas mientras la niebla convertía cada cruce en una amenaza.

El bastión seguía en pie. Tenía más soldados que el puerto y defensas mejor organizadas. Las noticias del mar eran favorables: el flujo de barcos había disminuido desde el ataque de Skadaurak y algunas posiciones costeras habían sido recuperadas.

En tierra, la situación empeoraba.

Un hombre enmascarado habló con [[Arlong|Arlo]]. Algo se movía en las alcantarillas y estaba atacando a la Cofradía de la Espada, una organización de asesinos y maleantes que controlaba parte de los bajos fondos. La guerra había obligado a enemigos habituales a defender los mismos túneles.

El capitán señaló después el puente principal. Las tropas invasoras lo habían tomado. Sin ese paso, los distritos recuperados permanecerían aislados.

Entre las pertenencias de una criatura abatida encontraron además un mapa de una isla llamada [[Asentamiento del Abismo]]. Por la naturaleza de los atacantes, sospecharon que el lugar se encontraba en [[Shadowfell]]. El nombre era una promesa de respuestas futuras, no una ayuda inmediata.

El acceso al puente pasaba por las alcantarillas.

Allí se reunieron con Kalegos, dirigente de los bandidos de la Cofradía de la Espada. No entregaría más tropas. Les proporcionó un guía y advirtió que sus hombres huirían si el subsuelo se volvía imposible de mantener.

El bandido los condujo por catacumbas llenas de gas.

Encontraron un sumidero tapiado. Si retiraban los tablones, el aire podría circular y limpiar parte de los túneles. Empezaron a trabajar mientras varios zombis, más fuertes que los encontrados en las calles, avanzaban hacia ellos.

Al liberar el sumidero surgió una aberración.

La criatura, un chull acorazado, emergió entre agua estancada y restos. Sus pinzas llenaron el corredor. Detrás continuaban acercándose los zombis.

La compañía tuvo que combatir en dos direcciones. Thane y Thromm contuvieron al chull. Trankus, Rim y Samael retrasaron a los muertos hasta que el gas empezó a escapar por el conducto abierto.

Cuando terminó la lucha, el guía anunció que no avanzaría más.

Todos desenvainaron o prepararon sus armas.

El hombre reconsideró su decisión.

La siguiente cámara estaba construida alrededor de un foso. Varias criaturas aguardaban sobre plataformas provistas de pulsadores.

—Hermanos, preparaos —dijo una de ellas.

Algo enorme escupió desde el fondo.

La sustancia golpeó una plataforma y empezó a devorar la piedra. Los mecanismos cerraban el foso por secciones, pero cada pulsador solo protegía una parte de la sala. Mientras combatían, tuvieron que avanzar entre plataformas y activar los cierres antes del siguiente ataque.

Trankus alcanzó el primer mecanismo. Rim llegó al segundo. Samael sostuvo una barrera mientras Thane y Thromm acababan con los defensores de la última plataforma.

Las compuertas se cerraron sobre la bestia.

Regresaron al bastión exhaustos.

Arlo no sabía cuánto tiempo podrían resistir. Un mensaje acababa de llegar: los invasores habían entrado en el templo de Umberlee y se habían llevado a la suma sacerdotisa.

La compañía descansó lo indispensable.

A la mañana siguiente, la ciudad seguía envuelta en niebla.

El templo de la Reina de las Profundidades aguardaba entre edificios abandonados.

Tres figuras encapuchadas entraron antes que ellos.

### Capítulo XVIII — El templo de Umberlee

Entraron por una ventana.

La puerta principal del templo podía estar vigilada y las tres figuras encapuchadas ya habían cruzado por ella. [[Trankus Trenkins|Trankus]] abrió un acceso lateral y el grupo descendió a una nave en silencio.

Encontraron una tumba abierta.

Las acólitas de [[Umberlee]] confirmaron que la suma sacerdotisa había sido capturada. No sabían que existiera una cripta debajo del santuario hasta que los invasores abrieron el sepulcro. Antes de dejarlos bajar, invocaron la protección de la Reina de las Profundidades sobre la compañía.

Las escaleras conducían a un pasillo dividido en varias rutas. El corredor central estaba protegido por un muro de fuego. Más allá podían verse prensas con pinchos, cuchillas que pendulaban sin descanso y cadáveres de quienes habían intentado atravesarlas.

Eligieron el camino occidental.

La primera sala contenía tres pedestales. Sobre ellos descansaban una caracola, un cofre y una vasija. Una inscripción hablaba de tres guardianes del tiempo y el azar: uno destinado a contener, otro a esconder y el último a susurrar.

[[Rim|Rem]] estudió los objetos. Llenó la caracola con arena. El caparazón se iluminó. Después vertió agua en la vasija y una segunda luz respondió. El cofre se abrió por sí mismo.

Dentro había una llave.

La puerta meridional reveló una cámara con un timón, una brújula marcada con los puntos cardinales y dibujos de barcos en las paredes. Otra inscripción exigía siete mares y siete giros exactos. Una nota asignaba una cifra a cada dirección: ocho al norte, cinco al sur, tres al este y seis al oeste.

Giraron el timón conforme a las instrucciones.

Cada secuencia movió engranajes detrás de los muros. Al completar la última, se abrió una estancia con un estanque. En el agua flotaba una carta tan antigua que parecía mantenerse entera solo por voluntad del templo.

Narraba la historia del primer [[El Tirano|Tirano]].

Había gobernado Mintarn con crueldad y temido que el tiempo marchitara su ambición. Se arrancó el corazón y ofreció su sangre al mar para alcanzar la inmortalidad. Ningún veneno, filo ni llama logró destruirlo, pero Umberlee condenó su alma a [[Shadowfell]] cuando su cuerpo cayó.

Mientras no recuperase el corazón, no podría abandonar su prisión.

El papel se deshizo al retirarlo del agua.

La puerta oriental comunicaba con el corredor de las trampas. El búho de [[Samael]] intentó reconocer la ruta y fue destruido. Decidieron buscar un camino menos evidente.

Detrás de otra puerta escucharon voces. Samael empleó una ilusión para alterar lo que hubiera al otro lado, pero un tumulario descubrió la intrusión. El combate se desarrolló en una cámara funeraria demasiado estrecha para retroceder.

Cuando terminó, encontraron la tumba de Raik, un pirata de gran reputación. Rem descubrió un compartimento lateral. Guardaba un sextante antiguo con una inscripción.

*Mide el rumbo de los condenados, no el de los vivos.*

Continuaron hasta una sala presidida por una calavera gigantesca. El suelo estaba lleno de mecanismos. Trankus intentó desactivar uno y la trampa le estalló en la cara.

Entre los restos encontraron un estoque y una daga mágicos. Una inscripción afirmaba que las olas habían llevado el estoque hasta la mano de un pirata y algún día lo reclamarían. La segunda advertía que el filo de la traición nunca se oxidaba, pero el mar tampoco olvidaba.

Clavaron la daga en el mecanismo de la estatua. El arma se deshizo y liberó el estoque. Rem lo tomó.

La hoja absorbió parte de su energía.

Estaba maldita.

Conservaron el arma con la esperanza de que una bendición pudiera liberarla más adelante.

La siguiente cavidad contenía un lago lleno de tiburones y una red de puentes ruinosos. El primero cedió bajo los pies de Trankus. Tendieron una cuerda. Samael creó hielo bajo el paso para detener cualquier caída y terminó cayendo sobre su propia superficie.

Consiguieron alcanzar el otro lado.

El pasillo central terminaba en una sala donde varias voces amenazaban a una mujer. Era la suma sacerdotisa. Sus captores detectaron a la compañía antes de que pudieran preparar una emboscada y avanzaron hacia el corredor.

El brujo que los dirigía utilizó las trampas del templo como parte de su defensa. Thane y Thromm sostuvieron el acceso mientras Trankus buscaba los mecanismos que todavía podían desactivar. Rim combatió con el estoque maldito pese a sentir cómo le robaba fuerza. Samael impidió que el enemigo alcanzara a la prisionera.

Cuando el brujo cayó, la suma sacerdotisa recuperó el control de la cámara.

Manipuló un mapa situado en el centro. Al señalar Mintarn, un pasadizo se abrió hacia el este. También desactivó las trampas que aún protegían la cripta.

Reconoció el estoque y la daga. Habían pertenecido a dos antiguos amigos piratas que terminaron enfrentándose entre sí. La traición seguía adherida a las armas.

Después habló del corazón.

Podía sentirlo palpitando con fuerza dentro de aquella zona del templo. El Tirano necesitaba recuperarlo para abandonar Shadowfell. Alguien le había revelado que se encontraba allí; de otro modo no habría lanzado un ejército contra la ciudad y la propia cripta.

Había un traidor en Mintarn.

La sacerdotisa no reconoció el sextante de Raik, pero el instrumento, la brújula de arenas y el mapa del Asentamiento del Abismo formaban un conjunto de caminos que conducían hacia los muertos.

Una acólita irrumpió en la sala.

Había problemas en la superficie. No podían salir por la entrada utilizada. La sacerdotisa abrió otro acceso.

El corazón permaneció bajo la protección del templo.

Cuando la compañía regresó a las calles, la niebla había oscurecido el día.

Sobre Mintarn apareció la imagen del hombre al que pertenecía aquel latido.

### Capítulo XIX — La sombra del Tirano

La figura apareció sobre la ciudad como una sombra proyectada desde otro mundo.

El antiguo [[El Tirano|Tirano]] no estaba físicamente allí. Su imagen ocupaba la niebla y su voz descendía sobre calles, murallas y barcos. Habló a los habitantes de [[Mintarn]] como si todavía fueran súbditos que hubiesen olvidado arrodillarse.

Proclamó que había regresado de un exilio más cruel que la muerte. Recordó el sacrificio de su corazón, la inmortalidad obtenida y la traición que lo había condenado a vagar sin cuerpo ni reino en [[Shadowfell]].

Exigió que le devolvieran lo que consideraba suyo.

Su corazón. Su ciudad. Su derecho a gobernar para siempre.

Si Mintarn se negaba, quemaría sus calles y entregaría sus casas al mar. No podía morir, aseguró. Nadie podía huir. Cuando la última piedra cayese, recuperaría el corazón entre las ruinas.

La imagen se desvaneció.

En su lugar apareció una amalgama gigantesca.

Cadáveres de especies y épocas distintas formaban un solo cuerpo. Brazos, torsos y mandíbulas emergían de una masa que avanzaba aplastando barricadas. No era un soldado. Era una declaración: para el Tirano, los muertos de Mintarn ya eran material de construcción.

Antes de que el miedo pudiera inmovilizar a la ciudad, [[Bloeth Embuirhan]] respondió.

Subió a una posición desde la que los defensores pudieran verla y levantó el puño. Recordó a marineros, mercenarios y ciudadanos que el antiguo Tirano no regresaba como rey, sino como un perro hambriento que reclamaba algo que ya no le pertenecía.

Mintarn era de los vivos.

Si las armas no podían matar a su enemigo, se estrellarían contra él hasta que aprendiera a temerlas. Defenderían cada calle, cada taberna y cada astilla de sus barcos. No habían navegado mil mares para arrodillarse ante un fantasma.

El rugido de la multitud creció hasta imponerse a la niebla.

—¡Mintarn pelea hoy! —concluyó Bloeth—. ¡Mintarn no cae!

La batalla comenzó.

Un elemental de agua surgió de la fuente del templo de Umberlee y avanzó junto a los defensores. Soldados, corsarios y civiles armados chocaron con los muertos en las calles.

La compañía se concentró en la amalgama.

[[Thane Marrok|Thane]] atacó las extremidades que sostenían su peso. [[Thromm]] invocó energía divina contra una criatura formada por cadáveres profanados. [[Samael]] buscó el principio mágico que mantenía unida aquella masa. [[Rim]] sostuvo a los defensores que retrocedían ante algo demasiado grande para combatir. [[Trankus Trenkins|Trankus]] disparó desde posiciones elevadas, buscando un punto que respondiera de forma distinta al daño.

La criatura no parecía sentir sus heridas.

Cada cuerpo destruido dejaba otro debajo. Manos muertas agarraban armas y tobillos. Mandíbulas sin rostro mordían desde lugares imposibles. La amalgama continuaba avanzando hacia el templo.

Cuando lograron desgarrar suficientes capas, vieron la luz roja.

Una gran gema palpitaba en su interior.

Las piezas recuperadas de la armería habían permitido montar una balista. Los defensores giraron el arma hacia la criatura. La compañía tuvo que mantener abierto el hueco entre los cadáveres mientras se preparaba el disparo.

El primer virote golpeó carne muerta.

El segundo alcanzó la gema.

El cristal estalló.

La amalgama perdió su forma. Miles de partes dejaron de obedecer a una voluntad común y se derrumbaron en una avalancha de cuerpos.

La caída no terminó la batalla, pero rompió la fuerza principal del asalto. Cerca de la compañía combatían guerreros llegados de las islas Moonshae, los Dragones de Calibir. Otros aliados empujaban a los muertos hacia las posiciones todavía controladas por el Tirano.

Bloeth fue evacuada hacia el castillo.

La compañía se abrió camino tras ella, eliminando los últimos focos que impedían alcanzar la fortaleza. En uno de aquellos enfrentamientos, Trankus cayó. La fuente no conservó el golpe ni el rostro de quien lo asestó; solo el instante posterior, cuando [[Thromm]] se negó a dejarlo entre los muertos de la ciudad.

La magia devolvió el aire a sus pulmones.

Trankus despertó entre dolor, ruido y la mano del clérigo sobre su pecho.

—Te estás aficionando demasiado al mar y a la muerte —dijo Thromm.

—Ninguno de los dos sabe conservarme.

Alcanzaron el castillo.

La flota no muerta había sido contenida. La amalgama estaba destruida. El Tirano seguía en Shadowfell y su portal no había sido cerrado, pero Mintarn sobrevivía.

La victoria sabía a humo, sangre y agua salada.

No era el final de la guerra.

Era una ciudad demostrando que todavía podía llegar al día siguiente.

### Capítulo XX — Consejo de supervivientes

Mintarn necesitó una semana para contar los daños.

La compañía empleó esos días en recuperarse y ayudar. No había suficientes manos para retirar cadáveres, apuntalar edificios, repartir alimentos y mantener las defensas. Las calles recuperaron poco a poco el sonido de los martillos. El olor del humo tardó más en desaparecer.

Después se reunió el consejo.

Autoridades militares, representantes de compañías y figuras influyentes ocuparon la sala. [[Bloeth Embuirhan]] presidió la sesión. La victoria no había resuelto los problemas que la ciudad arrastraba ni la amenaza del Tirano.

La capitana de la guardia había muerto. Bloeth propuso nombrar a [[Irana]] para sustituirla.

También defendió la construcción de una torre arcana que permitiera utilizar la Urdimbre en la protección de la isla, y una red de inteligencia capaz de detectar otra conspiración antes de que alcanzase las alcantarillas o los templos.

Los tributos a [[Skadaurak]] dejarían de pagarse. El dragón estaba gravemente herido y necesitaba recuperarse; a cambio, Mintarn no enviaría fuerzas contra su guarida.

Un nuevo aliado había acudido durante el asedio: Jon, príncipe de las islas Moonshae, había llevado un ejército pese a la negativa de su padre.

El problema principal seguía siendo Shadowfell.

El Tirano continuaba allí. Su corazón permanecía en el templo de Umberlee. Para acabar con la amenaza necesitaban un camino hacia el reino sombrío y una forma de convertir la inmortalidad del enemigo en una debilidad.

Como pago por sus servicios, el consejo entregó a la compañía las propiedades abandonadas de [[Minerva Vareman]]. En el lugar de su mansión levantarían un bastión desde el que pudieran descansar, investigar y preparar futuras misiones.

La reunión fue interrumpida por golpes en la puerta.

Un guardia muy joven entró llevando un fragmento pulido semejante a un ópalo morado. El material recordaba al meteorito encontrado bajo las cuevas sahuagin.

Thromm advirtió a todos que no lo tocaran sin precaución. La última vez, el contacto había dejado inconsciente a todo el grupo y les había mostrado visiones que empezaban a cumplirse.

Samael insufló magia en la piedra.

El ópalo proyectó una imagen.

La criatura que apareció no parecía pertenecer a aquel mundo. Sus ropas mostraban el galón de un capataz y la insignia de la [[Cofradía de Coleccionistas]]. La proyección no resolvió el misterio, pero señaló que Minerva y sus operaciones seguían activas lejos de Mintarn.

La compañía acudió a una taberna para ordenar las pistas. Nadie sabía abrir un camino estable hacia Shadowfell. Minerva, en cambio, podía conocer uno.

El sextante de los condenados y la brújula mágica apuntaban hacia el mismo lugar: una isla oculta próxima a Chult.

Decidieron seguirlos.

Una semana después de salvar Mintarn, regresaron a la *Doncella Afortunada*.

La ciudad aún levantaba andamios sobre sus ruinas cuando desplegaron las velas. Detrás quedaban un corazón escondido, un Tirano exiliado y un pacto pendiente con la Consorte de Asmodeo.

Delante los esperaba Minerva.

La ruta conducía hacia una isla que no figuraba correctamente en los mapas.

Su nombre era [[T'Lan]].

### Capítulo XXI — La isla detrás de la tormenta

El sextante medía el rumbo de los condenados. La brújula seguía la memoria de la tierra.

Ambos instrumentos señalaban hacia el mismo punto.

La *Doncella Afortunada* navegó hacia el sur, aproximándose a las aguas de Chult. La temperatura descendió de forma repentina. Rayos cada vez más próximos golpearon el mar y las velas se tensaron bajo un viento que no concordaba con las corrientes.

[[Trankus Trenkins|Trankus]] vio una sombra entre el velamen.

Desapareció cuando intentó fijar la mirada. Una voz susurró entre las cuerdas. Después llegó el ataque.

El frío le alcanzó un brazo y estuvo a punto de congelarlo por completo. Criaturas ocultas dentro de la tormenta descendieron sobre la cubierta. [[Thane Marrok|Thane]] mantuvo el barco orientado mientras combatía. [[Thromm]] trató las heridas causadas por un frío que parecía absorber algo más que calor. [[Samael]] y [[Rim]] utilizaron magia para impedir que el viento arrancase el aparejo.

La lucha los distrajo del rumbo.

Cuando cayó el último enemigo, la goleta avanzaba a toda velocidad contra una costa. Samael y Rim actuaron juntos. La magia modificó el impulso suficiente para impedir que el barco se destrozase contra la isla.

Habían llegado a [[T'Lan]].

Desembarcaron en una tierra cubierta por selva. Antes de poder reconocer la playa, aparecieron guerreros entre la vegetación. Algunos montaban dinosaurios. El suelo tembló y un triceratops emergió entre los árboles con un jinete sobre el lomo.

Los nativos los rodearon.

—No habéis sido invitados —declaró uno de ellos—. Moriréis aquí.

La compañía intentó explicar su llegada. Las armas permanecieron preparadas. Entonces un hombre salió de entre las filas de los isleños.

Era [[Volo|Volothamp Geddarm]].

Intercedió antes de que comenzara el combate y convenció a los guerreros de que los recién llegados no eran enemigos. Los nativos pertenecían a los [[Nkosi]]. Cuando su jefe supo que la compañía perseguía a Minerva y combatía a la Cofradía, ordenó bajar las armas.

—No son serpientes —dijo a los suyos.

La selva era densa y húmeda. El campamento Nkosi ocupaba un conjunto de construcciones antiguas mantenidas mediante reparaciones rudimentarias. Olía a comida, humo y vegetación mojada.

Volo explicó que había llegado con [[Minerva Vareman]]. La artífice se separó de él y se alió con una facción llamada los Favorecidos, instalada en un templo al norte. Buscaba algo que ellos custodiaban.

El jefe [[Turuk]] los recibió en el edificio principal, les ofreció comida y les concedió un lugar en su mesa.

Serían amigos mientras respetaran las leyes de la tribu.

Turuk relató la guerra antigua contra los yuan-ti y su dios [[Merrshaulk]], señor del veneno y la podredumbre. El dios había caído en letargo y abandonado a su pueblo. Muchos yuan-ti adoptaron otras deidades, aunque los cultos más antiguos nunca desaparecieron. Ahora corría el rumor de que un avatar de Merrshaulk había despertado.

El templo yuan-ti se encontraba en las montañas del norte.

Antes de acercarse, los Nkosi necesitaban recuperar un fuerte. Los enemigos utilizaban allí un cristal capaz de hacer mutar a las bestias. También controlaban a un gigante de las tormentas transportado hasta la isla en un barco.

Thromm preguntó si el gigante procedía de Nuskan. Turuk no lo sabía.

Volo advirtió que el asalto sería extremadamente peligroso. La compañía acababa de cruzar una tormenta, pero decidió avanzar sin esperar una recuperación completa.

Los Nkosi les proporcionaron provisiones y guías hasta el fuerte.

La estrategia se apoyó en la sorpresa. Atacaron antes de que los yuan-ti pudieran liberar todas las criaturas alteradas por el cristal. La fuente conservaba el resultado de la batalla mejor que cada golpe: la compañía y sus aliados tomaron la fortificación y acabaron con los defensores.

En uno de los cadáveres, Trankus encontró un amuleto con forma de cola de serpiente.

Llevaba una inscripción.

*Cuando el ciclo se cierre, renacerá la ira del Padre Serpiente.*

Dentro del fuerte encontraron escaleras que descendían a un sótano.

Las paredes inferiores contenían anotaciones sobre evolución, carne y veneno. Una de ellas advertía que, sin el equilibrio adecuado, la carne se desgarraba y el espíritu se disolvía. Otra afirmaba que el veneno en dosis ínfimas despertaba la supervivencia, pero en exceso producía corrupción.

No eran textos religiosos.

Eran notas de laboratorio.

Minerva Vareman había trabajado allí.

La compañía encendió sus luces y descendió.

Debajo del fuerte los esperaba una sala llena de cápsulas, animales modificados y un gólem construido con carne.

Allí comenzaba la parte de la historia que las grabaciones habían conservado con su propia voz.

## Parte II — La serpiente y la carne

### Capítulo XXII — El laboratorio de Minerva

El sótano olía a productos alquímicos, carne vieja y encierro.

La compañía ya había visto parte de las instalaciones antes de descender por aquellas escaleras. Una sala de preparación había quedado inutilizada tras un accidente. Varias puertas continuaban bloqueadas por campos mágicos. Más allá, las notas de [[Minerva Vareman]] hablaban de evolución, venenos y cuerpos que podían corregirse como un artesano corrige una pieza defectuosa.

La sala principal mostraba el verdadero significado de aquellas palabras.

Había cadáveres mutilados en varias celdas. Les faltaban piernas, brazos o secciones completas del torso. Las partes ausentes formaban otra cosa.

Un gólem de carne permanecía encerrado detrás de barrotes.

No era una criatura nacida, sino ensamblada. Músculos de distintos cuerpos se unían bajo costuras gruesas. La piel cambiaba de tonalidad en cada miembro. Cerca de sus pies quedaban restos de las personas utilizadas para construirlo.

[[Samael]] se acercó a la jaula.

—Hola.

El gólem lo miró.

No respondió cuando le preguntaron su nombre. El conocimiento arcano de Samael permitía comprender parte de su naturaleza: podía entender órdenes sencillas, pero carecía de habla. Servía a su creadora. La magia empleada para darle vida lo protegía de numerosas alteraciones y sus propios puños estaban cargados de poder sobrenatural. También podía entrar en una furia imposible de controlar.

Intentaron comunicarse mediante preguntas que pudiera responder con movimientos de cabeza.

¿Lo había creado Minerva? ¿Quedaban otros como él? ¿Quería salir? ¿Comprendía la muerte?

La criatura no ofreció respuestas fiables. Los conceptos parecían superar aquello para lo que había sido construida.

La discusión se extendió frente a la jaula.

—No podemos dejarlo aquí —dijo Samael.

Había pasado siglos atrapado, inmóvil y consciente. En el gólem veía una forma distinta de la misma condena. El hecho de que la criatura no pudiera explicar su sufrimiento no demostraba que no lo sintiera.

Otros defendieron que liberarlo pondría en peligro a cualquiera que encontrase. Podían acabar primero con Minerva y descubrir después qué sucedía con una creación privada de órdenes. También podían dejarlo alimentándose de los restos que ya tenía, por terrible que resultara.

—La libertad que necesita es la de su creadora —argumentó uno de ellos—. Cuando Minerva deje de darle órdenes, entonces sabremos qué quiere hacer.

Rim rechazó la idea de decidir por una criatura incapaz de defender su propia voluntad. Samael no aceptaba que la ausencia de palabras convirtiese el cautiverio en algo compasivo.

La discusión no alcanzó un acuerdo.

Un ataque inició el combate.

Después nadie pudo señalar con certeza quién había disparado primero. El proyectil alcanzó al gólem y la criatura entró en furia.

Los barrotes ofrecían protección y, al mismo tiempo, impedían combatir con eficacia. [[Thane Marrok|Thane]] trató de herirlo desde fuera. El gólem atrapó su brazo, lo arrastró contra la reja y golpeó su cuerpo y su cabeza contra el metal.

[[Trankus Trenkins|Trankus]] preparó una daga. Cambió de decisión al ver que Marrok no podía liberarse. Agarró al espadachín por la cintura y tiró de él mientras la criatura intentaba retenerlo.

—No pienso perder a nadie más de mi tripulación.

Entre ambos lograron arrancar el brazo de la presa.

[[Thromm]] invocó una llama sagrada dentro de la celda y después un arma espiritual. Rim preparó una ilusión: un muro donde no existía ninguno, una posibilidad de retirada si el gólem conseguía salir.

La criatura destrozó la puerta.

Los barrotes cedieron bajo su fuerza. El gólem irrumpió en la sala y descargó un golpe contra la pared ilusoria. Su puño atravesó una superficie inexistente. Aquella confusión proporcionó a los demás unos instantes.

Thane volvió a enfrentarse a él pese a las heridas. Thromm mantuvo el arma espiritual entre la criatura y los miembros más expuestos. Trankus atacó desde un costado. Rim alteró el espacio que el gólem creía estar recorriendo.

Samael dirigió sus ataques contra la mente construida detrás de las costuras.

El último impacto no dejó una herida visible al principio. El gólem se llevó ambas manos a la cabeza. La sangre empezó a brotarle por los ojos y la nariz. Cayó de rodillas y después se desplomó.

Rim contempló el cuerpo.

—No teníamos que matarlo.

La victoria no produjo alivio. Habían terminado con una criatura creada mediante cadáveres y mantenida en una jaula, pero ninguno podía asegurar que la hubiese liberado de algo.

Sobre ellos aguardaban las cápsulas.

Contenían cuervos, tortugas y otros animales modificados. No flotaban en líquido ni mostraban hostilidad. Disponían de alimento, aunque tarde o temprano se agotaría. Uno de los cuervos tenía tres ojos.

Cuando se acercaron, el ave habló.

—Ayuda.

Después dijo:

—Amigo.

Había controles para liberar a las criaturas y otro para eliminarlas.

La discusión comenzó de nuevo. Soltarlas podía introducir seres alterados en el ecosistema de T'Lan. Dejarlas allí solo aplazaba su muerte. Algunos defendieron que una muerte rápida era preferible a una existencia diseñada por Minerva.

Rim señaló el otro botón.

—Podemos abrir las cápsulas.

Alguien pulsó el control de eliminación.

El gas entró en los recipientes.

El cuervo golpeó el cristal. Las tortugas encogieron la cabeza. Uno tras otro, los animales dejaron de moverse.

Nadie reclamó la acción como propia cuando el mecanismo terminó.

Rim se volvió hacia los demás.

—No digáis que era la única forma de liberarlos. Había un botón para soltarlos.

La puerta situada detrás de las cápsulas se desbloqueó con un chasquido.

El laboratorio había exigido una muerte para permitirles continuar.

Descansaron entre la jaula rota y los recipientes llenos de cadáveres.

Del otro lado de la puerta aguardaba el despacho de Minerva.

### Capítulo XXIII — Las bestias que aprendían

La sala de los círculos olía a cera apagada y plantas marchitas.

Dos diagramas rúnicos ocupaban el suelo. El primero conservaba motas de luz azul y verde. El segundo, destellos negros y rojos. Había velas, un caldero y restos de ingredientes abandonados con la misma precipitación que el resto del laboratorio.

[[Samael]] estudió el primer círculo. Reconoció un mecanismo de comunicación que respondía a energía mental. Lanzó una astilla de poder psíquico sobre las runas.

La imagen de [[Minerva Vareman]] apareció encima del dibujo.

Era incorpórea y repetía un mensaje grabado. La artífice habló ante ellos sin poder verlos ni responder. Escucharon hasta el final. Cuando la proyección desapareció, comprobaron que podían reproducirla de nuevo, siempre con las mismas palabras y los mismos gestos.

No era Minerva.

Era la forma que había elegido para continuar presente después de marcharse.

El segundo círculo estaba relacionado con transporte. Reaccionó parcialmente a magia nigromántica, pero aún le faltaba un componente o una señal.

El despacho ofreció más respuestas.

Había estudios de cadáveres, preparados alquímicos y documentos sobre la Serpiente del Mundo. Según aquellas notas, [[Uroboros]] existía antes de los dioses conocidos. No era una divinidad, sino el ciclo viviente de creación, destrucción y renacimiento. Al abrir las fauces nacían planos; al devorar su cola, los mundos colapsaban.

Otros escritos afirmaban que los yuan-ti descendían de una gota de su sangre. Los cultos más antiguos no pretendían adorarlo, sino comprenderlo e imitarlo: abandonar alma, moral y forma hasta renacer más allá del bien y del mal.

Minerva no buscaba únicamente construir cuerpos perfectos para la Cofradía.

Había encontrado una doctrina capaz de justificar su propia transformación.

[[Rim]] descubrió una prótesis de brazo izquierdo. Terminaba en una garra y contenía tubos llenos de líquido verde. Los apuntes explicaban que la sustancia extraída de una criatura podía provocar un frenesí temporal. Implantar el miembro exigiría amputación, sintonización y conocimientos que ninguno poseía allí.

Rim la guardó.

En otra celda encontraron una creación inacabada. No tenía conciencia y le faltaba el brazo derecho. La prótesis no le correspondía y no trataron de convertirla en otra criatura funcional.

Un botón permanecía oculto en el escritorio.

Al pulsarlo, una voz dijo:

—Os veo.

El círculo de transporte se activó.

Dos bestias cruzaron el portal.

Tenían forma canina, cuerpos musculosos aparentemente desollados y fauces abiertas de las que caía una baba capaz de corroer las losas. Su piel era blanca cuando aparecieron.

Samael lanzó fuego.

Las criaturas se volvieron rojas. Sus cuerpos adoptaron el aspecto de la llama y resistieron aquello que un instante antes podía haberlas destruido.

Aprendían del daño.

Rim utilizó susurros disonantes y obligó a una a retroceder. Thane combatió con ambas espadas. Las bestias copiaron el aspecto de su armadura, endureciendo la piel hasta reproducir su protección. Cada método utilizado contra ellas perdía eficacia cuando se repetía.

Thromm invocó espíritus guardianes.

La energía radiante las alcanzó antes de que pudieran adaptarse. Samael concentró el fuego sobre una de ellas y consiguió matarla. La segunda trató de modificar de nuevo su cuerpo mientras luchaba con Thane.

Marrok la partió longitudinalmente.

Al morir, las pieles dejaron de cambiar. No pudieron extraer de ellas una armadura capaz de conservar la adaptación. El portal perdió su energía y los círculos quedaron apagados.

Regresaron al poblado Nkosi al atardecer.

El desacuerdo sobre los animales continuaba acompañándolos. La distancia no había convertido la decisión en algo más sencillo. Rim se negó a aceptar que el gas hubiese sido compasión. Los demás trataron de explicar el peligro, el hambre futura y la corrupción del entorno. Ningún argumento devolvió la vida al cuervo.

En el poblado, adultos, niños y dinosaurios compartían el espacio entre hogares, fogatas y puestos de vigilancia. [[Turuk]] y su esposa preparaban armamento.

El jefe preguntó por el fuerte y por los yuan-ti que pretendían utilizarlo como lugar de nidificación. Todavía no habían puesto los huevos. La compañía había interrumpido los preparativos antes de que comenzaran.

Hablaron de Uroboros.

Turuk corrigió su interpretación. La serpiente contra la que los Nkosi habían luchado en la antigüedad era [[Merrshaulk]], el dios durmiente de los yuan-ti, no la Serpiente del Mundo. Que Minerva buscara a Uroboros no convertía ambos cultos en uno solo.

Si la artífice seguía aquel rastro, podía haberse dirigido a la Ciudad Prohibida. Los Nkosi no entraban allí.

Turuk ofreció comida, alojamiento y transporte en tricerátops hacia el templo del norte. Entre ambos lugares corría un río. Antes de partir, los cazadores regresaron con otra noticia.

[[Volo]] se había marchado solo hacia el templo para investigar discretamente.

Nadie creyó que fuese a permanecer discreto mucho tiempo.

Los cazadores ofrecieron fabricar equipo si la compañía abatía determinadas presas: Kulu-Ya-Ku, un enorme dragón de Komodo venerado por hombres rana; dos tapejaras radiantes; y una salamandra gigante que vivía bajo una cascada.

Aquella noche entregaron al grupo el *Canto del último sol*.

La composición relataba cómo los Nkosi habían luchado contra seres de lengua partida que arrastraban ídolos sin ojos y buscaban despertar a una serpiente capaz de morder el mundo. No afirmaba que hubiesen destruido al dios. Solo que lo habían encerrado bajo raíces, canto y sacrificio.

*El ciclo no debe reabrirse.*

*Si la cola vuelve a tocar la boca, ni el sol será suficiente para detener la marea.*

La compañía descansó.

Al norte los esperaba el templo. Antes debían decidir cuánto tiempo podían dedicar a las cacerías prometidas mientras Volo avanzaba solo hacia los yuan-ti.

### Capítulo XXIV — Las cacerías de T'Lan

Las primeras cacerías dejaron cicatrices que ninguna crónica conservó golpe por golpe.

[[Thane Marrok|Thane]], [[Samael]] y [[Rim]] abatieron a Kulu-Ya-Ku y a dos tapejaras radiantes. La lucha fue lo bastante brutal para que Rim cayese al borde de la muerte y regresara gracias a un último impulso de fortuna. Samael agotó tres explosiones de fuego. Cuando [[Trankus Trenkins|Trankus]] y [[Thromm]] se reunieron con ellos en el poblado, encontraron supervivientes, trofeos y un cansancio que explicaba cuanto faltaba en el relato.

Quedaba el monstruo del pozo.

La selva se cerró alrededor del grupo mientras seguían las señales de los hombres rana. Había setas en los troncos, restos de carne y huellas arrastradas hacia una abertura mucho más antigua que los cultos que la utilizaban. El pozo olía a agua estancada y ofrendas podridas.

Arrojaron una antorcha.

La luz descendió hasta revelar vegetación en el fondo. Los árboles cercanos no ofrecían un anclaje seguro, de modo que prepararon la cuerda con cuidado y atendieron las heridas de Rim antes de bajar.

Thromm resbaló.

Samael lanzó Caída de pluma. La magia alcanzó a todo el grupo y convirtió el descenso descontrolado en una lenta caída por el pozo. Aterrizaron entre huesos de animales, yuan-ti y Nkosi.

Algo masticaba detrás de las rocas.

Trankus se ocultó. Rim creó una ilusión de Marrok y la hizo avanzar hacia el sonido.

La criatura aceptó el cebo.

Surgió una bestia semejante a un cruce entre tiranosaurio y dragón de Komodo. Tenía cuatro brazos, dos patas, una cola enorme y mandíbulas capaces de partir un cuerpo. Podía erguirse y trepar por la roca.

El Comodrax atacó a la figura ilusoria. Cuando sus dientes no encontraron carne, comprendió que había más presas en la cueva.

Thromm recibió el primer veneno y resistió sus efectos. Advirtió a los demás y convocó espíritus guardianes. Samael fijó una marca sobre el depredador. Thane abrió heridas profundas con sus espadas.

El dolor enfureció a la criatura.

Su piel se endureció. Saltó y golpeó el suelo con un peso que derribó a varios aventureros. Después se lanzó contra Samael y Thromm, identificando la magia que más daño le causaba.

Rim utilizó su interpretación para dar forma a una criatura semejante al Comodrax. No era un segundo animal vivo ni poseía todas sus capacidades. Era una creación nacida de la música y la imaginación, lo bastante sólida para combatir junto a ellos.

Trankus buscó una posición lateral. Resbaló al ascender por la roca y tuvo que recuperar el equilibrio antes de disparar. Thane había abierto una herida entre las placas endurecidas.

La flecha sombría de Trankus entró por aquel corte.

El Comodrax se detuvo. Su peso se inclinó hacia delante y la mandíbula golpeó el suelo.

Los espíritus de Thromm continuaron girando unos instantes alrededor del cadáver.

Recogieron piel suficiente para fabricar equipo. Al fondo del pozo había un pasadizo derruido, no una nueva entrada practicable al templo. Tampoco la creación de Rim podía transportarlos por la pared. Tuvieron que regresar mediante la cuerda.

Samael cayó durante el primer intento. Después lo izaron entre todos.

En el poblado, los artesanos Nkosi transformaron las presas en objetos.

De las tapejaras eligieron una Capucha de la cresta radiante corrupta. Permitía percibir verdades ocultas a corta distancia y exigía un vínculo con quien la utilizara. Trankus la probó.

De Kulu-Ya-Ku recibieron las Botas del salto emplumado, que quedaron en manos de Thane.

La piel del Comodrax podía convertirse en cinturones o distintas armaduras. Eligieron una protección ligera, resistente al ácido y capaz de evocar la presencia del depredador. El reparto definitivo se discutió durante el descanso y no quedó tan limpio como la muerte de la criatura.

Todavía podían cazar una salamandra gigante bajo una cascada. También existía un enemigo llamado Rey del Trueno.

Pero [[Volo]] se encontraba solo en el templo yuan-ti y [[Minerva Vareman|Minerva]] había seguido la misma ruta.

La compañía decidió no convertir la caza en una excusa para llegar tarde.

Los Nkosi prepararon monturas dinosaurias.

El camino al santuario empezaba en las montañas del norte.

### Capítulo XXV — El santuario de las tres cascadas

Las monturas de los Nkosi conocían el camino mejor que sus jinetes.

Los dinosaurios avanzaron por senderos húmedos, puentes estrechos y cornisas abiertas sobre la selva. [[Thane Marrok|Thane]], [[Samael]] y [[Rim]] reconocieron parte de la ruta recorrida durante la caza de Kulu-Ya-Ku. Más allá, la vegetación empezó a guardar silencio.

No había aves ni insectos cerca del santuario.

El templo estaba tallado en roca blanca entre tres cascadas. Serpientes esculpidas trepaban por los pilares. El aire olía a metal oxidado, incienso seco y humedad. Aunque el lugar parecía antiguo, la entrada estaba limpia y había huellas recientes de patrullas.

Un balcón lateral se abría entre dos caídas de agua. Estaba protegido por pinchos y alcanzar su altura exigiría escalar roca mojada bajo la mirada de los guardianes.

Rim adoptó apariencia yuan-ti y avanzó solo.

Dos exploradoras lo detuvieron. Preguntaron a qué culto pertenecía y qué buscaba. Rim mencionó a la Cofradía y a Uroboros.

Las yuan-ti respondieron que algunos miembros de la Cofradía habían muerto, otros estaban cautivos y los restantes se habían marchado. El sacrificio, añadieron, había sido útil. Cuando comprendieron que el intruso no servía a [[Merrshaulk]], le permitieron retirarse por su aspecto serpentino, pero enviaron avisos al interior.

Mientras Rim regresaba, [[Thromm]] sufrió un dolor intenso en la cabeza.

El templo desapareció.

Volvió al campo de serpientes donde había aceptado su transformación. La hierba se movía bajo cuerpos de todos los colores. En el centro se alzó la [[Sierpe Arcoíris]].

La diosa le advirtió sobre los seguidores del durmiente y los sacrificios realizados en su nombre. También le ordenó llegar hasta el final. Debía descubrir qué hacían allí y por qué aquel poder antiguo volvía a moverse.

La Sierpe se enroscó alrededor de él.

Las escamas apretaron su pecho y su garganta hasta impedirle respirar. Thromm despertó cuando la presión parecía a punto de quebrarlo.

Compartió con el grupo la advertencia y el peligro, aunque no todo cuanto había experimentado ni cada secreto de su vínculo.

Discutieron rutas de entrada. Podían fingir sacrificios, usar invisibilidad, escalar hasta el balcón o intentar un asalto frontal. Rechazaron la última opción.

[[Trankus Trenkins|Trankus]] recibió invisibilidad y reconoció el terreno. Ascendió hasta observar a las dos exploradoras y a dos guerreros musculosos junto a un pozo. Arrojaban alimento a algo que vivía debajo.

Regresó con la información.

El plan consistía en aproximarse desde lados distintos. Al volver a trepar, Trankus desprendió varias piedras. El ruido recorrió la pared.

La alarma se propagó.

Trankus seguía invisible, pero los demás habían sido vistos. Thromm avanzó por la subida. Thane resbaló y cayó. Las exploradoras dispararon cerbatanas mientras retrocedían. Los guerreros recurrieron a arcos y cimitarras.

Desde arriba arrojaron serpientes contra Marrok.

Una de las exploradoras llamó a una criatura mucho mayor desde el pozo. La serpiente se enroscó alrededor de Thane e intentó arrastrarlo hacia la abertura. Ã‰l clavó los pies, liberó un brazo y resistió.

Trankus alcanzó una posición elevada. Su primer disparo reveló su presencia, pero la flecha entró antes de que las guardianas pudieran reaccionar. Samael protegió a Rim y encerró a una enemiga dentro de una fuerza fantasmal. Thromm convocó un arma espiritual y después a sus espíritus guardianes.

Thane consiguió liberarse.

Decapitó a la exploradora que combatía junto al pozo. Más tarde hundió sus armas en la serpiente grande y acabó con ella antes de que pudiera arrastrar a otro compañero.

Thromm aplastó la cabeza de uno de los guerreros. Sus espíritus destruyeron las serpientes menores que todavía se movían entre las rocas.

Rim combatió con el último guerrero y lo empujó hacia un desnivel. El yuan-ti cayó, pero logró incorporarse y huyó hacia el balcón.

Trankus mató con una flecha a la exploradora atrapada en la ilusión de Samael.

El fugitivo saltó entre piedras húmedas para alcanzar la entrada lateral. Falló. La corriente de una cascada lo atrapó y su cuerpo desapareció en la caída.

La explanada quedó en silencio.

Trankus inspeccionó la puerta principal. Detrás oyó el cierre de una hoja enorme y el despertar de protecciones mágicas. Cuatro estatuas serpentinas inclinaban la cabeza hacia la entrada. El acceso estaba sellado.

Samael envió a su familiar, Torrijas, hacia el balcón. El búho vio guardias yuan-ti y una ruta al interior. Las flechas lo alcanzaron antes de que pudiera seguir explorando. Samael recibió sus últimas imágenes cuando el vínculo se rompió.

Thromm se acercó al pozo.

En el ojo de una serpiente tallada descubrió un zafiro con empuñadura. Al extraerlo apareció una daga ritual y una compuerta se cerró sobre la abertura.

La hoja llevaba una inscripción.

*No pudimos matarla. Solo la sellamos.*

*La serpiente regresará en la forma que más se ame a sí misma.*

Guardaron la daga.

La puerta principal ya no era una opción. Las patrullas se movían dentro y Volo podía encontrarse prisionero.

La compañía se dirigió hacia el balcón entre las cascadas.

### Capítulo XXVI — Las puertas de Merrshaulk

El balcón olía a roca empapada, musgo podrido y agua pulverizada por el choque incesante de las tres cascadas.

Tras un breve respiro para vendar las contusiones del asalto exterior, la compañía dejó atrás la luz gris de la tarde y se internó en la abertura. El corredor avanzaba en curvas sinuosas, como el lecho de un reptil excavado en las entrañas de la montaña. Las paredes rezumaban humedad y una penumbra espesa apagaba el brillo de las losas. El rumor de los torrentes fue cediendo paso a otro sonido más sordo: ecos de pasos apresurados, el susurro de órdenes en lengua sibilante y un lejano golpeteo metálico que reverberaba desde las profundidades del [[Templo de Mershaulk]].

[[Trankus Trenkins|Trankus]] avanzó pegado a la sombra. Los guardianes del templo concentraban sus refuerzos en la gran puerta principal, creyendo que el ataque aún intentaría quebrar aquel acceso ahora sellado. Nadie esperaba que los intrusos hubiesen trepado por el balcón escarpado.

Al final del túnel, una puerta lateral cerraba el paso. Junto al pomo de piedra asomaban dos colmillos de serpiente finamente tallados, huecos y cubiertos de un barniz verdoso. Trankus advirtió la trampa de inmediato: un mecanismo de presión listo para vaciar veneno en la carne de quien intentase forzar el pestillo.

—Atrás —murmuró [[Rim]].

El bardo alzó los dedos y moldeó una *Mano de mago*. La extremidad incorpórea y translúcida rodeó la empuñadura. Al girarla, los colmillos saltaron con un chasquido metálico, mordiendo el aire y descargando dos gotas viscosas sobre las losas antes de replegarse. La hoja de piedra cedió hacia dentro sin herir a nadie.

Al otro lado del umbral se abría una antecámara donde dos centinelas [[Yuan-ti|yuan-ti]] vigilaban el corredor. Al ver la puerta abierta, empuñaron sus cimitarras y alzaron la voz para alertar a los niveles inferiores.

[[Samael]] reaccionó primero. Un destello de energía psíquica brotó de su mirada, envolviendo la mente de uno de los guardias en una *Fuerza fantasmal*. El yuan-ti soltó el arma y retrocedió aterrorizado, braceando contra un monstruo inexistente que solo él podía ver. El segundo centinela intentó huir hacia el pasadizo en pendiente, pero [[Thane Marrok|Thane]] salvó las piedras con un salto ágil, cerrándole la retirada antes de derribarlo de una estocada al hombro.

Lo inmovilizaron contra el suelo húmedo. El cautivo escupió un silbido cargado de desprecio.

—Llegáis tarde... —dijo en una lengua rota—. El sacrificio de sangre ya alimenta a nuestro señor. Nuestra creadora... [[Minerva Vareman|Minerva]]... creyó que podía robar lo que pertenece al durmiente. Pero todo volverá a su cauce. Mi muerte no detendrá nada; solo alimentará la sima.

Thane apretó el agarre, exigiendo detalles sobre la disposición del templo y los cautivos. Las respuestas del prisionero se tornaron en desvaríos fanáticos, desafiando a sus captores y asegurando que su carne no era más que combustible para el despertar de [[Merrshaulk]]. Thane descargó la empuñadura sobre su cráneo para silenciarlo; el impacto, sumado a las heridas, dejó al guardia sin vida sobre la roca.

Siguieron descendiendo con extrema cautela. Un tramo más adelante, el suelo cedía ante losas falsas que amenazaban con liberar un rastrillo de pinchos recién rearmado; lograron sortearlo ciñéndose al borde de la pared, donde el túnel bajaba por debajo de otra galería.

Llegaron a un cruce subterráneo donde el aire se volvió sofocante y espeso.

En el centro del cruce se abría un foso natural cubierto de víboras y serpientes menores que se retorcían en una masa viviente. Desde los corredores adyacentes llegaban tres sonidos distintos que helaron la sangre del grupo: hacia el nivel inferior, el arrastre de cadenas y gritos de angustia; por un ramal lateral, martillazos acompasados sobre un yunque; y desde una galería cercana, una voz humana, estridente y desesperada.

—¡Socorro! ¡Por las barbas de Elminster, que alguien detenga a estos engendros!

—[[Volo]] —masculló Trankus, tensando el arco.

Samael no dudó. Una perla ígnea nació de su mano y cayó en el fondo del pozo. La *Bola de fuego* estalló con un rugido ensordecedor que hizo temblar la bóveda del cruce; el foso se convirtió en un horno de llamas rojas, abrasando al enjambre de reptiles y derrumbando parcialmente los bordes de piedra. Una gran serpiente constrictora emergió medio carbonizada y enfurecida entre el humo.

La deflagración anuló cualquier opción de sigilo. Desde una sala abovedada apareció un sacerdote de escamas blanquecinas flanqueado por un guardián de la prole, mientras dos guerreras infiltradoras se aproximaban por un flanco con cerbatanas y dagas curvas. El sacerdote alzó su bastón serpentino y descargó energía nigromántica contra [[Thromm]]; Samael interpuso un escudo mágico de abjuración para mitigar el golpe sobre el clérigo.

Thromm avanzó invocando una *Ola atronadora* que dispersó a los reptiles supervivientes y agrietó las losas bajo las patas del guardián de la prole.

—¡Cierra el paso lateral! —gritó Thane, corriendo espada en mano hacia el sacerdote blanco. Thromm reforzó su avance trazando un *Escudo de la fe* sobre el espadachín.

Rim comprendió el peligro de ser flanqueados. Concentrando su magia en la arquitectura de la cueva, conjuró una enorme masa de piedra que se materializó en mitad del pasillo secundario, taponando por completo la línea de avance de las dos infiltradoras.

El sacerdote blanco, al ver la furia de Thane sobre él, fijó sus ojos dorados en el guerrero y susurró una orden cargada de fascinación mágica: *Sugestión*. Una orden de pánico se clavó en la mente de Marrok.

Antes de que el espadachín diera media vuelta para huir, Rim alzó su voz en unos *Susurros disonantes* cargados de notas quejumbrosas. El torbellino psíquico estalló dentro del cráneo del sacerdote; el yuan-ti tambaleó sangrando por los oídos, su concentración se hizo añicos y el hechizo sobre Thane se desvaneció antes de que el pánico lo dominase.

Thane no frenó. Cruzó la entrada de la estancia contigua, una cámara de tormento sembrada de mesas ensangrentadas, tenazas y recipientes con ácidos. En el fondo, encerrado en una jaula de hierro diminuta, Volo se apretaba contra los barrotes cubierto de suciedad y cortes superficiales.

Al mismo tiempo, las infiltradoras empujaron la roca de Rim con palancas y hombros hasta hacerla rodar unos palmos. Viendo que el obstáculo cedía, Rim entonó un cántico de animación: la piedra crujió, cobró una tosca voluntad viviente y volvió a lanzarse contra el vano, cerrando la brecha y descargando pesados golpes de grava contra las atacantes.

El sacerdote blanco intentó una última plegaria desesperada, repitiendo la *Sugestión* contra Thane. Esta vez la mente de Marrok sucumbió al terror momentáneo y el espadachín echó a correr hacia el túnel.

Rim no esperó. Tensó su arco-arpa; la cuerda vibró con un acorde limpio y cristalino, y la flecha atravesó la garganta del guardián de la prole, derribándolo al instante. Thromm se plantó ante el sacerdote y descargó su maza con la fuerza implacable de la Sierpe Arcoíris, quebrando su cráneo y apagando el conjuro que dispersaba a Thane.

Con el sacerdote muerto, Rim retiró la roca animada para que el grupo pudiera aplastar la última resistencia. Thromm se acercó a la jaula de Volo y, de un potente golpe de palanca, reventó el cerrojo de hierro.

—¡Rápido, sal de ahí! —ordenó el clérigo.

El cronista tropezó al salir, tembloroso pero entero.

—¡Por los dioses, habéis tardado una eternidad! —exclamó Volo, recomponiéndose la chaqueta raída antes de tocar el hombro de Thromm con un leve conjuro reconfortante—. No podéis imaginar lo que ocurre aquí dentro. Hay un enano en la forja contigua... y una mujer... oí sus gritos hace un instante.

Una de las infiltradoras supervivientes aprovechó la confusión para deslizarse hacia la galería donde sonaba el yunque, dispuesta a ejecutar a los prisioneros restantes. Rim reaccionó al instante y lanzó unas *Carcajadas de Tasha*; la yuan-ti cayó de rodillas, retorciéndose en una risa incontrolable y grotesca que le impidió avanzar. Thane, recuperado del hechizo, la alcanzó y descargó un tajo implacable que le seccionó la lengua antes de degollarla. La otra infiltradora intentó disparar un dardo envenenado hacia la forja, alcanzando de refilón el antebrazo del herrero, pero la roca animada de Rim la embistió y el bardo la remató con una estocada certera de su estoque, acompasando el golpe con una nota triunfal.

La forja quedó en calma, rota solo por el crepitar de las brasas y la respiración fatigada del cautivo.

Entre fuelles, tenazas y cadenas ensangrentadas, un enano de barba cenicienta sostenía su martillo con mano firme pese al dardo clavado en su brazo.

El enano los miró con ojos cargados de alivio y amargura. La primera línea de defensa del templo había caído, pero los ecos de las cadenas hacia el norte anunciaban que el verdadero horror apenas comenzaba.

### Capítulo XXVII — La Cámara del Latido

El enano dejó caer el martillo sobre el yunque con un tintineo sordo y se apretó el brazo herido.

Se presentó como [[Kiro Estrella de Hierro]]. Había llegado desde [[Mintarn]] contratado por [[Minerva Vareman|Minerva]], quien le había prometido los medios y el conocimiento necesarios para que su clan recuperase la antigua forja del [[Mineral meteórico|mineral estelar]]. Confiando en su palabra, Kiro y una docena de artesanos e investigadores habían cruzado el mar.

—Nos vendió —dijo el herrero, con una voz áspera teñida de rabia y remordimiento—. Vendió a su propia gente a estas serpientes... y después las traicionó a ellas también.

Kiro admitió que había forjado los pesados grilletes de hierro frío que colgaban de los muros y los canales de bronce que recorrían el suelo. Aseguró que ignoraba el propósito de aquellas obras hasta que vio correr la primera sangre. No intentaba disculpar su ceguera: hablaba con la amarga pesadumbre de un artífice que descubre demasiado tarde que ha puesto su oficio al servicio de una matanza.

Explicó lo que aguardaba en las entrañas del santuario. En el corazón del templo se hallaba la Cámara del Latido, un abismo negro como la obsidiana donde los [[Yuan-ti|yuan-ti]] drenaban a sus cautivos. Cada ofrenda arrojada allí aceleraba un pulso subterráneo, el latido sordo de una divinidad durmiente que despertaba al calor de los [[Sacrificios de Sangre]].

[[Trankus Trenkins|Trankus]] extrajo de su faltriquera los tres fragmentos de mineral meteórico que conservaban desde Mintarn. Los ojos de Kiro se abrieron con asombro al verlos brillar bajo la luz de las antorchas.

—Es auténtico —susurró el enano—. Con estas tres piezas habría suficiente para forjar una hoja formidable, un arma como las de antaño... pero aquí no tengo el fuego adecuado. Necesitaría la gran forja del volcán en Mintarn. Si salgo con vida de esta pesadilla, volveré con vosotros y la forjaré.

[[Volo]], que escuchaba con libreta y carboncillo en mano, anotaba cada detalle con avidez. Alardeaba de que aquel testimonio sería el capítulo central de su próximo gran volumen, compitiendo con el porte sarcástico de [[Rim]], quien no dudó en recordarle que hacía apenas unos minutos su mayor obra consistía en chillar dentro de una jaula para aves.

Hacia el norte se extendían los antiguos dormitorios de la expedición y el campamento donde acampaban las tropas yuan-ti. Más allá, según Kiro, se alzaba una puerta sellada por magia de sangre que custodiaba el sumo sacerdote [[Zol Mahkt]], ya profundamente alterado por las mutaciones. Para abrir ese umbral era imprescindible una llave ritual serpentina, forjada en tres secciones separadas para evitar que nadie pudiera entrar sin consenso.

Kiro metió la mano bajo una piedra suelta del fogón y extrajo la primera pieza: la cabeza de una serpiente de bronce ornamentado. En su base llevaba una inscripción grabada: *Sueña entre escamas*.

El grupo avanzó hacia una galería lateral en busca de los demás cautivos. Al cruzar un umbral bañado en una tenue penumbra, [[Thromm]] se detuvo en seco.

En el centro de una cámara desprovista de guardias había una pileta de piedra desbordada de sangre coagulada. En el borde yacía el cuerpo sin vida de una mujer joven, con la garganta abierta de oreja a oreja por un tajo limpio y reciente. Habían llegado apenas unos minutos tarde; los gritos que habían escuchado en el cruce pertenecían a sus últimos instantes de vida.

Kiro la reconoció de inmediato: era una de las jóvenes investigadoras que habían viajado en la expedición de Minerva.

Junto a su cuerpo, resbalando entre los charcos escarlatas, brillaba un fragmento metálico. Trankus lo recogió: era la pieza central de la llave serpentina. Su inscripción continuaba el texto de la primera: *Cuando el ciclo se cierra*.

Thromm contempló el cadáver. El dolor de ver otra vida segada por la codicia de Minerva apretó el pecho del clérigo. Pidiéndole a Rim que velase su aspecto de hombre serpiente con una ilusión tenue para no perturbar el descanso de la víctima, Thromm hincó una rodilla en el fango y colocó las manos sobre la frente fría de la muchacha.

Invocó la gracia de la [[Sierpe Arcoíris]] en un rito de *Hablar con los muertos*.

El aire de la cámara se volvió gélido. Una constricción espiritual invisible apretó el cadáver, tensando sus músculos marchitos. Los ojos vidriosos de la investigadora se abrieron, reflejando una luz mortecina, y su mandíbula se movió con un susurro que parecía llegar desde el fondo de un pozo.

—¿Dónde está la tercera pieza de la llave? —preguntó Thromm.

—El herrero tenía una... yo guardaba otra... el sacerdote del campamento norte tiene la última —susurró el eco de la muerta.

—¿Qué pretendía Minerva en este lugar?

—Trascendencia... —la voz tembló con un espanto inextinguible—. Quería cambiar su carne. Para lograrlo necesitaba sacrificarnos a todos nosotros... y después sacrificarse a sí misma.

—¿Hacia dónde ha huido?

—A la vieja ciudad... la ciudad proscrita de los hombres serpiente... entre las ruinas infestadas. Ya ha sufrido la primera transformación... y aún le quedan más.

Antes de que el grupo pudiera formular la siguiente pregunta, los labios del cadáver se estremecieron con una advertencia no solicitada:

—Había otro... un preso más joven... con escamas y sangre semejante a la tuya... Ella también lo transformó...

El corazón de Thromm dio un vuelco salvaje. Aferró los hombros del cuerpo inerte, consumido por la urgencia.

—¡¿Cómo se llama?! ¡Dime su nombre!

Pero la chispa nigromántica expiró en ese mismo instante. Los ojos de la muchacha volvieron a quedar vacíos y la cabeza cayó hacia un lado. El conjuro había terminado sin revelar el nombre del cautivo.

Un silencio pesado cayó sobre la sala ensangrentada. Thromm se incorporó despacio, apretando la maza con nudillos blancos. La posibilidad de que su propia sangre estuviese atrapada en las redes de Minerva se clavó en su alma como una espina envenenada.

En la forja abandonada, [[Samael]] descubrió un escondite tras un fardo de cuero donde halló trescientas monedas de oro acuñadas en Mintarn. Rim, por su parte, encontró un pequeño cofrecillo de hierro reforzado, sellado con un candado que entregó a Trankus para abrirlo cuando dispusieran de sosiego.

Volo se acercó a Rim y utilizó sus conocimientos para aliviar los rasguños y el desgaste que el bardo arrastraba de los combates previos.

—El ritual ya ha comenzado —advirtió el cronista con seriedad inusual—. Si esa mujer ha escapado a la ciudad en ruinas y las tropas aún defienden el campamento norte, no podemos permitirnos dudar.

La compañía se reagrupó junto al corredor que conducía al campamento enemigo. Con dos de las tres piezas de la llave en su poder y el eco de una revelación desgarradora en la mente de Thromm, apretaron el paso hacia las profundidades del norte.

### Capítulo XXVIII — Una llave de tres piezas

El corredor hacia el campamento norte conservaba el abandono precipitado de quienes han mudado de planes a mitad de la noche.

Había cajas de pertrechos a medio saquear, vasijas de grano quebradas y jirones de ropa ensangrentada dispersos entre las losas húmedas. Al fondo de un pasillo ciego, una lámpara de bronce fijada a la pared desentonaba con la tosquedad del sillar. [[Thromm]] examinó el soporte de piedra; al proyectar una *Rociada venenosa* sobre la juntura oculta, el ácido mágico disolvió un resorte interno y un paño de pared giró con un chirrido seco, abriendo un paso secreto.

Más allá, los muros mostraban mosaicos desgastados. Representaban a la serpiente primigenia devorando su propia cola en un bucle eterno, rodeada por espirales donde brillaban representaciones de una escama dorada. Según las inscripciones arcaicas talladas entre los relieves, los cultores de [[Merrshaulk]] creían que su dios no era sino el vástago nacido de una única escama desprendida de [[Uroboros]], la serpiente que sostenía los confines del cosmos.

El murmullo de un caudal subterráneo se intensificó al desembocar en una gran caverna acondicionada como campamento. Había camastros y tiendas suficientes para medio centenar de soldados, pero apenas una docena de guerreros [[Yuan-ti|yuan-ti]], sacerdotes y tiradores montaban guardia en torno a las fogatas. El resto de las tropas parecía haberse replegado o marchado hacia las profundidades.

[[Samael]] preparó la emboscada desde la cornisa superior. Una *Bola de fuego* cayó en el centro de las tiendas con estrépito fulgurante, convirtiendo el campamento en una pira de humo y gritos. [[Trankus Trenkins|Trankus]] arrojó la piedra animada que [[Rim]] había conservado; al tocar el suelo, la roca creció hasta alcanzar el tamaño de una carreta, taponando la salida principal y aplastando a un grupo de arqueros bajo su peso.

Volo se resguardó tras una columna de roca, usando su labia para enardecer el ánimo de sus compañeros y curar heridas menores desde la segunda línea.

—¡Mantened la formación! —gritaba el cronista entre toses—. ¡Un poco más a la izquierda, por las barbas de Tymora!

Desde los pabellones en llamas surgió el Señor de la Sima, un sacerdote corpulento de escamas oscuras y ojos carmesíes, empuñando una maza ceremonial. A su alrededor, una serpiente constrictora reptaba entre las cenizas. El sacerdote descargó un mazazo descomunal que pulverizó la roca animada de Rim en una lluvia de guijarros inertes.

Rim reaccionó encantando una de las cimitarras caídas. El acero cobró movimiento propio y comenzó a golpear el flanco del enemigo, distrayéndolo mientras Thromm tejía una esfera de *Silencio* sobre el sacerdote para sofocar sus plegarias arcanas. Desprovisto de conjuros audibles y acorralado entre el avance del clérigo y las ráfagas musicales del arco-arpa de Rim, el Señor de la Sima intentó una retirada desesperada hacia el foso.

Trankus no le dio tregua. Dos flechas certeras atravesaron la coraza de escamas del lugarteniente, derribándolo sobre el barro ceniciento. Segundos después, un último acorde resonante del arco de Rim abatió al guerrero que cubría la retaguardia.

El campamento quedó en silencio, roto solo por el chisporroteo de las lonas quemadas.

Al registrar el cadáver del Señor de la Sima, Trankus extrajo la tercera y última sección de la llave ritual: la cola de bronce serpentino. Al unirla mentalmente a las otras dos, la inscripción cobraba sentido completo: *Sueña entre escamas cuando el ciclo se cierra*.

Junto a la llave, en una faltriquera sellada con lacre de la [[Cofradía de Coleccionistas]], encontraron un pliego escrito de puño y letra por [[Minerva Vareman|Minerva]].

La misiva detallaba el estado de sus experimentos en T'Lan. Hablaba de la «progenie número seis» y de los «especímenes tres y cinco», describiendo con frialdad meticulosa la supresión de sus recuerdos y voluntades individuales para tejer un tejido neural dócil y perfeccionado. Hacia el final, la carta anunciaba que el portal hacia las instalaciones del Coleccionista se activaría al tercer día lunar, momento en el cual el pedestal de transporte sería destruido para impedir cualquier persecución.

Según los cálculos de Volo, apenas quedaban dos días para esa fecha límite.

Agotados por la sucesión de combates y sabiendo que tras la puerta aguardaba el sumo sacerdote, Samael invocó una *Cabaña diminuta de Leomund*. Una cúpula protectora de luz opaca los aisló durante ocho horas en un rincón apartado de la caverna, permitiéndoles sanar huesos rotos, reponer conjuros y descansar bajo la guardia impenetrable de la magia.

Al descender hacia el siguiente nivel tras el descanso, encontraron a dos guardianes de la prole que arrojaban desesperadamente grandes huevos moteados por un conducto hacia las corrientes subterráneas. Al ver a Thromm alzando su maza, los dos yuan-ti cayeron de rodillas, cubriendo los huevos que aún quedaban en los cestos con sus propios cuerpos desarmados y suplicando por la supervivencia de sus crías.

El grupo los desarmó y los ató firmemente a las columnas sin derramar más sangre, dejando los nidos intactos.

Al final de la galería se alzaba la puerta del sanctasanctórum: una mole de piedra oscura en cuyo centro destacaba una hendidura serpentina dividida en tres ranuras.

Thromm, Trankus y Rim encajaron la cabeza, el cuerpo y la cola de bronce. Las tres piezas encajaron a la perfección; un clic metálico resonó en las entrañas de la roca y los canales de la puerta se iluminaron con una fosforescencia escarlata.

En ese mismo instante, una ola de energía psíquica barrió la estancia, arrancando las mentes del grupo de la realidad circundante.

La cueva se disolvió en una visión sobrecogedora.

Vieron una cámara ceremonial empapada en sangre. En el centro se erguía Minerva Vareman, pero su carne humana había mutado de forma grotesca: escamas relucientes brotaban de su cuello y sus brazos, y sus ojos se habían tornado en hendiduras reptilianas de frialdad absoluta. En sus manos alzadas brillaba una enorme escama dorada, una reliquia viva que palpitaba con una luz que desafiaba a la naturaleza.

A su alrededor yacían encadenados varios prisioneros mestizos, cuyos cuerpos habían sido horriblemente alterados por injertos y pócimas. Entre ellos, cubierto de vendas manchadas y con escamas idénticas a las de su propio linaje, Thromm reconoció con un desgarro absoluto el rostro de su hijo.

—¡Shaun! —gritó el clérigo en el vacío de la visión.

Desde la sima de sangre, una gigantesca sierpe de sombra se alzó con las fauces abiertas para devorar a los intrusos que osaban atisbar el santuario.

El suelo pareció abrirse bajo sus pies y la visión colapsó en un fogonazo de dolor y luz.

Estaban de nuevo ante la puerta de piedra. Las tres piezas de la llave se habían fundido en un único artefacto y las hojas del portal comenzaron a abrirse lentamente hacia la penumbra interior.

### Capítulo XXIX — La escama del principio y del fin

Tras las pesadas hojas del portal se abría un estudio secreto empapado en silencio y olor a cera rancia.

Sobre un atril de madera negra descansaba un diario manuscrito de [[Minerva Vareman|Minerva]]. En aquellas páginas, la artífice no hablaba como una contable de la [[Cofradía de Coleccionistas]], sino como una conversa poseída por una revelación atroz. Había sostenido en sus manos la escama dorada de [[Uroboros]]. La voz que la llamaba desde la reliquia no pertenecía a ningún señor terrenal ni a la Cofradía: era una llamada a la trascendencia, a despojarse de la frágil carne humana para renacer mediante la fusión y el sacrificio. Los cautivos, explicaba con frialdad matemática, no eran más que alimento y combustible para moldear el recipiente definitivo.

Mientras leían, un zumbido agudo perforó las sienes de [[Thromm]].

En su mente resonó la voz que había aprendido a reconocer como la de la [[Sierpe Arcoíris]]. Era una vibración sibilante y perentoria que le exigía recuperar la escama a cualquier precio y purificar el santuario arrancando la cabeza del guardián del altar.

La compañía empujó las puertas interiores y penetró en la sala ceremonial.

La estancia era una bóveda circular iluminada por braseros verdes. En el centro, sobre un estrado bañado en canales escarlatas, se erguía una mole monstruosa: [[Zol Mahkt]]. El sumo sacerdote había dejado muy atrás cualquier parecido humanoide; su cuerpo medía más de tres varas, cubierto de placas quitinosas y escamas que rezumaban un sudor viscoso, con brazos musculosos armados de garras y una cabeza serpentina coronada por crestas afiladas.

Al verlos entrar, los ojos felinos del guardián se clavaron en Thromm.

—Has venido tarde, hijo de la serpiente —siseó Zol Mahkt, con una voz profunda que hizo vibrar el aire—. Minerva ha llevado la escama a las profundidades de la ciudad sumergida. Cuando el ritual concluya, regresará para ofrecerla y despertar a [[Merrshaulk]]. Pero tú aún puedes elegir. Abandona a estos mamíferos. Alimenta el altar con sus carnes y comparte la gloria de la nueva prole.

Thromm alzó su maza ceremonial, negando con una mueca de asco.

—Mi señora protege a los suyos, no los entrega a una sima de podredumbre.

—Entonces moriréis ahogados en vuestra propia sangre.

El combate estalló sin advertencia. Al alzar sus garras, Zol Mahkt activó las runas del suelo: de los canales rebosantes brotaron serpientes de pura sangre coagulada, entes viscosos que se arrastraban a velocidad inverosímil. Cada vez que una era herida, su cuerpo estallaba salpicando un icor abrasador que quemaba las carnes de los aventureros.

[[Rim]] tomó una daga que le había prestado [[Trankus Trenkins|Trankus]] y le otorgó una animación mágica, haciéndola volar como un aguijón veloz contra los ojos del sacerdote. [[Samael]] tejió proyectiles de fuego y erigió barreras de abjuración para desviar las dentelladas de las criaturas de sangre. Thromm desató sus *Espíritus guardianes*: figuras luminosas y emplumadas comenzaron a girar en torno a él, segando a los reptiles viscosos conforme intentaban trepar por sus piernas.

—¡Hubo otro como tú! —rugió Zol Mahkt mientras resistía el fuego arcano de Samael y golpeaba con la cola—. ¡Un joven de tu sangre que bebió el néctar de los dioses! ¡Su carne ya nos pertenece!

La provocación enfureció a Thromm, pero la ferocidad del guardián era abrumadora. Zol Mahkt arrojó una densa nube de vaho emponzoñado; Trankus fue apresado por una sierpe descomunal que lo arrastró hacia el centro del altar, mordiéndolo en el cuello. El pícaro se desplomó inconsciente sobre las losas ensangrentadas.

Volo se deslizó entre las sombras arrastrando una mochila, logró alcanzar a Trankus y vertió un ungüento curativo en sus labios, devolviéndole la respiración antes de que se desangrase.

El guardián descargó entonces un coletazo brutal que derribó a Volo y alcanzó a Thromm de lleno. La maza del clérigo rodó por el suelo y Thromm cayó de rodillas, con las fuerzas agotadas y la vista nublada por el veneno. La daga animada de Rim fue aplastada de un pisotón por el monstruo.

La derrota parecía inminente.

Viendo caer a sus compañeros, Rim invocó el poder de la armadura forjada con la piel del Comodrax: un fulgor ácido recorrió su pecho, infundiéndole un vigor salvaje. Samael dio un paso al frente, aceptando una dentellada de oportunidad de una serpiente para colocarse a corta distancia y descargar una ráfaga llameante directa a las fauces de Zol Mahkt.

El guardián rugió de agonía, tambaleándose con el rostro chamuscado.

Rim alzó ambas manos hacia la bóveda de la cueva. Su magia no buscó una pequeña piedra, sino la estructura misma del techo. Moldeó una mole de roca viva con la efigie tosca de una cabeza serpentina y la hizo desprenderse directamente sobre el altar.

La piedra cayó como un meteorito.

Un crujido espantoso sacudió los cimientos del santuario cuando el bloque aplastó el torso de Zol Mahkt contra las losas del estrado. Las piernas del guardián se agitaron espasmódicamente un segundo antes de quedar inmóviles bajo el tonelaje de roca. Al morir el sacerdote, las serpientes de sangre perdieron su cohesión y se disolvieron en simples charcos inertes.

La caverna quedó sumida en un silencio sepulcral, quebrado únicamente por el goteo constante de las estalactitas.

Rim corrió hacia el estrado. Canalizó su última reserva de energía curativa sobre Thromm, cuyos ojos se abrieron con un jadeo hondo. Entre ambos atendieron a Volo, taponándole las hemorragias y estabilizándolo con vendas y hierbas secas.

Trankus se incorporó apoyándose en su arco, escupiendo sangre.

El altar de Merrshaulk había sido quebrado y el sumo sacerdote yacía aplastado bajo la piedra. Pero las palabras de Zol Mahkt y las notas de Minerva no dejaban lugar a dudas: la artífice había partido hacia la ciudad sumergida llevando consigo la escama dorada... y al hijo de Thromm.

### Capítulo XXX — La invitación de Minerva

La sangre que anegaba el altar no tardó en moverse como si obedeciera a un pulso invisible.

En lugar de derramarse por las grietas de la roca, los regueros escarlatas ascendieron en hilos sibilantes hacia lo alto de una estatua serpentina alada. Encaramada a la cresta del monumento, envuelta en el vapor tibio de los sacrificios, aguardaba [[Minerva Vareman|Minerva]].

Su metamorfosis había sobrepasado con creces lo vislumbrado en la visión. La carne humana apenas subsistía como un recuerdo bajo un manto de escamas tornasoladas; de su espalda brotaban alas orgánicas, oscuras y translúcidas como las de un insecto primordial, y sus ojos dorados, atravesados por pupilas de un azul eléctrico, contemplaban a los supervivientes con una serenidad desprovista de compasión. En su mano izquierda sostenía la escama áurea de [[Uroboros]], absorbiendo la esencia vital del templo.

—Debo agradeceros que hayáis despejado el camino —dijo la artífice con una voz que resonaba en múltiples tonos a la vez—. El viejo guardián era un obstáculo necesario. Ahora la sangre está madura.

[[Thromm]] dio un paso al frente, alzando la maza ensangrentada.

—¿Dónde está mi hijo?

—Shaun reposa en el Palacio Sumergido del Lago —respondió ella sin inmutarse—. Su carne ha aceptado el molde de forma admirable. Se conserva intacto en una cápsula... esperando el momento en que su vida sirva al ciclo mayor.

En ese instante, una opresión asfixiante cayó sobre la mente del clérigo. La presencia de la [[Sierpe Arcoíris]] estalló en su espíritu, una orden divina y terrible que le exigía postrarse de rodillas ante la reliquia que Minerva sostenía. Thromm apretó los dientes, sintiendo la humillación arder en sus venas mientras doblaba la rodilla contra su voluntad ante la escama dorada.

Minerva sonrió con desdén.

—No os destruiré ahora. Un ritual perfecto exige que las ofrendas ardan en su máxima plenitud, no como despojos agotados. Os espero en el palacio. Venid a reclamar a vuestros muertos cuando tengáis fuerzas para morir.

Con un leve aleteo, la artífice dio un paso hacia atrás y cruzó un portal planar que se cerró tras ella en un fogonazo de luz violeta.

El silencio volvió a reinar sobre el santuario profanado. En un compartimento oculto bajo el altar, [[Trankus Trenkins|Trankus]] y [[Samael]] recuperaron una bolsa de contención que albergaba dos frascos sellados con materia orgánica —las muestras mencionadas en la correspondencia de la Cofradía— y dos pergaminos de maldición y ceguera.

Abandonaron el templo descendiendo por la cornisa de las cascadas. En la linde de la selva se reunieron con los cazadores [[Nkosi]] y con [[Volo]]. El cronista, tras comprobar con alivio que todos respiraban, anunció que permanecería en el poblado junto a [[Turuk]] y [[Kiro Estrella de Hierro|Kiro]], reuniendo testimonios y esperando el regreso del grupo para zarpar hacia [[Mintarn]]. Antes de despedirse, entregó a [[Rim]] pergaminos limpios y tinta para que no descuidase la crónica de las canciones.

Reunidos de nuevo con [[Thane Marrok|Thane]], la compañía abordó la embarcación que su tripulación había reparado en la cala. Durante la travesía hacia el sector norte de la isla disfrutaron de un descanso prolongado, reparando armaduras y restañando las heridas del combate del altar.

Desembarcaron en una ensenada donde la vegetación daba paso a formaciones cristalinas anómalas. Cada vez que una tormenta descargaba un rayo en las cumbres, los cristales del suelo reverberaban con un zumbido azulado, multiplicando sus aristas como una plaga mineral.

Explorando una galería natural, Trankus descubrió a un hombre deforme que se acurrucaba junto a una fogata precaria. Rim pulsó suavemente su laúd para calmar el terror del fugitivo. El hombre, llamado Holo, había sido marinero y cocinero antes de caer en manos de Minerva. Con voz temblorosa, relató que había escapado durante el asalto inicial de los [[Yuan-ti|yuan-ti]].

—Hay dos generales custodiando el palacio del lago —explicó Holo, señalando hacia el interior de la isla—. Los llaman los Ojos. Uno es Raja, un guerrero Nkosi cuyos músculos han sido multiplicados por la alquimia; el otro era un paladín sagrado al que Minerva convirtió en una bestia salvaje. Cada uno porta una gema en su pecho. Si colocáis ambas gemas en la fuente de la serpiente, el suelo se abrirá hacia el laboratorio inferior.

El cocinero les advirtió también sobre Ulf, un gigante desfigurado que descargaba su furia contra los cristales, y sobre las arañas mutantes que anidaban en las cavernas.

Avanzando por las galerías, el grupo descubrió vetas de auténtico [[Mineral meteórico|mineral meteórico]] morado, muy diferente de las proliferaciones de la tormenta. Dos arañas colosales de caparazones facetados cayeron desde el techo sobre Thane; Marrok partió a una de ellas con un mandoble impecable mientras la magia sonora de Rim destrozaba a la segunda. Thromm y Thane extrajeron dos buenos fragmentos de mineral meteórico antes de proseguir.

Al fondo de la gruta, iluminado por fuegos fatuos de color azul, hallaron a Ulf.

El gigante de las tormentas había sufrido una mutilación indescriptible: carecía de cabeza y en mitad de su torso se abrían un ojo ciclópeo inyectado en sangre y unas fauces repletas de colmillos afilados. Con una maza electrificada golpeaba rítmicamente un cristal tallado, descargando chispas que hacían temblar las paredes.

Thromm se detuvo con el corazón encogido. Reconoció los tatuajes tribales que surcaban la piel del gigante: era la misma criatura descomunal que, años atrás, había arrasado su aldea natal en los mares del sur. Pero el monstruo orgulloso de antaño no era ahora más que un esclavo quebrado por la ciencia de Minerva.

La compasión no impidió el choque. Thane cargó con ambas hojas al frente. Ulf respondió con un rugido ensordecedor que brotó de su pecho, descargando una onda de trueno que paralizó momentáneamente a Trankus y sacudió a los demás. Dos arañas cristalinas atacaron la retaguardia, pero Rim activó la armadura de Comodrax, sembrando el pánico entre los arácnidos con el fulgor ácido de su peto.

Samael concentró ráfagas ígneas sobre los costados del gigante mientras Thromm lanzaba un *Rayo guiado* directo al ojo del torso, cegando su intento de engullir a Marrok. Cuando la bestia tambaleó abriendo sus fauces para un último mordisco desesperado, Thromm descargó su maza con un golpe aplastante que le trituró la mandíbula inferior. Ulf se desplomó como una torre derribada, apagando el eco de los truenos en un último estertor.

Comprobaron que el cristal de la tormenta servía como acumulador de energía bruta, pero su tamaño impedía transportarlo. Mediante el familiar de Samael enviaron un mensaje al poblado Nkosi para que acudiesen a recoger la reliquia y acogiesen a Holo, quien aceptó refugiarse entre los cazadores.

Guiados por el rumor de aguas bravas, la compañía alcanzó poco después la gran cascada que vertía sus caudales hacia la cuenca del lago. Allí habitaba la última presa prometida: una descomunal salamandra azul de aspecto anfibio, rodeada de sapos del tamaño de bueyes.

El combate en el torrente exigió un esfuerzo ciego. Cuando la salamandra emergió, abrió las glándulas bajo sus mandíbulas y desató un pulso antimágico que barrió la cuenca: las protecciones de Samael se apagaron, las armas imbuidas perdieron su brillo y los cánticos de Rim quedaron sofocados en un vacío sofocante.

Un coletazo masivo arrojó a Thromm contra las rocas y un pisotón de las garras palmeadas dejó a Rim tendido en el lodo, al borde de la muerte. Trankus, disparando desde un peñasco elevado con pura destreza mundana, acertó a perforar la glándula antimágica del cuello de la bestia; el pulso cesó de golpe y Thane cayó sobre la nuca del monstruo, hundiendo sus dos espadas hasta la empuñadura y acabando con su vida.

Tras estabilizar a Rim con urgencia y extraer la glándula para futuros usos alquímicos, la compañía contempló la superficie brumosa del gran lago interior.

En el centro de las aguas se divisaban las torres derruidas y las cúpulas sumergidas de la antigua ciudad yuan-ti. Allí, en el palacio donde dormían los dos generales de Minerva, Shaun esperaba en su celda de cristal.

### Capítulo XXXI — El palacio sumergido

La niebla cubría la superficie del lago interior como un sudario gris cuando cayó la noche sobre [[T'Lan]].

Entre las aguas calmas sobresalían las cúpulas agrietadas y los contrafuertes carcomidos por el limo de la antigua ciudad [[Yuan-ti|yuan-ti]]. Deslizándose en una barca silenciosa hasta el flanco oriental del palacio sumergido, la compañía alcanzó un ventanal elevado cubierto de vegetación trepadora. [[Trankus Trenkins|Trankus]] forzó el cerrojo carcomido sin apenas ruido, y uno a uno se internaron en las galerías anegadas.

El palacio olía a podredumbre dulce, aguas estancadas e incienso rancio. Al avanzar por un pasadizo en penumbra, una aberración les cerró el paso: una mujer serpiente de escamas carmesíes y mandíbulas descomunales de pez ciego, blandiendo un látigo de sangre coagulada. Trankus la abatió con dos saetas a quemarropa, pero el cadáver se deshizo en una deflagración de ácido cáustico que quemó la piedra y llenó el túnel de un humo asfixiante.

Desde un torreón de observación que dominaba el patio de armas, [[Thane Marrok|Thane]] divisó al primero de los dos generales de [[Minerva Vareman|Minerva]].

Era un guerrero ciclópeo cuya armadura parecía fusionada con placas de coral afilado; acababa de destrozar a golpes a dos cautivos durante un entrenamiento frente a una cohorte de acólitos. En su cuello colgaba una gema verde que palpitaba con destellos esmeralda. [[Samael]] sugirió destruirlos desde la altura con fuego arcano, pero el riesgo de alertar a toda la guarnición del palacio aconsejó buscar una vía más discreta.

Al descender hacia los almacenes de pertrechos, descubrieron a un sirviente mestizo que se escondía entre los fardos de cuero.

El hombre, llamado Timmy, mostraba rasgos grotescamente alterados por injertos animales, pero sus ojos reflejaban una lucidez desesperada. Pertenecía a los *mongrelfolk*, los descartes de los laboratorios que aún conservaban conciencia propia. Entre susurros temblorosos, Timmy les suplicó que no los exterminasen y prometió guiarlos por los pasajes de servicio a cambio de un refugio seguro para su comunidad cuando Minerva cayese. El grupo aceptó, ofreciéndoles el templo abandonado de las cascadas como futuro hogar.

Avanzaron por las dependencias ocupadas por nobles y emisarios de [[Mintarn]] que habían financiado la expedición de Minerva, encerrados ahora en estancias lujosas pero aterrorizados ante la perspectiva de ser convertidos en cobayas. En un despacho abandonado, Samael recuperó un amuleto con efigie de reptil capaz de otorgar la comprensión de la lengua dracónica y el habla con serpientes, mientras Trankus hallaba un frasco sellado con sangre y diminutas larvas vivientes.

En una antecámara, Thane inmovilizó a una acólita que se disponía a dar la alarma. Aferrada por el cuello contra el sillar, la mujer confesó entre jadeos que Minerva los esperaba en las profundidades del laboratorio y que los primeros lotes de cautivos habían sido enviados a través del portal como pago por otro fragmento de piel de [[Uroboros]].

—¿Dónde tienen al muchacho? —exigió [[Thromm]], apretando su maza.

—[[Shaun|Shaun]] está abajo... —balbuceó la prisionera—. Lo convirtieron en serpiente y después mutaron su carne... pero sigue cuerdo. Es el espécimen predilecto de la señora.

La ataron y amordazaron en una celda en desuso.

Un estrépito en el pasillo principal alertó a una patrulla de acólitos y a una bestia leonina con escamas dorsales. Samael desató una andanada de rayos ígneos para cubrir a los sirvientes que huían; Thane y Thromm contuvieron la embestida en el corredor, permitiendo a Trankus rematar al león mutado de una estocada certera. Antes de caer, la última serpiente espinosa de la patrulla estalló en un estallido corrosivo que alcanzó a Thromm de lleno, dejándolo inconsciente en el fango hasta que Trankus le vertió una poción curativa entre los labios.

Los sirvientes mestizos se organizaron para protegerlos. Timmy les entregó cuatro viales de medicina y los condujo hasta las cocinas, donde montaron barricadas con mesas volcadas y macetas pesadas, entonando salomas y canciones de taberna para enmascarar los ruidos ante los guardias del patio.

Allí descansaron brevemente, recuperando el aliento antes de encarar al segundo general.

Raja, el caudillo Nkosi corrompido por la artífice, descansaba en un aposento contiguo al gran salón de banquetes. Cuando Thane forzó la entrada, la mole saltó sobre él con la ferocidad de un tigre hambriento. Sus fauces intentaron desgarrar la yugular del espadachín, pero la disciplina marcial de Marrok desvió los colmillos.

Las armas ordinarias resbalaban sobre el pellejo de la bestia como si golpearan roca viva; solo la Hoja del Río de Thane y la daga encantada de Trankus lograban abrir hendiduras purpúreas en sus músculos deformes. Raja derribó a Trankus de un zarpazo brutal que le quebró varias costillas; aplastado bajo el peso del general, el pícaro no buscó herir, sino que deslizó su hoja bajo el cuello del monstruo, cortó de un tajo el cordel de cuero que sostenía la gema verde y la arrojó rodando hacia los pies de Thane.

El general rugió enfurecido y giró en redondo para recuperar el artefacto.

Fue su condena. Thromm descargó su maza con furia sagrada sobre la rodilla de la criatura, quebrándole la articulación, mientras Samael desataba una andanada implacable de proyectiles mágicos que taladraron el cráneo del general. Raja cayó pesadamente hacia delante, tiñendo las alfombras con su sangre viscosa.

Thane recogió la gema esmeralda. El mineral palpitaba con una magia de dominación evidente, el primero de los dos ojos necesarios para activar el mecanismo de la fuente central.

En el aposento de Raja hallaron además un pergamino sagrado de restablecimiento y un bastón tallado en madera desconocida que zumbaba con poder contenido.

Sabiendo que el palacio entero entraría en rebelión en cuanto los centinelas descubrieran el cadáver del caudillo, Samael conjuró la cabaña mágica en un rincón fortificado de las cocinas. Durante ocho horas de vigilia oculta, el rumor lejano de gritos, carreras y ejecuciones confirmó que los mestizos habían comenzado su propio alzamiento contra los amos del palacio.

Al amanecer, solo quedaba un general entre el grupo y el descenso al abismo.

### Capítulo XXXII — El sacrificio de la artífice

El claustro interior amaneció envuelto en el clamor sordo del motín de los sirvientes.

[[Trankus Trenkins|Trankus]] se deslizó por las cornisas hasta atisbar el patio de la fuente. Allí, rodeado por una guardia de acólitos y bestias acorazadas, impartía órdenes el segundo general: un guerrero elfo de porte marcial cuyo cráneo estaba aprisionado por un casco de coral vivo, armado con lanza pesada y un escudo ovalado. De su frente asomaba la segunda gema verde.

[[Samael]] no vaciló. Una *Bola de fuego* descendió en parábola perfecta sobre el patio; el estallido abrasó a la escolta y desató el caos entre las filas enemigas.

El combate se libró palmo a palmo en torno a la fuente. El general elfo embistió con furia salvaje, barriendo a [[Thromm]] con el broquel y clavándole la lanza en el costado; Samael interpuso un escudo mágico para mitigar el impacto mientras [[Thane Marrok|Thane]] cruzaba sus aceros contra las bestias en el corredor. [[Rim]] animó una pesada puerta de roble para taponar el acceso a los refuerzos que llegaban desde los dormitorios, usándola como un ariete viviente que golpeaba a los atacantes.

Thromm dio dos pasos atrás, provocando la embestida del general, y descargó un *Rayo guiado* que perforó el peto de coral. El elfo se desplomó en el fango y la segunda gema verde rodó por las losas hasta sumergirse en el agua de la fuente.

Rim la rescató con una *Mano de mago*. Las dos piedras esmeralda vibraban con una magia de sujeción inmediata. Para evitar que las bestias del patio atacasen a los sirvientes al quedar liberadas del control, Samael y Rim usaron el poder de las gemas para enfrentar a un tigre mutado contra una serpiente guardiana hasta que ambas cayeron.

Tras un respiro protegido en la cabaña arcana de Samael, encajaron los dos orbes en las cuencas vacías de la serpiente de piedra que presidía la fuente.

Los engranajes del santuario rugieron bajo sus pies. El fondo de la alberca se dividió en dos plataformas de piedra que comenzaron a descender hacia las profundidades insulares.

El descenso duró varios minutos, deslizándose entre raíces milenarias tan gruesas como galeones. Cuando la plataforma tocó fondo, se abrieron ante un laboratorio subterráneo de arquitectura asombrosa: planchas de metal frío, tuberías de bronce pulido y cristales esmeralda que zumbaban con una energía que desafiaba a la naturaleza.

En el centro de la nave principal aguardaba [[Minerva Vareman|Minerva]].

Estaba suspendida sobre una maquinaria ciclópea en cuyo núcleo flotaban la escama dorada de [[Uroboros]] y un cristal fragmentado. Conectadas al armazón mediante conductos por los que fluía un icor grisáceo, cuatro cobayas humanas yacían marchitas en aparatos de agujas, drenadas hasta el tuétano para alimentar el mecanismo. En la cápsula central, sumergido en un fluido verdoso pero con los ojos abiertos y la mente despierta, reposaba [[Shaun]]. El hijo de Thromm había sido dotado de una complexión robusta, cuernos curvados y una cabellera de serpientes, pero su mirada conservaba una angustiosa lucidez.

—Llegáis a tiempo para presenciar el nacimiento de una nueva era —dijo Minerva con una voz etérea que reverberaba en las paredes—. Reservé a tu hijo, Thromm, porque en su carne reconocí la resistencia que la [[Cofradía de Coleccionistas]] jamás entenderá. Pero ya no hay lugar para amos.

La artífice bajó una palanca de bronce.

El laboratorio cobró vida con un zumbido ensordecedor. Las agujas se clavaron más hondo en los cuerpos inertes y una niebla psíquica barrió la sala.

Trankus disparó dos saetas que Minerva desvió con un simple giro de su campo arcano. Thane activó las botas emplumadas, saltó por los aires y logró atenazarla por el cuello en pleno vuelo, clavándole la Hoja del Río antes de que ella se desvaneciera en un destello de teletransportación.

Reapareciendo sobre los generadores, Minerva fijó su mirada en Rim: una orden psíquica de dominación obligó al bardo a titubear y retroceder aterrorizado. Samael reaccionó al instante, disparando un proyectil mágico al hombro de Rim para que el dolor quebrase el trance, y dirigiendo el resto de las descargas contra la artífice.

Minerva respondió con una *Nova psiónica* que hizo sangrar los oídos de todos. El impacto derribó a Thromm y arrojó a Samael contra los generadores, cuyo colgante mágico evitó que su alma se extinguiera en el acto.

Shaun golpeaba desesperadamente el cristal de su receptáculo desde el interior, impotente.

Rim se arrastró entre los escombros. Alzando su voz en una melodía suave y arrulladora, lanzó un conjuro de *Dormir* calculado con precisión quirúrgica hacia el aire, donde Minerva flotaba imbuida de soberbia.

La magia no admitió resistencia. Los párpados escamosos de la artífice pesaron de pronto como losas de plomo. Sus alas se plegaron y su cuerpo cayó pesadamente contra la pasarela de metal, sumida en un sueño profundo.

Thane no vaciló un solo segundo. Corrió hacia el cuerpo indefenso y descargó un golpe fulminante con ambas espadas, cercenando su carne y quebrando la cabeza de la artífice contra el suelo.

Pero la muerte no trajo un cadáver.

Al recibir el golpe de gracia, la materia física de Minerva se disolvió en millones de motas de luz azulada. La maquinaria central colapsó en un vórtice gravitatorio que engulló el laboratorio entero.

La realidad se quebró a su alrededor.

Por un instante eterno, los aventureros fueron arrastrados a un plano sin cielo ni tierra. Ante ellos se alzaba un árbol cósmico infinito, abrazado por una colosal serpiente espectral que se mordía la cola. En torno a sus ramas flotaban decenas de manifestaciones incorpóreas de Minerva, resplandecientes en una forma superior que trascendía la carne y la podredumbre terrenal.

—La muerte de mi cuerpo era el último grillete —resonó la voz unísona de sus proyecciones—. La violencia y la sangre acumulada eran el crisol. Ahora pertenezco al ciclo. El multiverso reclama mi mirada... y vosotros ya sois insignificantes.

Las figuras se disolvieron en el éter cósmico y el vórtice expulsó al grupo de regreso a las ruinas del laboratorio.

Minerva no había sido derrotada: había completado su ascensión.

Thromm no miró hacia el pedestal vacío. Corrió hacia la cápsula de Shaun y arrancó de cuajo los cables y tubos de alimentación. El fluido verde se derramó sobre el suelo y el joven rodó tosiendo y jadeando en los brazos de su padre.

—Padre... —susurró el muchacho, alzando una mano con garras hacia el rostro del clérigo—. Quise salir... quise detenerlos...

—Estás a salvo, hijo mío. Estás a salvo —respondió Thromm con la voz quebrada por el llanto, estrechando el cuerpo transformado de su muchacho contra su pecho.

Cuando Thromm preguntó por su madre, Shaun bajó la mirada con amargura:

—Se la llevaron antes... se la llevaron a la gran ciudad...

En el despacho privado de la artífice, Rim descubrió sobre una mesa de caoba un estuche de terciopelo. En su interior descansaba un violín de madera negra pulida y una partitura arcaica. Al examinar el trazo de las notas, un escalofrío de reconocimiento sacudió el alma del bardo: la firma al pie del pentagrama no pertenecía a Minerva, sino a un nombre que resonaba en las profundidades de su memoria más remota.

Recogieron el oro, los pergaminos y las reliquias abandonadas en la nave.

Con Shaun con vida y la artífice desvanecida en los confines del multiverso, el grupo emprendió el ascenso hacia la luz. La pesadilla de T'Lan tocaba a su fin, pero las palabras del joven anunciaban una sombra aún más vasta en el horizonte.

### Capítulo XXXIII — El violín negro

En el silencio del campamento, apartado del bullicio de los preparativos, [[Rim]] abrió el estuche de terciopelo.

El violín de madera negra parecía absorber la luz de las antorchas en lugar de reflejarla. Su barniz era oscuro como la noche marina y sus cuerdas vibraban con una tensión casi viva bajo la caricia de los dedos. A su lado, la partitura manuscrita mostraba un pentagrama complejo donde las notas ascendían en espirales imposibles.

Rim ajustó el puente con ademán instintivo. Apoyó el instrumento bajo la barbilla y alzó el arco.

La primera nota brotó pura, melancólica y vibrante, quebrando la quietud de la selva. Al deslizar el arco sobre las cuerdas, una corriente de recuerdos ajenos y a la vez íntimos inundó la conciencia del bardo.

Vio una ciudad colosal de torres de cristal sumergida bajo aguas transparentes. Vio sombras con máscaras doradas arrebatando partituras, quemando libros y apresando a cantores y cronistas para arrancarle al mundo su diversidad. Y sintió el terror lúcido de un maestro músico que, viéndose acorralado por el señor de la [[Cofradía de Coleccionistas]], el temible [[Gorr]], había decidido dispersar su alma, sus obras y sus instrumentos a través del multiverso antes que permitir que su historia fuese congelada en una vitrina perfecta.

El nombre de [[Kaladin]] resonó en su mente no como un extraño del pasado, sino como una raíz enterrada en su propio pecho. La [[Canción Eterna]] no era solo música: era la promesa de recomponer los fragmentos dispersos de una vida robada.

Rim bajó el arco despacio, con las manos temblorosas y la mirada perdida en la bruma del lago.

En la linde del poblado [[Nkosi]], los cazadores de [[Turuk]] contemplaban con asombro y desconfianza a la columna de mestizos que descendía desde el palacio sumergido. Decenas de sirvientes deformes, liberados del yugo de [[Minerva Vareman|Minerva]], caminaban desorientados, temiendo el rechazo del mundo exterior.

Al frente marchaba [[Shaun]], alto, imponente y con la piel tachonada de escamas y cuernos marciales.

[[Thromm]] caminó junto a su hijo hasta el centro de la plaza ceremonial. Turuk alzó la mano, exigiendo saber qué destino aguardaba a aquellas criaturas nacidas de la ponzoña yuan-ti.

—El antiguo [[Templo de Mershaulk|santuario de las cascadas]] está purificado y vacío —propuso Thromm con voz firme ante el consejo Nkosi—. Los altares de sangre han sido destruidos. Dejad que los mestizos se establezcan allí. Cultivarán la tierra, vigilarán los pasos del norte y no serán una amenaza para vuestras familias.

Turuk deliberó largo tiempo con sus ancianos antes de asentir con un golpe de lanza en el suelo:

—Si guardan el santuario y no derraman sangre inocente, la selva respetará su frontera.

Thromm se volvió hacia Shaun, ofreciéndole volver a embarcar hacia la civilización. Pero el joven negó con una sonrisa triste:

—Mi lugar está aquí, padre. Estos hombres y mujeres no tienen a nadie que los defienda. Me quedaré con ellos en el templo de las tres cascadas... seré su escudo.

Padre e hijo se fundieron en un abrazo largo y silencioso.

—Encontraré a tu madre —le juró Thromm al oído, con lágrimas ardiendo en sus ojos serpentinos—. Iré a la ciudad de ese Coleccionista y la arrancaré de sus garras, aunque tenga que incendiar sus torres.

—Lo sé —susurró Shaun—. Cuídate, padre. La serpiente que camina aún no ha terminado su muda.

En la cala, los cuatro marineros de la tripulación ultimaban los aparejos de la nave, cuyas cuadernas habían sido reforzadas con madera pesada cedida por los Nkosi. [[Kiro Estrella de Hierro|Kiro]], con su fardo de herramientas al hombro, subió a bordo henchido de impaciencia por alcanzar las fraguas de [[Mintarn]], mientras [[Volo]] acomodaba baúles repletos de pergaminos, notas y trofeos que prometían deslumbrar a los eruditos de la Costa de la Espada.

Con la marea favorable y el viento del sur hinchando las velas, la embarcación soltó amarras, dejando atrás las costas impenetrables de [[T'Lan]].

En la popa, Rim acarició el estuche del violín negro. El misterio de su pasado acababa de abrir una grieta en su destino, y hacia el norte, Mintarn aguardaba sumida en las cenizas de un asedio interminable.

### Capítulo XXXIV — El regreso a Mintarn

La travesía de regreso a través del Mar de las Espadas puso a prueba la templanza de la compañía.

En aguas abiertas avistaron una flotilla de bergantines con enseñas de los príncipes mercantes de Chult. El mercante *Ley y Castigo*, capitaneado por un oficial de modales pulcros, transportaba bodegas atestadas de esclavos encadenados con destino a los coliseos de Puerto Nyanzaru. La visión de los cautivos encendió la cólera de [[Thromm]] y de [[Thane Marrok|Thane]], pero el grupo, con el barco aún renqueante y una misión pendiente sobre sus hombros, tragó saliva y mantuvo el rumbo, evitando un combate que habría dispersado sus fuerzas.

La tregua del mar duró poco. Al doblar un archipiélago de arrecifes, dos plataformas coralinas impulsadas por tiburones colosales cerraron la distancia.

Una horda de sahuagin emergió entre la espuma. El abordaje fue feroz: sacerdotes marinos que invocaban mandíbulas espectrales de agua y guerreros con cimitarras oxidadas treparon por las amuras, encabezados por un barón corpulento que empuñaba un tridente monumental.

—¡Aquel! —rugió el barón en lengua costera, señalando a [[Rim]]—. ¡Prendedlo vivo! ¡Los demás pueden alimentar a las bestias!

[[Samael]] se teletransportó a la cofa del mástil principal, desatando una lluvia de proyectiles ígneos que abrasó la cubierta enemiga. Rim entonó un cántico de animación: el gran tridente del barón cobró vida entre sus dedos, girando violentamente y obligando al caudillo a soltarlo para no perder la muñeca.

Bajo la quilla, un escualo gigantesco embestía el casco una y otra vez, astillando los maderos de roble. Rim arrojó el tridente animado contra el morro del tiburón y moduló una melodía hipnótica que aplacó la furia del animal, haciéndolo sumergirse en la corriente.

Acorralado por [[Trankus Trenkins|Trankus]] y las descargas de Samael, el barón cayó desplomado sobre las tablas ensangrentadas.

Thromm no perdió un instante e invocó a la [[Sierpe Arcoíris]] en un rito de *Hablar con los muertos*. Los labios inertes del barón sahuagin se movieron con un hilo de voz que olía a salmuera: confesó que actuaban bajo un contrato sellado con una orden lejana y que su destino final era «el Abismo», antes de que la magia se apagara para siempre.

Tras reparar de urgencia las cuadernas averiadas, las velas avistaron por fin los acantilados de [[Mintarn]].

La ciudad libre continuaba cicatrizando las heridas del gran asedio. En los muelles, el pacto sellado con el dragón rojo Skadaurak comenzaba a rendir frutos: las naves mercantes volvían a atracar y el maestre del puerto, en deferencia a los héroes de la defensa, les otorgó atraque preferente y reparaciones gratuitas.

[[Kiro Estrella de Hierro|Kiro]] se despidió con un apretón de manos callosas, señalando hacia el barrio de los forjadores en la falda del volcán:

—Aquí tenéis vuestra casa. En cuanto reúna el carbón estelar, forjaré la mejor hoja que este mar haya visto jamás.

En la fortaleza de gobierno los recibió [[Bloeth Embuirhan|Bloeth]]. A su lado, para alivio profundo de Thane y de Trankus, se hallaba [[Arlong]], el paladín tritón, vivo y firme pese a las cicatrices y la armadura abollada que atestiguaban la brutalidad de la invasión.

El consejo de guerra fue directo y sombrío.

Tras escuchar el informe de la ascensión de Minerva en T'Lan, Bloeth expuso la verdadera amenaza que atenazaba el futuro de la isla: [[El Tirano]] preparaba su ofensiva definitiva desde los páramos de [[Shadowfell]]. Para acabar con él era imprescindible arrebatarle su condición inmortal.

—Las sacerdotisas de [[Umberlee]] han colocado una maldición sobre el [[Corazón del Tirano]] —explicó Bloeth, señalando un cofre sellado—. Si ese corazón maldito es devuelto a su pecho o clavado en su carne, la inmortalidad que lo sostiene se quebrará y volverá a ser mortal.

Pero alcanzar los dominios del Tirano exigía una guía capaz de cruzar los planos.

—Esa guía es [[Jack Spark]] —reveló la regente—. Una criatura a la que llaman «la llave que camina». Pero está encerrado en el tercer nivel del [[Bastión]], la prisión naval inexpugnable que la armada de Waterdeep mantiene en una roca perdida. La fortaleza está comandada por Argalen, el Ladrón de Secretos, y nadie entra allí como invitado.

Bloeth les ofreció una alternativa audaz: cazar a uno de los cuatro grandes piratas reclamados por la marina —entre ellos el sanguinario Rashin Al-Hazir—, presentarse en el Bastión como cazadores de recompensas para franquear las defensas del nivel superior y, una vez dentro, coordinarse con un aliado inesperado: [[Botas]], el viejo corsario ogro de Tetris, apresado recientemente y recluido en el segundo nivel.

En la penumbra del despacho, Rim dio un paso al frente ante la mirada de sus camaradas.

—No necesitaremos disfraces vulgares para cruzar esa puerta —dijo el bardo.

Ante los ojos atónitos de Thane, Thromm y Trankus, la carne de Rim comenzó a ondular como agua en calma. Su estatura menguó, sus facciones se afilaron, su cabello cambió de tono y, en cuestión de segundos, la réplica viva y exacta de Trankus Trenkins les devolvió la mirada con la misma voz rasgada del semielfo.

—Soy un cambiaformas —confesó Rim, recuperando su semblante habitual entre una mezcla de pudor y desafío—. Conservo recuerdos rotos de una vida que me fue arrebatada... y sé que en las profundidades de ese Bastión y en los páramos de la muerte hallaremos las respuestas que todos buscamos.

La compañía se miró en silencio. El camino hacia el abismo estaba trazado, y el primer paso comenzaba con la caza de un corsario en las arenas del sur.

## Parte III — La llave que camina

### Capítulo XXXV — La ruta de Escau

Las tabernas del puerto de [[Mintarn]] hervían de rumores sobre los señores de la piratería que infestaban las aguas del sur.

En la penumbra de *La Sirena Retorcida*, la compañía siguió la pista de [[Rashin Al-Hazir]], conocido entre las tripulaciones de Calimport como la Tormenta del Sur. Las pesquisas condujeron a [[Rim]] hasta una mujer enigmática vinculada a la Verdadera Canción, quien custodiaba fragmentos de partituras rescatadas de T'Lan; mediante un sutil encantamiento bardesco, Rim logró sonsacarle datos sobre las rutas de contrabando antes de que el efecto se desvaneciera. Al abandonar el local por un callejón empapado en salmuera, sufrieron una emboscada de corsarios arcanos: el choque fue breve y sangriento, dejando tras de sí el cadáver de un asesino en cuyos bolsillos hallaron una nota críptica que mencionaba a «el Susurrante», una vara y un círculo de huesos.

La amenaza confirmaba que alguien vigilaba sus pasos.

Tras aprovisionar la nave y acudir al archivo arcano, donde [[Samael]] transcribió a su grimorio el pergamino de *Moldear la piedra*, la compañía decidió su presa. Capturar vivo a Rashin Al-Hazir era la llave para presentarse como cazarrecompensas en el segundo nivel del [[Bastión]], la prisión naval de Waterdeep, y contactar con [[Botas]] para alcanzar a [[Jack Spark]].

Zarparon hacia el sur, dejando atrás las islas conocidas.

A los pocos días de navegación en aguas abiertas, un mefit de polvo descendió desde las nubes revoloteando en torno al mástil y riendo con chillidos agudos en lengua terrana. [[Trankus Trenkins|Trankus]] advirtió de inmediato la anomalía de hallar un ser elemental de tierra en mitad del océano; cuando la criatura abrió sus fauces para exhalar una nube cegadora, Trankus disparó su arco y dio la voz de alarma en cubierta.

En el horizonte asomaban dos velas: un mercante aparentemente desarmado y una goleta de escolta pertrechada con balistas.

El mercante viró hacia ellos ofreciendo barriles de vino en son de paz y tendiendo tablones de abordaje entre ambas bordas. Pero el engaño se desmoronó al instante. Trankus advirtió que el supuesto capitán portaba un garrote descomunal bajo una capa demasiado amplia, mientras [[Thane Marrok|Thane]] empujaba uno de los toneles con la bota, comprobando que apenas tenía peso.

—¡Abridlos! —exigió Thane, desenvainando la Hoja del Río.

La ilusión se quebró con un rugido feroz. El falso capitán creció dos varas sobre la borda, revelando la corpulencia brutal de un minotauro acorazado, mientras sus marineros mudaban de forma en una jauría de hombres chacal armados con cimitarras y colmillos babeantes.

El minotauro cargó con los cuernos por delante, pero Thane aguantó la embestida y utilizó la Hoja del Río para desviar la masa del monstruo y arrojarlo al agua de un barrido impecable.

Los marineros retiraron los tablones para cortar el paso de los abordadores. Desde lo alto de la jarcia, Samael desató una *Bola de fuego* que estalló en el combés del barco enemigo, incinerando a cuatro hombres chacal en una llamarada rojiza. [[Thromm]] invocó un *Rayo guiado* que alcanzó al minotauro mientras este intentaba trepar desesperadamente por los cabos mojados, y Trankus derribó de un saetazo al mefit de polvo antes de que cegase al timonel.

La goleta artillada, al ver su trampa desbaratada, viró en redondo y huyó a toda vela entre los bancos de niebla.

Thane descargó el pomo de su espada sobre la nuca del minotauro cuando este logró poner un pie en cubierta, dejándolo inconsciente sobre las tablas. Los hombres chacal que nadaban en el mar arrojaron las armas y se rindieron. La nave falsa, pasto de las llamas desatadas por el fuego arcano, se hundió lentamente en el mar.

Thromm trazó una *Zona de la verdad* en torno al minotauro cautivo.

Interrogado bajo la compulsión divina, el monstruo escupió sangre pero no pudo ocultar la verdad: servía a las órdenes directas de Rashin Al-Hazir. Samael lo inmovilizó con una ilusión psíquica mientras Trankus le arrancaba del forro de la bota un mapa de cuero curtido. El pergamino señalaba con precisión su guarida: la isla de [[Escau]], en el agreste archipiélago de Nelanther.

Para quebrar el orgullo del caudillo y marcarlo como pirata derrotado, Thane le cercenó ambos cuernos de dos tajos secos. Hicieron una escala rápida en un puerto fortificado de la costa de Amn para entregar a los prisioneros a los magistrados locales, cobrando una recompensa modesta de setenta y tres monedas de oro y mudando las enseñas visibles de su velero para no levantar sospechas.

Pocos días después, Escau emergió en el horizonte.

La isla ofrecía un paisaje desolador y adusto, un desierto de acantilados ocres y crestas rocosas coronadas por nubes de tormenta perpetua. El aire olía a ozono y salitre seco. Desde la cofa, Trankus creyó vislumbrar una gigantesca sombra alada recortándose entre los relámpagos de la cumbre, aunque la bruma borró la silueta antes de poder confirmarla.

Fondeando en una cala protegida, el grupo desembarcó en un bote de remos.

En la orilla arenosa yacían los restos calcinados de un navío de guerra calishita, partido en dos por una descarga eléctrica de una violencia inimaginable. Cerca de los maderos chamuscados se alzaban varias tumbas improvisadas en la arena.

La Tormenta de Calimport los aguardaba en el corazón de aquel páramo, y el rastro de la destrucción conducía directamente hacia las ruinas del interior.

### Capítulo XXXVI — Una señal trazada con sangre

El calor del interior de [[Escau]] reverberaba sobre la arena como una losa de plomo.

Avanzando entre barrancos de piedra caliza y dunas cargadas de una extraña electricidad estática que erizaba el vello, la compañía divisó la silueta quebrada de un antiguo obelisco que se alzaba sobre las ruinas de una ciudad devorada por el desierto. El suelo estaba surcado por profundas grietas y socavones recientes.

[[Samael]] envió a su lechuza a explorar las alturas. Desde el aire, el familiar divisó a una partida de hombres chacal fuertemente armados que arreaban a dos escorpiones gigantescos; no perseguían náufragos, sino que acorralaban con redes y lanzas a tres crías de bulette que chillaban desesperadamente entre las peñas.

[[Thane Marrok|Thane]] advirtió una vibración profunda bajo las suelas de sus botas un instante antes de que un centinela oculto entre las piedras diera la voz de alarma con un aullido gutural.

La emboscada estalló en mitad del desfiladero.

Varios hombres chacal saltaron sobre Thane, acorralándolo con sus cimitarras; [[Thromm]] invocó de inmediato a sus *Espíritus guardianes*, envolviendo el avance en un torbellino de plumas radiantes que segaba a los incursores conforme intentaban cerrar el cerco. De pronto, la arena estalló a ambos flancos: dos escorpiones colosales surgieron de las profundidades de la duna. Una de las pinzas atenazó a [[Trankus Trenkins|Trankus]] por la cintura, alzándolo del suelo mientras el aguijón goteante buscaba su pecho.

Samael se teletransportó en un parpadeo de luz arcana junto al segundo escorpión, atrapando la mente de la bestia en una *Fuerza fantasmal* que la obligó a retroceder ciega de terror.

Los hombres chacal entonaron un cántico somnífero que hizo vacilar a Thane hasta desplomarlo en la arena; Samael reaccionó con frialdad quirúrgica, alcanzando al espadachín con una chispa mágica leve cuyo dolor bastó para disipar el sueño antes de que los chacales lo degollasen.

Pero el verdadero peligro aguardaba bajo tierra.

Una de las crías de bulette cayó abatida por el torbellino de Thromm. En respuesta a su chillido agónico, el desfiladero entero tembló como sacudido por un terremoto: la arena se hundió en un cráter gigantesco y de las entrañas de la tierra emergió el bulette adulto. Era un monstruo acorazado del tamaño de una choza, con placas óseas impenetrables y unas mandíbulas capaces de partir peñascos.

La bestia embistió con un salto descomunal que arrojó a Thromm y a Thane contra las peñas, descargando dentelladas ciegas contra hombres chacal y aventureros por igual.

En mitad del caos, tres guerreros vestidos con capas de seda calishita y armados con cimitarras relucientes irrumpieron desde un saliente rocoso.

—¡Dejad a las bestias! —gritó el que parecía liderarlos—. ¡No toquéis a los cachorros o nos enterrará a todos!

Thromm intentó replegarse hacia las rocas para reagruparse, pero el bulette adulto giró en redondo: una dentellada de oportunidad trituró el escudo del clérigo y lo arrojó inerte sobre la arena ensangrentada.

Samael no dudó un segundo más. Concentrando su poder en el núcleo de la jauría enemiga, lanzó una *Bola de fuego* que evitó milagrosamente el cuerpo caído de Thromm, calcinando a la mayoría de los hombres chacal y a uno de los cachorros. El bulette adulto, viendo el fuego y la muerte de sus enemigos, aplastó a un chacal superviviente de un pisotón, agarró a su cría restante entre las fauces y se hundió de nuevo en la arena en una espiral de tierra.

Thane se deslizó entre los escombros y vertió una poción de curación en los labios de Thromm, quien abrió los ojos tosiendo arena y sangre antes de reincorporarse maza en ristre.

Quedaban los escorpiones. El primero de ellos apretaba todavía a Trankus entre sus tenazas; Thane cargó con furia ciega, descargando la Hoja del Río con un tajo ascendente que cercenó la pinza de cuajo y atravesó el caparazón cefálico del artrópodo. El segundo escorpión, herido y desorientado por los conjuros de [[Rim]] y de Samael, cayó bajo una ráfaga de saetas y fue rematado sin piedad.

El silencio del desierto volvió a cerrarse sobre el barranco, roto solo por el siseo del viento entre las ruinas.

Los tres soldados calishitas bajaron las armas y se adelantaron con ademán respetuoso, ofreciendo odres de agua fresca y vendas limpias para restañar las mordeduras.

—Habéis combatido con el valor de los antiguos genios —dijo su portavoz—. Somos supervivientes del naufragio en la costa. Servimos al bajá [[Haidar Shen]], señor de una casa noble de Calimport que ha jurado sangre contra la bestia que gobierna esta isla. Venid a nuestro campamento. Mi señor debe hablar con vosotros.

Guiados por los soldados, el grupo ascendió por un sendero camuflado entre los riscos de la montaña hasta alcanzar un reducto fortificado con empalizadas de madera seca y lonas mimetizadas.

En el centro del campamento, rodeado de guardias veteranos y mapas antiguos, aguardaba un hombre de porte majestuoso, ataviado con túnicas bordadas en oro y empuñando una cimitarra con pomo en forma de garra de dragón.

El bajá Haidar Shen los examinó con ojos penetrantes.

—Habéis sobrevivido a los cazadores de [[Rashin Al-Hazir]] —dijo el noble con voz grave—. Pero si habéis venido a este desierto creyendo que cazáis a un simple pirata humano, estáis caminando directos hacia las fauces de vuestra propia tumba.

### Capítulo XXXVII — El Obelisco del Sol

En el pabellón de [[Haidar Shen]], el aroma a té de menta y especias apenas disimulaba la tensión que reinaba entre los soldados calishitas.

El bajá sirvió a sus huéspedes antes de revelar la verdad que su guardia había guardado celosamente:

—[[Rashin Al-Hazir]] no es un corsario mortal —dijo Haidar con semblante sombrío—. Es un dragón azul joven. Fue su aliento de relámpagos el que partió mi galeón de guerra en la costa. Atacó los palacios de mi familia en Calimport, asesinó a mis parientes y saqueó las reliquias más sagradas de mi estirpe junto a un mapa arcano que lo condujo a [[Escau]], la cuna milenaria de nuestra casa.

Haidar extrajo un calco de piedra que reproducía el bajorrelieve del Obelisco del Sol, el monumento en torno al cual deambulaban los muertos vivientes en el corazón del desierto.

Las inscripciones narraban una tragedia remota. Siglos atrás, los regentes de aquella ciudad, deslumbrados por la promesa de un orden incorruptible, habían invocado a una entidad llamada [[Gorr]], descrita en los textos como el fragmento corrompido de un dios olvidado que buscaba devorar la imperfección del mundo. Para contener y canalizar aquel poder habían reforzado el gran obelisco; pero el dios exigía la supresión de la memoria y la voluntad de sus súbditos, y la urbe entera sucumbió en un cataclismo de arena y fuego que borró su nombre de los mapas.

—El dragón codicia ese poder —continuó el noble—, pero los espíritus de la ciudad guardan el monolito y le impiden acceder a sus secretos. Además, Rashin utiliza un brazalete ceremonial robado a mi linaje para mudar su aspecto a forma humana. Si logramos debilitarlo en combate, yo puedo canalizar la magia del brazalete para sellar su naturaleza y obligarlo a permanecer encadenado como mortal.

El pacto quedó sellado: Haidar reclamaría las reliquias robadas y otorgaría al grupo la cuarta parte de los tesoros recuperados, cediéndoles además la custodia del dragón cautivo para que pudieran entregarlo a las autoridades del Bastión.

Tras un descanso reparador al amparo de la empalizada, la compañía marchó al alba hacia la guarida de la bestia, aprovechando que los exploradores confirmaban que el dragón sobrevolaba los islotes costeros.

El cubil se abría en una profunda sima rocosa custodiada por mefits de polvo y barro. [[Samael]], [[Rim]] y [[Trankus Trenkins|Trankus]] barrieron a las criaturas elementales con una combinación fulminante de fuego, música punzante y saetas precisas.

Descendieron veinte metros mediante cuerdas fijadas a las columnas de piedra. En el fondo de la caverna, dos soldados de Haidar que los habían seguido a distancia para vigilar el tesoro se unieron al grupo con disculpas atropelladas.

La cueva resplandecía con alfombras calishitas, espejos dorados y cofres desbordados de monedas antiguas. Pero en el centro del lecho de arena aguardaba la guardia arcana del dragón: una corona milenaria tallada en oro y engarzada con gemas resplandecientes yacía sobre un pedestal, vinculando a dos colosos elementales.

Al aproximarse, la tierra tembló: un elemental de piedra emergió del suelo aplastando a los dos soldados calishitas de un solo golpe, mientras un elemental de aire y torbellino descendía en espiral sobre [[Thane Marrok|Thane]], arrojándolo contra los peñascos.

Samael reconoció la magia que ataba a los gigantes al plano material. Esquivando los zarpazos de viento mediante un salto arcano, el mago extendió la mano hacia la tiara dorada y desató un *Disipar magia*.

Las runas de la corona chisporrotearon; el elemental de tierra lanzó un gemido hueco y se desmoronó en un montón inerte de grava y lodo. El elemental de aire continuó girando con furia desbocada, lanzando a Samael contra la pared; pero Rim templó su arco-arpa, apuntó al núcleo de la tormenta y disparó una saeta que quebró la gema central de la corona. El torbellino se desvaneció en una ráfaga tibia y la tiara perdió su brillo para siempre.

Entre los tesoros acumulados por la bestia hallaron dos mil monedas antiguas de oro, tres zafiros tallados con forma de ojos de reptil, un collar de perlas negras, un sextante con runas marinas y una efigie dorada de [[Umberlee]] junto a un amuleto consagrado a la Reina de las Profundidades. Thane recogió el amuleto, sintiendo cómo la bendición de la diosa del mar le otorgaba la facultad de respirar bajo las olas.

Apenas habían guardado el botín cuando la cueva comenzó a estremecerse.

Un viento huracanado cargado de ozono barrió la entrada del abismo. Una sombra colosal cubrió el ventanal de roca y el zumbido de chispas eléctricas saturó el aire. Rashin Al-Hazir había regresado a su cubil.

Ocultos en una grieta estrecha, los aventureros contuvieron el aliento mientras las garras del dragón azul arañaban la cornisa. La bestia olfateó el aire con furia, advirtiendo la muerte de sus guardianes elementales; pero en lugar de internarse en la estrechez de la cueva, emitió un rugido ensordecedor que hizo llover piedras y alzó el vuelo rumbo a su base naval, dispuesto a movilizar a sus huestes.

Haidar Shen llegó poco después a la sima al frente de diez lanceros de élite.

—Ha marchado hacia los muelles —dijo Trankus, limpiando su arco—. Quiere a su ejército.

—Y nosotros se lo quitaremos antes de que toque tierra —respondió Thane con la mirada fija en el horizonte tormentoso.

### Capítulo XXXVIII — El dragón azul

Desde las crestas que coronaban la ensenada sur de [[Escau]], la compañía observó la base naval de los corsarios.

Era una cala profunda y protegida de los vientos, donde los piratas habían levantado barracones, talleres y almacenes aprovechando los cascos invertidos de barcos encallados. Dos bergantines permanecían amarrados a los pantalanes de madera. Mientras las patrullas del desierto marchaban hacia la guarida del dragón para investigar la alarma, el muelle se hallaba sumido en una disputa interna.

El familiar de [[Samael]] sobrevoló los mástiles: una capitana corsaria cargaba precipitadamente un esquife con víveres y cofres, intentando desertar antes de que la cólera de [[Rashin Al-Hazir]] los alcanzase, mientras en la nave capitana los oficiales leales a la bestia se atrincheraban. Al frente de estos últimos destacaba [[Alad el Tronador]], el temido lugarteniente del dragón.

[[Haidar Shen]] y el grupo descendieron por las rocas, cerrando las salidas del muelle con los lanceros calishitas.

[[Trankus Trenkins|Trankus]] clavó una saeta de advertencia a los pies de la capitana fugitiva y [[Rim]] exigió la entrega de las armas. Viéndose acorralada entre la guardia de Haidar y las huestes del dragón, la mujer aceptó un pacto desesperado: sus hombres ayudarían a desalojar a los leales de Alad a cambio de que se les permitiese huir con vida una vez terminada la batalla.

La tregua se selló en el acto, pues un bramido feroz resonó en la cubierta del barco principal.

Un minotauro acorazado cargó por la pasarela con los cuernos gachos, embistiendo a los soldados calishitas y empalando a uno de ellos contra los barriles. [[Thromm]] se interpuso en su trayectoria, canalizando un *Rayo guiado* con la energía fulgurante de la serpiente sagrada: el proyectil de luz atravesó el pecho de la bestia, derribándola sin vida sobre las tablas.

Alad el Tronador saltó entonces desde la cofa. Se despojó de sus ropajes de cuero, revelando unas alas coriáceas y una musculatura cubierta de escamas de un azul eléctrico reluciente.

Rim tejió un *Patrón hipnótico* que dejó paralizados a dos hombres chacal en el muelle, pero Alad ignoró el hechizo. Invocando la sangre de su amo, el semidragón abrió las fauces y exhaló una línea de relámpagos crepitantes que cruzó la cala: la descarga calcinó a varios combatientes, quebrando los maderos y arrojando a Thromm contra el suelo entre chispas ardientes.

[[Thane Marrok|Thane]] cargó a través del humo. Cruzó sus espadas contra las garras de Alad, recibiendo un zarpazo brutal en el hombro mientras Trankus abatía a un escorpión gigante que intentaba arrastrar a la capitana pirata.

Rim castigó la soberbia del lugarteniente con una *Burla cruel* que quebró su concentración, y Samael remató la faena desde la borda: una andanada de proyectiles mágicos taladró el pecho escamoso de Alad. El campeón del dragón cayó de espaldas al agua, tiñendo las ondas con su sangre azulada.

El combate cesó con la rendición de los últimos piratas.

Pese a la urgencia de preparar las defensas antes del retorno de Rashin, Haidar Shen se negó en redondo a abandonar los cuerpos de sus hombres caídos. Con ademán solemne, el noble ordenó a sus guardias envolverlos en sudarios y cavar fosas en la arena alta de la cala, rindiéndoles los honores debidos según las costumbres de su tierra.

Mientras tanto, la compañía registró los almacenes navales. Samael descubrió dos barriles de pólvora calishita intactos; Trankus se hizo con redes pesadas de abordaje y frascos de aceite inflamable, y revisaron las balistas montadas en las amuras de los barcos.

Agotado por las descargas, Thane se sumergió en el agua cristalina bajo el casco del bergantín, valiéndose del amuleto de [[Umberlee]] para respirar en la profundidad. En el lecho marino sintió un roce helado e ingrávido, como si unas manos invisibles acariciasen sus piernas intentando arrastrarlo hacia la sima; la presencia se desvaneció antes de poder distinguirla, dejándole un escalofrío en la médula.

A media tarde, la trampa quedó dispuesta.

Una barcaza cargada con pólvora y brea fue fondeada en el centro de la bocana del puerto, oculta bajo redes de pesca. Las balistas de cubierta fueron orientadas hacia el corredor aéreo por donde debía entrar la bestia, y los soldados se dispersaron tras los muros de roca para no ofrecer un blanco agrupado al aliento de relámpago.

De pronto, un trueno sin nubes retumbó sobre el mar.

El aire se cargó de ozono hasta hacer cosquillear la piel. Desde el cielo del sur descendió una ráfaga huracanada y, entre el crepitar de relámpagos vivos, Rashin Al-Hazir irrumpió en la gruta.

Era un dragón azul imponente, de cuerno único y afilado, cuyas alas generaban remolinos de agua al batir sobre la cala. Sus ojos chispeaban con furia homicida.

—¡Ladrones! —rugió la bestia, posando sus garras sobre el bauprés del bergantín y encarándolos con las fauces encendidas de electricidad—. ¡Habéis tocado mi tesoro y pagaréis con vuestra carne cada moneda!

### Capítulo XXXIX — La caída de Rashin

La cala de [[Escau]] se convirtió en una trampa de truenos y salitre.

[[Rashin Al-Hazir]] sobrevoló los mástiles de los bergantines, batiendo sus alas con un estrépito que levantaba torbellinos de espuma. Cuando la bestia descendió en picado para arrasar el muelle con su aliento eléctrico, la compañía activó la emboscada: las balistas dispararon cables trenzados y redes pesadas que se enredaron en el ala izquierda del reptil, desestabilizando su vuelo y obligándolo a rozar la barcaza trampa.

[[Samael]] no perdió un instante: un rayo ígneo detonó los barriles de pólvora calishita en una explosión cegadora de fuego y humo negro que quemó el vientre escamoso de la criatura.

El dragón azul aulló de rabia y dolor. Cayó sobre el agua poco profunda de la bocana, revolviéndose con dentelladas salvajes y coletazos que partieron los pilotes del pantalán.

Comprendiendo que la posición estaba perdida y que sus huestes habían sido diezmadas, Rashin intentó desplegar sus alas chamuscadas para ganar altura y escapar hacia el mar abierto.

—¡No lo dejéis alzar el vuelo! —gritó [[Haidar Shen]], corriendo por el malecón mientras apretaba el brazalete rúnico con ambas manos.

[[Trankus Trenkins|Trankus]] encajó una saeta sombría en su arco y disparó a la coyuntura del ala. Samael concentró una ráfaga incesante de proyectiles mágicos que taladraron el costado de la bestia, mientras [[Thromm]] invocaba a la [[Sierpe Arcoíris]]: una plegaria radiante guió un impacto demoledor directo a la base del cuello del monstruo, abriendo una brecha entre las escamas más gruesas.

El dragón se estremeció en una convulsión violenta.

Con la bestia quebrada por el dolor, Haidar canalizó la magia milenaria del brazalete de su casa. Una llamarada de luz dorada brotó de las runas, envolviendo el cuerpo colosal de Rashin en una red de cadenas espirituales.

La mole azul comenzó a menguar con un crujido espantoso de huesos y tendones: las alas se replegaron en hombros estrechos, las garras se tornaron en dedos y el hocico temible retrocedió hasta dibujar las facciones afiladas de un joven humano de tez cetrina. Con un último quejido, Rashin Al-Hazir cayó al mar convertido en hombre, debatiéndose entre las olas para no ahogarse.

[[Rim]] conjuró una barca ligera y los aventureros remaron hasta él. Thane descargó el pomo de su espada en la nuca del corsario, dejándolo inconsciente en el acto, y Haidar le aseguró los dos grilletes encantados en las muñecas, sellando su condición humana de forma irrevocable.

El pasha examinó al cautivo con amarga satisfacción.

—Las reliquias de mi familia regresarán a Calimport —declaró Haidar—. Cumpliré mi juramento: los hombres caídos recibirán descanso en esta tierra y vosotros tendréis el honor de entregar a esta alimaña al tribunal naval.

En la armería de la base, asegurada tras una puerta blindada que Rim logró desatascar mediante un encantamiento de animación, hallaron quinientas monedas de oro, un bastón de pitón que zumbaba con magia serpentina y una coraza de placas de marinero finamente articulada. [[Thane Marrok|Thane]] ajustó la armadura a su torso, descubriendo que el acero encantado le otorgaba la misma ligereza para nadar que para combatir en tierra firme, además de sanar sus heridas al sumergirse.

El reparto fue justo: Haidar recuperó los tesoros patrimoniales de su estirpe y la compañía conservó el oro, las reliquias menores y la custodia del prisionero.

Subieron a Rashin a bordo de su navío y soltaron amarras rumbo al norte.

La travesía hacia las aguas de Waterdeep los condujo hasta las proximidades del [[Bastión]]. La llave para abrir sus muros yacía encadenada en su bodega, y el destino de Jack Spark aguardaba en las entrañas de la roca más inexpugnable del continente.

### Capítulo XL — Los tres niveles del Bastión

En mitad de un mar encrespado por corrientes traicioneras, el [[Bastión]] se alzaba sobre un peñasco ciclópeo como una fortaleza esculpida en obsidiana.

La armada de Waterdeep vigilaba cada palmo de las aguas circundantes. Dos galeones de guerra, bajo la enseña del almirantazgo, cerraron el paso al navío del grupo; pero al exhibir la bandera de la ciudad libre y mostrar en la borda a [[Rashin Al-Hazir]] encadenado y reducido a forma humana, los oficiales de guardia bajaron los cañones y les franquearon el acceso al muelle militar.

Junto a los atracaderos oficiales descansaba una embarcación insólita.

Era un velero negro de líneas esbeltas, con velas de seda gris ceniza, filigranas de oro en la borda y un mascarón de proa con la efigie de un lobo rugiente. Lo más desconcertante era la ausencia total de rueda o timón en la toldilla. Mientras amarraban, las jarcias y las drizas del navío negro oscilaron con suavidad en una brisa inexistente, como si el barco respirara, y en los oídos de [[Rim]] resonó un lamento femenino, tenue y cargado de una melancolía que no pertenecía al plano material.

—Es la nave de un prisionero llegado hace semanas —dejó escapar un carcelero mientras conducían al cautivo—. Dicen que no necesita agua para navegar... que puede surcar las nubes y cosas peores.

El complejo del Bastión operaba como una maquinaria implacable. En las almenas patrullaban guardianes escudo de bronce, enormes autómatas que respondían a un pulso arcano invisible. En lo alto de la torre de mando, [[Trankus Trenkins|Trankus]] distinguió la silueta de un elfo rubio, vestido con jubón de terciopelo y un collar de engranajes mecánicos: Argalen, el Ladrón de Secretos, alcaide supremo de la prisión.

En la antesala del segundo nivel, los guardias exigieron la entrega formal de todas las armas, focos mágicos e instrumentos.

Rim montó en cólera de forma calculada, protestando por el cuidado de su violín negro y retrasando la inspección mientras [[Samael]] fingía torpeza al entregar sus saquillos. Aprovechando el desconcierto de los oficiales, Trankus se deslizó como una sombra por una escalera de servicio que conducía al despacho del registro.

En la estancia desierta, tras mover un tomo titulado *Saber arcano: secretos y secretos*, un paño de pared giró sin ruido, revelando un corredor oculto. Al fondo divisó una cámara sellada por un muro de fuerza prismática donde reposaba un cofre blindado; sin tocar nada para no activar alarmas, el pícaro memorizó el emplazamiento y regresó a la fila antes de que los carceleros advirtieran su ausencia.

Despojados de su equipo, los aventureros fueron conducidos a la galería circular del segundo nivel, bajo el efecto opresivo de una zona de verdad permanente.

Allí presenciaron un interrogatorio que heló la sangre de los presentes.

Ante una celda reforzada con runas luminosas, un ser de belleza sobrenatural y alas de luz —[[Varuna]], un deva al servicio del dios Pholtus— mantenía aprisionado con ataduras radiantes a [[Jerot Galgin]], un nigromante calvo cuya piel oscura estaba cubierta de tatuajes que representaban un ojo y una mano cercenada.

—¿Dónde está la herida? —exigía el deva con voz de trueno.

—La [[Aguja de la Fractura|Aguja]] no es un lugar... —gimió el hechicero con una risa desquiciada entre los tormentos de la luz—. Es una herida cósmica convertida en herramienta... el punto exacto donde la realidad jamás cicatrizó. Mi señor Vecna la necesita para recomponer su vara y quebrar el velo de los mundos. [[Jack Spark]] es solo el instrumento... la llave que camina... el único capaz de abrir las puertas donde la fractura responde...

Jerot se desplomó inconsciente.

Aprovechando la soledad del corredor, el grupo mostró discretamente a Varuna sus intenciones: necesitaban a Jack Spark para alcanzar el reflejo oscuro de Mintarn en la muerte. El deva admitió que la locura se había adueñado del Bastión desde la llegada del pirata; Argalen bajaba a diario para arrancarle secretos a Jack sin conseguir quebrar su silencio, y varios presos habían desaparecido en circunstancias inexplicables.

—Si vais a bajar al tercer nivel, necesitaréis esto —dijo Varuna, entregándoles una llave cúbica de hierro negro—. Abrid el sello, encontrad a Jack y averiguad dónde oculta la Aguja antes de que caiga en manos de los no muertos. Si regresáis con la respuesta, os sacaré de este pozo.

Cuando la compañía tomó la llave, Jerot Galgin entreabrió sus ojos vidriosos y susurró una última advertencia con aliento pestilente:

—Ã‰l viene... y de esta tumba no saldrá nadie vivo.

### Capítulo XLI — La llave que camina

La llave cúbica entregada por [[Varuna]] encajó en el receptáculo con un giro suave.

El mecanismo desactivó una veintena de cuchillas y resortes de presión a lo largo del pasadizo secreto, abriendo la puerta blindada hacia el tercer nivel del [[Bastión]]. Al otro lado se abría una sala abovedada en cuyo centro, sobre un estrado de mármol frío, reposaba una esfinge de porte majestuoso, con plumaje enjoyado y ojos dorados que parecían traspasar la carne: [[Rao]], la guardiana de los secretos.

Al verlos entrar, la esfinge fijó su mirada en ellos. Con una sola palabra resonando en sus mentes, expuso las culpas que cada uno arrastraba: aludió a las pérdidas y alianzas amargas de [[Thromm]] y sondeó las barreras arcanas con las que [[Samael]] custodiaba sus recuerdos más remotos.

—No soy la carcelera de [[Jack Spark]] —dijo Rao con voz profunda y serena—. Soy quien evita que los carroñeros devoren su mente. Argalen baja a este foso cada medianoche, enloquecido por hallar la [[Aguja de la Fractura]], pero Jack se encerró por propia voluntad.

Suspendida en el centro de la bóveda colgaba una jaula esférica de hierro frío. En su interior, un hombre joven de aspecto desgarbado, pelo revuelto y camisa deshilachada descansaba con las piernas cruzadas. En el cuello lucía una marca grabada a fuego, un sello arcano vinculado a [[Tasha]], la reina bruja.

Rao disipó el campo de silencio que aislaba la celda.

—No pienso moverme de aquí —masculló Jack con una mueca burlona—. Esta jaula es el único rincón del multiverso donde los cobradores de deudas no pueden echarme mano.

Antes de que [[Rim]] pudiera replicar, un temblor descomunal sacudió los cimientos del Bastión.

Desde las plantas superiores llegaron estallidos de artillería, alaridos de guardias y un hedor insoportable a carroña marina descompuesta. Rao se irguió sobre sus garras, con las alas desplegadas:

—La muerte ha quebrado los muros exteriores —advirtió la esfinge—. Debéis sacar a Jack de esta fortaleza de inmediato. Su timón aguarda en el cofre oculto de la antecámara. ¡Marchaos! Yo contendré a las sombras en este nivel.

Corrieron hacia la cámara secreta del piso intermedio. El muro de fuerza que sellaba el arcón se había desvanecido con la alarma general. Al levantar la pesada tapa de roble, [[Trankus Trenkins|Trankus]] y [[Thane Marrok|Thane]] retrocedieron asqueados por una vaharada de azufre y podredumbre.

Dentro del cofre descansaba la rueda de timón del navío negro, tallada en madera oscura con incrustaciones doradas, y el estoque de acero negro de Jack. Pero debajo de los objetos yacía un cadáver en avanzado estado de descomposición: las vestiduras de terciopelo y el collar de engranajes no dejaban lugar a dudas. Era el auténtico Argalen, asesinado semanas atrás.

El elfo que comandaba la fortaleza desde la torre era un usurpador.

Jack recuperó su estoque con un destello de complicidad y Trankus cargó el timón a la espalda. Al irrumpir en la galería circular, el penal era un infierno desatado: los autómatas guardianes escudo se habían vuelto contra los soldados, abatiéndolos a golpes de mazo, mientras hordas de nóticos de un solo ojo surgían de las alcantarillas drenando la cordura de los supervivientes.

Sin armas, la fuga era un suicidio. Thane cargó contra la puerta de la armería blindada y, usando un pesado escudo carcelario como ariete, reventó el pestillo. Recuperaron espadas, arcos, el libro de conjuros de Samael y el violín negro de Rim.

En mitad del motín de las celdas, una mole corpulenta comenzó a vitorear desde un calabozo lateral:

—¡Por los Salones del Valhalla! ¡Sabía que vendríais a por mí!

Era [[Botas]], el viejo corsario ogro de Tetris. Empujó una losa falsa en el fondo de su celda, revelando un túnel angosto excavado pacientemente en la roca viva.

—Llevo meses picando esta piedra con una cuchara de peltre —gruñó el ogro con una carcajada de triunfo—. ¡Por aquí se sale al acantilado!

Los nóticos se abalanzaron sobre el pasillo con miradas psíquicas abrasadoras. Varuna descendió en un haz de luz resplandeciente, segando a dos aberraciones con su espada de fuego solar:

—¡Buscad la Aguja! —ordenó el deva al grupo—. ¡Cumplid vuestra promesa!

Un portal de luz envolvió a la criatura celestial y desapareció del plano.

Rim animó una pesada puerta de hierro para cortar el avance de los monstruos, mientras las piedras del techo comenzaban a desplomarse bajo el bombardeo naval. Uno tras otro, arrastrándose tras la corpulencia de Botas y guiados por Jack, los fugitivos se internaron por la galería subterránea hasta emerger en las rocas batidas por la tormenta exterior.

### Capítulo XLII — El falso director

La salida del túnel escupió a los fugitivos a una cornisa azotada por el vendaval y la lluvia salada.

El [[Bastión]] ardía por sus cuatro costados. Sobre las murallas exteriores llovían andanadas de fuego naval disparadas por los galeones de Waterdeep, empeñados en hundir la fortaleza entera antes que permitir que los secretos de Vecna escapasen al mar. En la bocana del muelle, una aberración colosal emergía de las profundidades: un leviatán putrefacto, una masa titánica de carne muerta y tentáculos hinchados por la carroña que golpeaba los baluartes con la fuerza de un ariete.

En lo alto de la torre en llamas se erguía el falso alcaide.

Al desprenderse de su disfraz ilusorio de elfo aristócrata, reveló su verdadera naturaleza: un arcanoloth, un infernal con cabeza de chacal y ojos como ascuas de azufre, que sostenía en una garra el collar mecánico con el que dirigía a los autómatas guardianes escudo en una carnicería sistemática de la guarnición.

—¡Al barco! —gritó [[Jack Spark]].

De la espalda del pirata brotaron de súbito dos gigantescas alas espectrales de plumas negras, oscuras como la noche más profunda. Aferrando el timón de oro y roble contra su pecho, Jack se elevó sobre el abismo batiendo las alas hacia el muelle militar. [[Thromm]] reconoció en aquel plumaje la impronta inconfundible de la Reina Cuervo, un vínculo ancestral que el propio Jack parecía rechazar mientras el sello de [[Tasha]] en su garganta brillaba con un fulgor escarlata.

El arcanoloth advirtió el vuelo y se teletransportó en un estallido de humo sulfuroso hacia el malecón para cortarles el paso.

El derrumbe de un torreón cortó el acceso terrestre hacia los pantalanes. [[Rim]] actuó con presteza: conjuró y animó un pesado tablón de roble flotante, convirtiéndolo en una balsa improvisada que avanzaba veloz sobre el oleaje embravecido. [[Samael]] invocó magia de vuelo sobre sí mismo y sobre [[Botas]], elevando la pesada mole del ogro por encima del agua mientras [[Trankus Trenkins|Trankus]] y [[Thane Marrok|Thane]] disparaban y cubrían la retaguardia desde la balsa.

El leviatán descargó un coletazo sobre las aguas, arrojando una marea de lodo cadavérico que quemó las carnes de los aventureros con frío nigromántico.

En la toldilla del navío negro, Jack encajó el timón en su pedestal. Un chasquido mecánico resonó en el casco: las velas grises se desplegaron solas y los maderos gimieron como un ser vivo que despierta de un letargo milenario.

Samael y Botas descendían hacia la borda cuando el arcanoloth irrumpió en el muelle.

El infernal abrió con su garra un tomo encuadernado en piel humana: el libro de las almas. Un vórtice de runas hambrientas se abrió en el aire, arrojando zarcillos de sombra directamente hacia el corsario ogro.

—¡Samael! ¡Cuidado! —bramó Botas, interponiendo su enorme corpachón para proteger al mago.

La trampa mágica no buscaba carne, sino espíritu. El vórtice atrapó a Botas: el cuerpo colosal del ogro se difuminó en un remolino de humo gris que fue succionado implacablemente hacia las páginas abiertas del grimorio. El tomo se cerró de golpe con un chasquido seco de cadenas etéreas.

Botas había sido absorbido, atrapado en las cárceles de papel del demonio.

El arcanoloth alzó la mirada con una sonrisa monstruosa mientras los guardianes escudo cargaban hacia la pasarela del navío. Aislados entre el fuego naval, los autómatas y el leviatán, la compañía alcanzó la cubierta del barco negro dispuesta a vender caras sus vidas.

### Capítulo XLIII — El barco negro

El muelle del [[Bastión]] se deshacía bajo los cañonazos de la armada y los coletazos del leviatán.

[[Trankus Trenkins|Trankus]] resbaló en los maderos empapados y cayó al agua helada; [[Thromm]] invocó a sus *Espíritus guardianes*, formando una barrera luminosa que repelió a los nóticos mientras izaban al semielfo por la escala de cuerda.

La masa tumefacta del leviatán muerto viviente emergió junto a la borda. Sus tentáculos de carne agusanada atraparon la balsa animada de [[Rim]], estrujando la madera como si fuera paja y alzándose sobre la cubierta para aplastar el combés.

[[Thane Marrok|Thane]] se abalanzó hacia el costado de babor: la Hoja del Río trazó un arco de agua encantada que cortó los tentáculos principales y empujó la mole del leviatán hacia atrás. [[Samael]] reconoció de inmediato la naturaleza del engendro: inmune al veneno y al miedo terrenal, pero vulnerable a la dominación mental. Fijando sus ojos en la masa de ojos lechosos del monstruo, el mago susurró una *Sugestión* cargada de poder arcano, ordenándole sumergirse y alejarse hacia el océano abierto durante ocho horas.

La aberración lanzó un gorgoteo fétido, dobló su lomo putrefacto y se hundió en los abismos marinos, dejando un rastro de espuma amarillenta.

—¡A los puestos! —bramó Thane, asumiendo el mando del barco con el instinto del marinero veterano—. ¡Trankus a las drizas! ¡Thromm a la pasarela!

En la toldilla, [[Jack Spark]] aferró el timón con ambas manos.

Al sincronizarse con la voluntad del pirata, el barco negro cobró vida plena: las amarras se desataron solas, cayendo al agua como serpientes dóciles; el mascarón del lobo aulló con un gemido de bronce y las velas grises se inflaron con un viento de origen invisible.

El arcanoloth no estaba dispuesto a dejarlos marchar.

Teletransportándose a la balaustrada de popa, el infernal descargó un rayo de energía purpúrea directo al pecho de Samael. El impacto fue mortal: el cuerpo del mago salió despedido contra el timón, quebrando sus huesos y extinguiendo su aliento. Pero antes de que el alma abandonase la envoltura terrenal, el amuleto maldito que Samael portaba al cuello brilló con una chispa violácea: el pacto que lo ataba a su condición de renacido desafió a la muerte, devolviéndolo a la consciencia con una bocanada de aire helado.

Rim maniobró con la cuerda mágica para asegurar a Samael mientras Thane degollaba a los dos últimos nóticos que intentaban trepar por el coronamiento.

—¡Sujetaos a lo que podáis! —gritó Jack con una carcajada salvaje entre los relámpagos—. ¡No hay puerto para nosotros en este plano!

El pirata giró la rueda con violencia. En la proa del barco, el aire de la tormenta se rasgó en una brecha vertical de luz azulada y violeta: un portal planar inestable que vibraba con la furia de una galerna cósmica. Samael, arrastrándose malherido hasta la base del mástil, canalizó su energía residual sobre el nudo del portal, actuando como un ancla arcana viviente que estabilizó la apertura antes de que colapsara.

Bajo una última andanada de proyectiles que astilló las murallas del Bastión a sus espaldas, el barco negro navegó directo hacia el vórtice.

La fortaleza en llamas, los galeones de Waterdeep y las aguas del Mar de las Espadas desaparecieron en un estallido de silencio absoluto. La nave cruzó el umbral entre las dimensiones, adentrándose en las corrientes del multiverso.

### Capítulo XLIV — Las ruedas de Mecanus

El paso interplanar no ofreció la calma de las aguas tranquilas, sino una tormenta de fuerzas centrífugas que amenazaba con desencajar cada cuaderna del barco negro.

De pronto, la niebla dimensional se disolvió en un horizonte vertiginoso de bronce, hierro pulido y engranajes colosales que giraban con la precisión matemática de un reloj infinito. La nave chocó contra los dientes de una rueda dentada del tamaño de una montaña: el casco encalló con un crujido ensordecedor y los aventureros salieron despedidos sobre plataformas flotantes de metal frío.

Estaban en [[Mecanus]], el plano del orden absoluto.

En cuestión de segundos, decenas de modrones —pequeños autómatas esféricos y cúbicos con extremidades mecánicas— marcharon hacia ellos chasqueando engranajes. Comprendiendo la naturaleza del reino, [[Rim]] proyectó ilusiones pacíficas y el grupo depuso las armas, demostrando que la colisión había sido un accidente involuntario. Los modrones cesaron su hostilidad y comenzaron a reparar las muescas del engranaje con diligencia implacable.

Entre las ruedas dentadas aparecieron dos figuras singulares de estatura menuda.

Uno era [[Metrónomo Relojatiempo]], un artífice gnomo ataviado con lentes de aumento y cinturones repletos de herramientas de precisión. A su lado caminaba un gnomo de barba blanca y ojos chispeantes de sabiduría arcana: [[Bigby]], el legendario archimago de los Ocho, quien auxilió en las tareas de salvamento invocando una gigantesca mano translúcida de fuerza pura.

Las noticias no eran halagüeñas para el barco de [[Jack Spark]].

—Las cuadernas dimensionales están combadas —dictaminó Metrónomo tras examinar la quilla—. Se requerirán meses de calibración en las forjas de Primus para que este navío vuelva a surcar los planos.

El grupo expuso la urgencia de su encargo: debían alcanzar el [[Asentamiento del Abismo]], el reflejo sombrío y putrefacto de [[Mintarn]] en las profundidades de [[Shadowfell]], para devolverle a [[El Tirano]] su corazón maldito y quebrar su inmortalidad.

Bigby asintió con gravedad.

—No podéis esperar a que la nave sane —dijo el archimago—. Yo abriré una puerta planar en la linde de ese páramo.

De su faltriquera extrajo una joya de fulgor lechoso: la Perla del Retorno Anclado.

—Llevadla con vosotros —indicó Bigby a [[Samael]]—. Si rompéis esta perla en mitad de la pesadilla, os arrancará de la sombra y os devolverá al plano material junto a ocho compañeros que os toquen, en un lugar seguro.

Durante el descanso obligado entre los engranajes, Bigby tomó bajo su tutela a Samael. Reconociendo en el mago renacido la disciplina de las artes antiguas, le transmitió los secretos del conjuro de la *Mano de Bigby*, permitiéndole incorporar la famosa invocación de fuerza a su grimorio.

Jack Spark los acompañó hasta la plataforma del portal, pero advirtió que no cruzaría.

—Shadowfell es la tierra de la Reina Cuervo —confesó el pirata, tocándose con amargura la cicatriz que [[Tasha]] le había grabado en el cuello—. En otro tiempo... fue mi madre. Pero me negué a ser su sombra. Tasha me arrancó de su manto, y si pongo un pie en sus dominios, sus cuervos me devorarán.

Antes de despedirse, Jack les reveló la visión que guardaba en su memoria sobre la [[Aguja de la Fractura]]:

—No busquéis un templo corriente. La Aguja reposa en una catedral ciclópea construida en el interior de las fauces de un dios muerto, en los confines de la nada astral. Solo un navegante que conozca las corrientes de la muerte puede llevaros hasta allí.

Bigby advirtió que el Asentamiento del Abismo estaba sumido en una guerra a tres bandas: los shadar-kai resistían atrincherados tras murallas de hierro, las legiones del Tirano asediaban las puertas, y una nueva soberana de la noche, [[Lilith Báthory]], la Reina de la Sangre, alzaba un trono de espanto sobre los huesos de los no muertos.

Para cruzar las líneas enemigas sin ser masacrados al llegar, la compañía preparó disfraces macabros. Samael cedió a [[Thane Marrok|Thane]] el amuleto maldito de renacido para asegurar su supervivencia en el choque venidero, mientras activaban tres talismanes de los Arpistas que envolvieron sus figuras en ilusiones cadavéricas. Rim, valiéndose de su condición de cambiaformas, mudó su piel hasta asemejar la palidez marchita de un zombi reciente.

Con el aspecto de espectros y el corazón firme, los cinco aventureros dieron un paso al frente.

El portal de Bigby se abrió ante ellos como una grieta de frío absoluto. Dejando atrás la simetría de Mecanus, se precipitaron hacia el abismo de sombras donde las almas jamás descansan.

## Parte IV — Donde las almas no descansan

### Capítulo XLV — Los cuatro tributos

El portal los arrojó sobre una orilla de arena cenicienta donde el oleaje moría sin espuma.

El aire de [[Shadowfell]] pesaba en los pulmones como una gasa húmeda y fría. La luz no procedía de un sol visible, sino de una penumbra grisácea que despojaba a los colores de su intensidad, apagando el brillo del acero y tornando la piel en tonos cetrinos. El mar, de una quietud espectral, no devolvía el reflejo de sus rostros al asomarse. Una apatía sorda, una melancolía que invitaba a dejarse caer y olvidar todo propósito, comenzó a filtrarse en los espíritus de la compañía.

Un cuervo de plumaje azabache graznó desde lo alto de una rama calcinada. Al batir las alas, una brisa gélida disipó la bruma costera, señalándoles un sendero pedregoso que ascendía hacia el interior.

Siguiendo el vuelo del ave, alcanzaron un calvero presidido por cuatro estatuas ciclópeas de piedra oscura. Las efigies, encapuchadas y desprovistas de rostro, sostenían grandes cuencos de basalto ante sus pechos. En los pedestales, grabadas en caracteres élficos antiguos, relucían inscripciones que exigían tributos para franquear el paso hacia la ciudad: sangre viva, un último aliento, el peso de un recuerdo que atormentase el alma y lágrimas sinceras nacidas del vacío.

[[Thane Marrok|Thane]], intentando tantear el mecanismo sin derramar sangre, vació el contenido de su petaca de licor en uno de los recipientes.

El sacrilegio despertó las defensas del santuario. La tierra se agrietó y de la arena brotaron docenas de manos esqueléticas y vapores necróticos que atenazaron los tobillos de los aventureros, arrastrándolos hacia el suelo mientras sombras danzantes se arremolinaban sobre sus cabezas.

—¡Son tributos reales! —gritó [[Samael]], rechazando a un espectro con un escudo de abjuración—. ¡Exigen sacrificios auténticos!

Comprendiendo el error, actuaron con urgencia en mitad del combate.

Samael tomó una daga y recogió la sangre que manaba de una herida reciente en el brazo de [[Trankus Trenkins|Trankus]], vertiéndola en el primer cuenco: la piedra absorbió el tributo escarlata y el brazo de la primera estatua descendió con un chasquido.

Thane se inclinó sobre el segundo cuenco, pegó sus labios al borde de piedra y exhaló una bocanada larga y profunda de su propio aire vital. Un frío mortal le atenazó el pecho; el espadachín cayó de rodillas, temblando por un agotamiento agudo que le vació los músculos, pero el segundo cuenco quedó satisfecho.

[[Thromm]] se aproximó a la tercera efigie, cuyo lema reclamaba aquello que debía dejar de persistir en la memoria. El clérigo sumergió el rostro en el cuenco oscuro.

Un dolor punzante le atravesó las sienes. Algo intangible y precioso fue arrancado de su mente como un hilo de seda cortado a tijera. Al apartar el rostro, Thromm pestañeó desorientado: recordaba a su hijo [[Shaun]] y recordaba la huida de su aldea, pero el deber apremiante que durante meses había martilleado su corazón —la búsqueda desesperada de su esposa cautiva— se había esfumado por completo, sustituido por una calma vacía e inquietante. Ya no recordaba que debía salvar a nadie más.

[[Rim]] se plantó ante el cuarto cuenco. Cerrando los ojos, el bardo evocó las vidas fragmentadas de su pasado, las partituras quemadas y la tragedia de las almas arrebatadas por la codicia del multiverso. Dos lágrimas brotaron de sus pestañas y cayeron en el recipiente de basalto.

Las manos espectrales del suelo se deshicieron en polvo y las sombras regresaron al vacío.

Las inscripciones de las peanas brillaron con una luz pálida, revelando fragmentos del dogma de la Reina Cuervo: la diosa que había sangrado como mortal antes de reinar sobre la muerte, que aguardaba el último aliento de los dioses caídos y que aborrecía a los no muertos por desafiar el ciclo natural del destino.

El cuervo volvió a alzar el vuelo, cruzando una colosal muralla de zarzas espinosas que se extendía de horizonte a horizonte como una barrera impenetrable.

Al aproximarse a las espinas, descubrieron que no había portón. En mitad del seto brotaban dos ojos ciclópeos y amarillentos: la muralla cobró forma en un anciano titánico cuyo cuerpo estaba fusionado con las raíces de zarza.

—Mostradme vuestros dientes —exigió el guardián vegetal con una voz que sonaba como corteza crujiente—. Los colmillos de la nueva reina no cruzarán este cerco.

Rim moduló su apariencia para ocultar cualquier rasgo afilado y los talismanes de los Arpistas cubrieron al resto del grupo con un halo de muerte corriente. Satisfecho con la inspección, el gigante abrió una brecha entre las espinas, advirtiéndoles que la ciudad había caído en manos de cuatro señores tras la muerte de Panzer, y que solo con el beneplácito de todos ellos podrían franquear la gran muralla interior que protegía el descenso a las profundidades.

Los aventureros cruzaron la abertura.

Ante ellos se extendían las calles adoquinadas, las torres derruidas y las dársenas cenicientas del [[Asentamiento del Abismo]]. Mintarn respiraba a través de una máscara de podredumbre, y la sombra de la muerte comenzaba a cerrar sus fauces sobre sus pasos.

### Capítulo XLVI — La sombra de Mintarn

El [[Asentamiento del Abismo]] era una parodia fúnebre de la ciudad que creían conocer.

Los mismos muelles de piedra, las mismas cuestas empedradas y las mismas tabernas de [[Mintarn]] se repetían bajo una luz mortecina, pero donde antaño florecía el comercio libre, ahora patrullaban falanges de esqueletos acorazados y guerreros espectrales pertenecientes a las [[Tropas del Juez]]. En las almenas graznaban gárgolas aladas y en las esquinas se apiñaban carretas donde vampiros procedentes del enclave de Noche Eterna comerciaban con viales de sangre tibia.

Una mercader pálida llamada Sángora les confirmó el equilibrio precario del asentamiento: cuatro señores gobernaban los distritos, mientras en las profundidades de la sima central [[Lilith Báthory]], la Reina de la Sangre, alzaba un trono de pesadilla y asediaba a [[El Tirano]], quien resistía atrincherado en los niveles inferiores.

Mientras discutían el modo de acceder al descenso interior, un susurro arrastrado por la brisa marina heló la sangre de [[Trankus Trenkins|Trankus]].

El pícaro avanzó hipnotizado hacia las dársenas secundarias. Allí, amarrado a pilotes de hierro y sujeto por cadenas gruesas que se hundían en el fango abisal, yacía un galeón de maderos carcomidos y velas andrajosas. Trankus apoyó la palma sobre la borda, sintiendo el crujido familiar del roble: era la *Santa Bárbara*, el barco de su juventud, el hogar flotante donde había servido antes de que la codicia quebrara su vida.

En ese instante, el medallón de [[Umberlee]] en el pecho de [[Thane Marrok|Thane]] mudó de su azul marino a un violeta encendido: el metal ardió contra su piel con un pulso frenético y una voz cavernosa susurró en su mente, instándolo a buscar las respuestas en el distrito de las Reliquias.

Un alarido quebró la penumbra del muelle. Dos descomunales nagas óseas emergieron de las aguas turbias, decapitando a un pescador de un zarpazo y arremetiendo contra los centinelas espectrales.

La compañía se lanzó al combate. [[Thromm]] invocó la luz sagrada para pulverizar a una de las bestias cadavéricas, cuyos huesos estallaron en astillas quebradizas, mientras Thane y [[Samael]] contenían a la segunda naga con acero y fuego defensivo.

Desde el castillo de proa de la *Santa Bárbara*, empuñando una maza ensangrentada, saltó una orca corpulenta cuya carne marchita revelaba la palidez de los no muertos.

—¡Apartaos de mi barco! —rugió la guerrera antes de clavar sus ojos muertos en el rostro del pícaro—. ¿Trankus?

—[[Zoga]]... —susurró Trankus, bajando el arco con la voz rota.

La antigua contramaestre lo examinó con un rictus que intentaba ser una sonrisa. Relató que solo cuatro miembros de la vieja tripulación subsistían en aquel purgatorio: ella misma, el Viejo Fishtemodi, Englo el Rufián y su capitán, [[Greenwood Seahawk]].

—El capitán está abajo —explicó Zoga, señalando con la maza hacia la gran sima de la ciudad—. El Tirano lo mantiene esclavizado en las profundidades para coordinar a sus huestes. Yo juré custodiar la *Santa Bárbara* hasta que regrese. Si queréis romper esas cadenas y bajar al abismo, debéis hablar con el Juez. Es el único señor de este foso al que aún le importan las almas que defienden la ciudad.

El grupo aceptó el consejo. Dejando atrás la nave encadenada, enfilaron la gran avenida que conducía hacia el cuartel general del puerto.

Sin embargo, al doblar una plaza cubierta de adoquines agrietados, una música estrafalaria, disparatada y alegre quebró la pesadumbre del aire. Una densa bruma de colores chillones comenzó a deslizarse entre los edificios, arrastrándolos hacia la entrada de una carpa colosal de lona remendada donde payasos con máscaras grotescas hacían malabares con cuchillos envenenados.

La sombra del circo se abrió ante ellos, y el descenso al cuartel quedó suspendido en el aire.

### Capítulo XLVII — El circo de Tasha

El interior de la carpa desafiaba la lógica del plano de las sombras.

Bajo un dosel de terciopelo púrpura y linternas flotantes que despedían destellos de colores imposibles, la bruma cenicienta se tornaba en perfume de violetas y confeti dorado. En lo alto de un trapecio de seda descansaba [[Tasha]], la reina bruja, ataviada con ropajes elegantes y una sonrisa afilada. A su lado, cepillándole el cabello con ademán sumiso, se encontraba una joven de cabellos cobrizos y mirada melancólica: [[Helene]], la antigua corsaria ligada al pacto infernal de [[Skadaurak]].

—Habéis tardado demasiado en cruzar el foso —dijo la archifata, descendiendo en una espiral de risas ingrávidas—. Pero no podéis tocar a mi protegida. Helene pertenece a mi aquelarre, y ningún diablo de los Nueve Infiernos pondrá una garra sobre ella.

Tasha exigió la moneda de alma que la compañía custodiaba. Al arrojarla al suelo, el metal ardió en llamas sulfurosas y la [[Consorte de Asmodeo]] emergió entre el humo con su porte infernal, reclamando el cumplimiento del contrato original que exigía la entrega de Helene para la Guerra de la Sangre.

El duelo dialéctico entre la diablesa y la archifata fue mordaz y tenso.

Tasha reveló su jugada: una hermana de la Consorte, la paladina [[Elistrae]], había sido capturada por [[Asgorath]], siervo del señor demoníaco Orcus en el distrito del Descenso. Su fuego sagrado e infernal estaba siendo drenado para insuflar vigor a legiones de esqueletos que libraban la guerra contra [[Lilith Báthory]].

—Rescatad a Elistrae de su prisión en el templo de Orcus —ofreció Tasha a la Consorte—. A cambio, liberarás a estos mortales de su deuda y renunciarás a todo derecho sobre Helene.

La Consorte desapareció para redactar los términos, no sin antes advertir que Skadaurak, malherido y corrompido por la ponzoña de Shadowfell, ya no respondía a las órdenes del Averno y seguía siendo una amenaza latente para Mintarn.

Helene relató en voz baja su calvario: tras el asedio y el pacto del dragón, las brumas del Feywild la habían arrancado del mundo antes de que los diablos la reclamasen, prefiriendo la servidumbre caprichosa de Tasha antes que una eternidad de tormento en los campos de batalla infernales.

Antes de disolver la carpa, Tasha advirtió que Lilith no podía morir por medios convencionales. Para comprender cómo encerrar a la vampira, [[Samael]] acudió al enclave shadar-kai, donde la anciana guerrera Consuelos, una figura que parecía existir entre múltiples realidades a la vez, le desveló el secreto del ritual: los [[Poderes Oscuros]] reclamarían a Lilith en un Dominio del Terror si se trazaban tres círculos sagrados a su alrededor y ella proclamaba voluntariamente su soberanía sobre una corona vacía, convencida de su victoria final.

Al reunirse en la plaza, el grupo comprobó con espanto que la advertencia de los cuencos se había cumplido: [[Thromm]] no recordaba a su esposa. Cuando [[Rim]] y [[Thane Marrok|Thane]] mencionaron el rescate de su compañera, el clérigo los miró con desconcierto sincero, asegurando que solo buscaba a su hijo Shaun y que jamás había dejado a nadie atrás. La pérdida de su memoria más dolorosa era total.

La Consorte de Asmodeo regresó con el pergamino del nuevo contrato.

Samael y [[Trankus Trenkins|Trankus]] examinaron minuciosamente las cláusulas, detectando dos trampas legales que pretendían someter sus voluntades tras la misión. Ante su negativa tajante, la diablesa reescribió el pliego ante sus ojos: la liberación de Elistrae extinguiría por completo toda reclamación sobre Helene y sobre el grupo. Estamparon sus firmas con sangre y el pergamino se consumió en fuego verde.

Con el pacto infernal redefinido y el método para atrapar a la Reina de la Sangre en sus manos, la compañía abandonó la bruma del circo, encaminándose hacia las tabernas del puerto donde las notas de una vieja canción los llamaban a gritos.

### Capítulo XLVIII — Las vidas de Kaladin

El cuartel general del puerto olía a herrumbre, cuero empapado y ceniza fría.

Allí los recibió Vladimir, lugarteniente de las [[Tropas del Juez]]. El oficial examinó a los recién llegados con severidad militar, pero al posar la mirada sobre [[Thane Marrok|Thane]], sus ojos se abrieron con un desconcierto silencioso, como si en los rasgos del espadachín vislumbrase la sombra de un rostro íntimamente ligado al mando del asentamiento.

Vladimir desvió la atención hacia la urgencia de la plaza: el Juez necesitaba quebrar la red de abastecimiento que alimentaba a la Reina de la Sangre y ofrecía dos mil monedas de oro por la captura o muerte de [[Karina]], una poderosa lugarteniente vampira que canalizaba cautivos hacia la sima.

Las pesquisas sobre Karina los condujeron al corazón del bajo puerto, a la taberna de *La Sirena Retorcida*.

El local era un antro de almas en pena. En la puerta montaba guardia un ogro zombi de piel cosida; tras el mostrador servía hidromiel rancia un posadero desdentado apodado Jack Sonrisas, y en un rincón cubierto de cera derretida, un sacerdote fanático predicaba las glorias de la Llama Eterna.

Pero desde un reservado lateral, ahogando los murmullos de los borrachos, brotaba una melodía que erizó la piel de [[Rim]].

Era una sonata lenta y desgarradora tocada al violín, cuyas notas dibujaban el susurro del viento sobre páramos nevados. En la puerta del reservado montaba guardia un espadachín vampiro de ojos carmesíes, vigilando con recelo a cualquiera que intentase franquear el umbral.

Rim no esperó. Apartó la cortina raída y entró con su violín negro bajo el brazo.

Junto a una chimenea apagada descansaba el músico: un elfo ceniciento de dedos largos y mirada exhausta, que se presentó como [[Eldrik Sombra Cuerda|Eldrik]]. Al ver el instrumento que Rim portaba, el arco del anciano resbaló sobre las cuerdas con un chirrido agudo.

—Conozco esa madera —susurró Eldrik, alzando la mirada con asombro reverente—. Perteneció a [[Kaladin]].

Rim tomó asiento frente a él. Al rozar sus cuerdas, el bardo interpretó el tema de los lobos del norte, una melodía que creía nacida de una simple ensoñación; Eldrik cerró los ojos, asintiendo al compás con una sonrisa rota:

—Esa fue su tercera vida... en las estepas heladas de la Espina del Mundo.

Eldrik desveló el misterio que atormentaba el espíritu de Rim. Kaladin había sido un bardo cambiaformas de talento inabarcable. Conmovido por la brevedad de los mortales, prestaba fragmentos de su propia alma a maestros músicos moribundos, ocupando sus identidades, cuidando a sus familias y aprendiendo cada matiz de sus artes para tejer una obra que unificase todas las voces del cosmos: la [[Canción Eterna]].

Pero el peso de morir docenas de muertes ajenas terminó por fracturar su alma.

—Y entonces llegó [[Gorr]] —continuó Eldrik en un susurro amargo—. El Coleccionista escuchó la melodía y vio en ella la historia perfecta, el relato absoluto con el que pretendía justificar la captura y congelación de mundos enteros. Para impedir que el dios robase su alma y pervirtiese la música, Kaladin dispersó sus instrumentos y sus partituras por los planos... y se arrojó al mar antes de ponerle la última nota a su vida.

Eldrik advirtió que [[El Tirano]] custodiaba en las profundidades de la sima otro instrumento y varias partituras originales pertenecientes a aquellas vidas perdidas.

—No sé cuánto de él queda en ti —concluyó Eldrik, apretando la mano de Rim con afecto sincero—, pero mientras su música resuene en tus dedos, Kaladin jamás habrá muerto del todo.

En la sala principal, [[Samael]] intentó entablar conversación con el vampiro de guardia para distraer su atención. Al mismo tiempo, [[Trankus Trenkins|Trankus]] inspeccionaba el hogar de la chimenea, descubriendo una palanca de hierro disimulada tras los ladrillos tiznados: el acceso secreto a los subterráneos donde Karina operaba.

Antes de que Trankus pudiera accionarla, el centinela vampírico regresó al reservado con la mano en la empuñadura de su estoque, descubriendo la intromisión y ordenándoles abandonar la taberna bajo amenaza de muerte.

La compañía salió a los callejones fríos del asentamiento. El rastro de la vampira estaba marcado tras aquella chimenea, y la melodía de Kaladin ardía en el pecho de Rim como una llama que ningún abismo podría sofocar.

### Capítulo XLIX — La máscara de Karina

El centinela de la Sirena Retorcida dio un paso al frente, con los colmillos al descubierto y los dedos crispados sobre la empuñadura de su estoque. El aire del reservado se tornó espeso, cargado de la fetidez fría y dulzona que desprendían los no muertos alimentados con sangre podrida.

—Os he dado una orden —siseó el vampiro, señalando la salida hacia el callejón con ojos inyectados en carmesí—. Fuera de aquí antes de que os abra el cuello.

Antes de que [[Thane Marrok|Thane]] desenvainase la espada o [[Thromm]] alzase su martillo de guerra, una masa de sombra y pelaje grisáceo se abalanzó desde el quicio opuesto. Una garra descomunal, de uñas ennegrecidas y músculos secos pero feroces, atenazó el hombro del centinela y lo estampó contra el dintel con la contundencia de un bloque de granito.

El intruso era una criatura inmensa: un licántropo atrapado en una perpetua no muerte, de fauces lobunas descarnadas y ojos de un pálido fulgor azulado. A pesar de su aspecto aterrador, sus ropajes conservaban jirones de una cota de malla refinada y un porte militar que no pertenecía al salvajismo del abismo.

—Vuelve a tu puesto y calla —bramó la bestia con una voz gutural y resonante que hizo vibrar las botellas del aparador—. Estos viajeros están bajo mi vigilancia.

El centinela vampírico retrocedió a trompicones, bufando de rabia contenida, y desapareció en la penumbra del salón principal sin atreverse a disputarle el paso.

El licántropo se volvió hacia los recién llegados. Su respiración, aunque cadavérica y carente de vaho, sonaba profunda y serena.

—Me llamo [[Garret Celestera]] —se presentó, inclinando levemente la testa con una nobleza austera—. Fui un naturalista en el lejano mundo de Krynn y caballero de los Guardianes de la Llama Azul. Mi orden pereció protegiendo la tierra tras el Cataclismo, y yo mismo caí bajo la hoja impía de Lord Soth, el Caballero de la Rosa Negra. Ahora sirvo a una causa distinta en este páramo: trabajo para el Juez.

[[Trankus Trenkins|Trankus]] alzó las cejas, apoyando la espalda contra la chimenea aún tibia.

—Las [[Tropas del Juez]] tienen buen ojo para reclutar heraldos singulares. ¿Qué busca un caballero de Krynn bajo el suelo de una taberna de mala muerte?

—A [[Karina]] —respondió Garret sin titubeos—. La favorita de [[Lilith Báthory]]. Dirige la red clandestina que drena la sangre del asentamiento y suministra tropas y elixires al frente de guerra que la reina sostiene en las entrañas de [[Shadowfell]]. Si cae Karina, la logística de Lilith quedará ciega. El Juez necesita su cabeza viva, o la información que guarda en sus libros.

El interés mutuo no tardó en sellar el pacto. Thane y Thromm se ofrecieron para montar guardia en la planta superior: dos guerreros de su envergadura en la sala común disuadirían a cualquier parroquiano curioso y mantendrían abierta la ruta de escape. Trankus invocó los ojos de su familiar para explorar los recovecos oscuros mientras Samael, Rim y Garret se disponían a cruzar el umbral secreto.

Trankus accionó la palanca oculta tras el hogar. Con un rechinar de engranajes mal engrasados, la estructura de ladrillo se deslizó hacia un lateral, dejando al descubierto la plataforma de un tosco montacargas de madera reforzada con hierro.

Descendieron en silencio por el tiro vertical de piedra. A medida que la cabina bajaba, el calor de la chimenea fue sustituido por una humedad gélida impregnada de vinagre alquímico, cobre rancio y azufre. Desde el fondo llegaban siseos de fuelles, el burbujeo constante de calderos y un chasquido continuo de garras rascando piedra al otro lado de los muros.

La plataforma se detuvo en una antecámara húmeda. Frente a ellos, una sólida compuerta de roble tachonada de remaches de bronce cerraba el paso hacia el laboratorio subterráneo. Garret aferró el tirador e intentó forzarla con la fuerza descomunal de sus brazos no muertos, pero las trancas interiores no cedieron.

—Aparta —susurró [[Rim]].

El bardo posó las palmas sobre la mampostería que rodeaba el marco. Canalizando la magia que moldeaba la materia inerte, ordenó a las piedras disgregarse como arena de río. Los goznes se desmoronaron y el portón entero cayó hacia adelante con un estrépito sordo que levantó una nube de cal y polvo.

Al disiparse la polvareda, la escena se reveló en toda su crudeza: una amplia nave de bóveda baja donde tres vampiros vestidos con mandiles de cuero ensangrentado trabajaban febrilmente entre alambiques de vidrio verde y mesas de disección. Uno de ellos, al advertir el asalto, corrió desesperado hacia el fondo de la estancia con la intención de alzar el rastrillo de una galería enrejada donde se revolvían varias monstruosidades hambrientas.

—¡No tocarás esa verja! —rugió [[Samael]].

El druida extendió su brazo enguantado y las losas del suelo se quebraron. Una zarpa gigantesca de tierra endurecida y barro negro brotó de las grietas, aprisionando al vampiro por los tobillos y arrojándolo al suelo sin contemplaciones. Antes de que el sirviente de Lilith pudiera arrastrarse, Trankus apareció a su lado como una centella, propinándole un culatazo y arrancándole del cinto el manojo de llaves maestras que tintineaban contra el hierro.

La respuesta de los defensores fue inmediata. Una hechicera de tez marmórea y ojos negros como carbón alzó un báculo corto y desató una esfera de oscuridad mágica para cegar la entrada, mientras intentaba tejer las palabras de una *Puerta dimensional* para ponerse a salvo. Samael percibió la vibración del tejido arcano y quebró el flujo mágico con una orden tajante, desbaratando el conjuro antes de que pudiera abrirse la grieta de escape.

Garret rugió con ferocidad primigenia. La mole licántropa embistió la penumbra como un vendaval de colmillos y acero oxidado, desgarrando a uno de los alquimistas contra una mesa de reactivos que estalló en una lluvia de esquirlas y vapores cáusticos.

Cuando la resistencia de los ayudantes se desmoronaba, una puerta lateral se abrió con violencia.

—¡Incompetentes! —la voz cortó el estrépito como el silbido de un látigo.

Una mujer esbelta de cabello azabache recogido en trenzas marciales irrumpió en la nave. Portaba una coraza de cuero repujado y empuñaba un estoque de hoja estrecha y carmesí que despedía un zumbido famélico: Karina. A su espalda venía Liana, su lugarteniente, jadeante y con el rostro contraído por la alarma.

—El transporte ya ha cruzado el pozo hacia las líneas de la Reina —gritó Liana a espaldas de su señora—. ¡Tenemos que evacuar los alambiques!

Al ver a los asaltantes, los ojos de Karina relampaguearon con desprecio homicida. Garret no esperó: con un aullido gutural que resonó por toda la galería subterránea, cargó directamente contra la lugarteniente de Lilith. Las garras del licántropo y la hoja roja de Karina colisionaron en una ráfaga de chispas y estocadas letales. El estoque carmesí buscaba las articulaciones del monstruo con precisión quirúrgica, bebiendo su sangre fría en cada roce.

Liana, comprendiendo que el laboratorio estaba perdido, dio media vuelta y corrió hacia el túnel de evacuación para dar la alarma a las patrullas del exterior.

—¡Esa no sale de aquí! —gritó Trankus.

El cazador se lanzó en su persecución a través del estrecho corredor de drenaje. Liana era ágil y conocía el terreno, pero la puntería de Trankus en los pasadizos angostos no perdonaba: su ballesta silbó dos veces en la penumbra. El primer virote le perforó el omóplato; el segundo le atravesó la garganta. La vampira cayó de bruces sobre los adoquines húmedos, deshaciéndose en una masa inerte antes de alcanzar el túnel superior.

En la nave central, la lucha tocó a su fin. Desprovista del apoyo de sus esbirros y acosada al unísono por los zarpazos de Garret, los proyectiles de Samael y las fintas de Rim, Karina trastabilló contra una cuba de extracción. Rim deslizó su estoque bajo la guardia de la noble no muerta, desarmándola con un giro seco, mientras Garret la inmovilizaba contra la piedra viva con el peso de su torso masivo.

El último alquimista superviviente arrojó sus cuchillos al suelo y cayó de rodillas, temblando con las manos en alto.

—Tranquila, mi dama —ironizó Trankus al regresar de la galería, limpiando la sangre de su virote—. El Juez tiene una celda especialmente ventilada esperándote en el faro.

Garret ató a Karina con cadenas tratadas con plata y amordazó sus fauces con cuero grueso. La vampira los fulminaba con una mirada de ponzoña, pero estaba viva y bajo control.

En las mesas y estantes del laboratorio yacían los libros de notas, los alambiques para el ácido del conducto y, en una cámara contigua, el círculo ritual que la unía de forma directa con la Reina de la Sangre. El corazón de la telaraña de Lilith acababa de ser rasgado.

### Capítulo L — El conducto rojo

El laboratorio olía a cobalto agrio y a fluidos orgánicos en descomposición. En la estancia más profunda, resguardada tras cortinas de cuero impermeabilizado, la penumbra se abría sobre una cámara circular tallada directamente en la roca madre.

En el centro del suelo brillaba un pentagrama trazado con sangre aún líquida, alimentado por canalillos que destilaban desde un cáliz de plata ennegrecida. A pocos pasos, un pozo vertical de anchura descomunal se abría en el abismo: desde sus entrañas ascendía un vaho abrasador y un goteo incesante y corrosivo. Era el conducto de ácido, el tiro logístico por el que los vampiros transportaban suministros directamente hacia la vanguardia de la guerra subterránea mediante una jaula metálica suspendida de cadenas grasientas.

Junto a una mesa repleta de retortas y matraces, [[Trankus Trenkins|Trankus]] examinó los cuadernos de fórmulas de [[Karina]].

—Solo hay reactivos para destilar dos o tres viales de protección contra el ácido —advirtió el cazador, mostrando los cristales ámbar y las sales grasas que quedaban en los cuencos—. Si pretendemos bajar en esa jaula sin que los vapores nos disuelvan la piel y los pulmones, necesitamos más pociones. O encontramos al alquimista del Descenso para que nos abastezca, o nos coceremos vivos a mitad de trayecto.

[[Rim]] se detuvo ante el círculo de sangre. Deslizó los dedos sobre sus propios rasgos faciales y, ante la mirada vigilante de [[Garret Celestera]], su piel adoptó la palidez altiva de Karina, su cabello se trenzó en mechones oscuros y su túnica tomó la apariencia de la coraza de la cautiva. Con un corte ceremonial en la yema del pulgar, Rim vertió una gota en el centro del pentagrama y empuñó la daga ritual.

El círculo respondió con un fulgor escarlata ardiente. El aire se volvió pesado, y una voz femenina, gutural y aterciopelada, cargada de una crueldad milenaria, resonó en la estancia como si brotase del propio vapor del pozo:

—Karina... —habló [[Lilith Báthory]]. De fondo llegaban estrépitos de acero chocando, rugidos agónicos de monstruosidades y el crujido húmedo de huesos quebrados en un festín sin fondo—. ¿Dónde está la remesa prometida? El pozo tiene hambre y mis líneas necesitan refuerzos frescos.

—El transporte ha sufrido contratiempos, mi Reina —respondió Rim modulando la voz de la vampira con impecable frialdad—. Pero los intrusos que merodeaban por el puerto han sido neutralizados.

Rim describió con desdén la caída de [[Samael]], simulando haber dejado su cadáver en el suelo. Pero al otro lado de la comunión, el tono de Lilith no trajo aprobación, sino una reprimenda cortante como cristal:

—Idiota. Te ordené traerlos con vida. Samael y sus compañeros portan esencias que necesito devorar enteras, no despojos vacíos. No vuelvas a fallarme. Ve a la tienda del alquimista en el Descenso, recoge los reactivos que faltan para purificar el ácido del conducto y desciende de inmediato escoltando una procesión de prisioneros.

El enlace se apagó con un chisporroteo de ceniza. La resonancia de la voz dejó a todos mudos. Las palabras de Lilith confirmaban el horror que palpitaba en las profundidades: la Reina de la Sangre se alimentaba directamente del caminante nocturno, el coloso sombrío nacido de la desgarradura planar tras el bombardeo de [[Mintarn]], y con cada latido que drenaba de aquel titán, su poder crecía de forma imparable.

Mientras el bardo recuperaba su forma habitual, un tirón repentino sacudió su faltriquera.

El orbe cristalino que guardaba como llave hacia la primera [[Utopía]] comenzó a vibrar con violencia ciega. Rim lo extrajo con cuidado: la esfera, que antes contenía una niebla perezosa y grisácea, ahora albergaba una mitad de agua cristalina en perpetua agitación y una mitad de bruma luminosa. El artefacto tiraba hacia el borde del pozo de ácido, girando como una brújula enloquecida. El pedestal al que pertenecía descansaba allá abajo, en el fondo ignoto donde convergían la guerra de Lilith y los dominios de la Cofradía.

En la nave superior, [[Thane Marrok|Thane]] y [[Thromm]] recibieron al grupo con gesto aliviado mientras custodiaban la entrada de la taberna. Garret aseguró las cadenas de Karina y del alquimista vampiro rendido.

—Los llevaré al faro —anunció el licántropo de Krynn—. El Juez mantiene un presidio seguro en los pisos inferiores de la torre. Allí nadie podrá rescatarlos, y el oficial Vladimir os abonará la recompensa pactada: dos mil piezas de oro por la señora del laboratorio.

Garret desenvainó el estoque de Karina y se lo tendió solemnemente a Rim. La hoja resplandecía con un brillo carmesí letal: un *estoque +1 ladrón de vida*, forjado para beber el aliento de los moribundos y transformar las heridas ajenas en vitalidad para su portador.

—Habéis ganado esto con vuestro acero —declaró Garret—. Pero si vais a descender a esa fosa, debéis saber que el faro y la ciudad no aguantarán mucho tiempo sin orden. El Juez se dispone a marchar contra la [[Forja de las Almas]].

Thane dio un paso al frente, con la mirada fija en los ojos helados de la bestia no muerta.

—¿Por qué la Forja? —inquirió el guerrero—. ¿Qué busca tu señor en ese templo de ceniza?

—El templo está en manos del Abad de la Llama Sagrada —explicó Garret con pesar—. El abad es un fanático que pretende sacrificar a toda la población del asentamiento en un fuego ritual para traer de vuelta la luz celestial a este plano muerto. El Juez busca arrebatarle el control para evitar la hecatombe y asegurar las defensas... aunque una sed de venganza más antigua y oscura que esta guerra guía sus pasos. No descansará hasta saldar una cuenta pendiente con quienes destruyeron su vida anterior.

Thane apretó la mandíbula, sintiendo que aquel misterio resonaba con una herida que él mismo arrastraba desde el Bastión. Trankus asintió con adusto pragmatismo.

—Si el Juez marcha hacia la Forja, marcharemos con él —sentenció el cazador—. Necesitamos su respaldo militar antes de sellar el pozo de ácido, y necesitamos las pociones del alquimista para que toda la compañía baje a la vez.

El plan quedó trazado con precisión de hierro. Conducirían a los prisioneros hacia el faro para cobrar la recompensa de Vladimir; después unirían sus fuerzas a las [[Tropas del Juez]] para asaltar la Forja de las Almas y desentrañar la identidad de su comandante; luego buscarían a [[Asgorath]] para arrancar a la paladina [[Elistrae]] de las garras de Orcus, y finalmente descenderían por el conducto rojo disfrazados con la máscara de Karina para clavar la estaca definitiva en el corazón de Lilith.

### Capítulo LI — El templo de la Llama Velada

Las celdas subterráneas del faro olían a salitre estancado y a piedra mohosa. [[Garret Celestera]] empujó a Karina y al prisionero vampiro al interior de una reja enrejada con barras forjadas en hierro frío y sellos de contención mágica. 

Al pasar frente a una celda contigua, una figura traslúcida y azulada se abalanzó contra los barrotes. Un rostro demacrado, envuelto en jirones de niebla y cubierto por una pelliza marinera andrajosa, abrió unos ojos desorbitados:

—¡Por las mareas de Istishia! —exclamó el espectro con voz cavernosa—. ¡Capitán! ¡Trankus!

[[Trankus Trenkins|Trankus]] se detuvo en seco, con el corazón encogido. Tras los barrotes flotaba [[Englo el Rufián]], artillero diestro de la [[Santa Bárbara]], caído entre las llamas del naufragio y atrapado como espíritu errante en las brumas de [[Shadowfell]].

—¿Englo? —murmuró Trankus, aferrándose al hierro helado—. ¿Cómo has acabado en una fosa del faro?

—Una partida de dados en la Sirena Retorcida... —gimió el fantasma con amargo bochorno—. Los muertos no perdonan las trampas en este pozo podrido. Los esbirros del Juez me echaron el guante. ¡Sácame de aquí, Trankus! ¡No me dejes pudrirme en este calabozo!

—Volveré a por ti en cuanto saldemos las cuentas con el Juez —prometió el cazador en voz baja, apretando la mandíbula—. Tienes mi palabra de marinero.

Garret condujo al grupo a través de los niveles superiores de la fortificación. La torre del faro era un arsenal incesante: autómata tras autómata y soldados fantasmales ensamblaban corazas de placas ennegrecidas destinadas a alojar esencias incorpóreas. En la planta donde el licántropo mantenía su laboratorio naturalista, diversas jaulas albergaban especímenes vivos de la fauna deforme del plano sombrío, examinados para descubrir sus debilidades y usos tácticos.

—El Juez ha descendido a las catacumbas bajo la gran catedral —explicó Garret, entregando a cada aventurero un frasco sellado de poción de curación mayor—. La [[Forja de las Almas]] es una maquinaria de poder descomunal. El Abad de la Llama Sagrada pretende sacrificar a toda la población del enclave en un ritual ígneo para restaurar la luz celestial en el abismo. El Juez quiere arrebatarle el templo para movilizar a las almas cautivas contra las legiones del fondo. Si el Abad lo embosca allí abajo, nuestro ejército caerá con él.

Para penetrar en el complejo subterráneo sin alertar a la guarnición principal de la superficie, Garret les señaló dos posibles rutas clandestinas: una galería sumergida desde el templo de Umberlee o el pasaje secreto bajo el santuario de Shar. La compañía no dudó en escoger la senda de la Señora de la Pérdida.

En el templo de Shar, una penumbra opresiva y densa como el terciopelo envolvía el atrio. Sabuesos sombríos gruñían agazapados entre raíces espinosas, mientras al fondo, despojada de su orgullo y reducida a una sirviente no muerta con la mirada muerta y encadenada, aguardaba [[Sharkana la Comehombres]].

[[Engla Sombraespino]] surgió de la oscuridad con una sonrisa fría. La druida no olvidaba su alianza forjada en los lejanos días de Tetris.

—La Llama Sagrada no es más que una mentira usurpadora —sentenció Engla con desdén cuando expusieron su propósito—. El templo original no adoraba su fuego cegador, sino a la [[Llama Velada]], una deidad olvidada cuyas cenizas ellos pisotearon. Os abriré el camino a las criptas, pero con dos condiciones: cuando el Juez se haga con la ciudad, el culto de Shar tendrá un espacio consagrado y preferente en el nuevo orden, y cualquier códice antiguo sobre la Llama Velada que halléis en vuestro camino será para mí.

Thane aceptó el pacto con prudente contención: prometieron concederle influencia y preservar los textos, sin entregarle el dominio ciego de las calles.

Engla retiró un lienzo monumental que representaba un cielo nocturno sin estrellas. Tras el marco de piedra se abría una hendidura oscura que descendía en pendiente hacia las entrañas de la tierra.

El aire de las catacumbas era seco y abrasador. Los muros de mampostería antigua mostraban relieves mutilados y hornacinas vacías: las imágenes del culto de la Llama Velada habían sido arrancadas a golpe de cincel por el fanatismo del Abad. Apenas recorrieron un tramo de galería, descubrieron el cadáver mutilado de un soldado del Juez, degollado ante una cancela de bronce.

Frente a ellos montaban guardia dos centinelas de cera animada: figuras colosales de facciones derretidas, blindadas con petos de bronce y armadas con alabardas que goteaban parafina incandescente.

—¡A cubierto! —gritó [[Samael]].

El druida alzó su escudo de madera fosilizada mientras los autómatas avanzaban irradiando una ola de calor asfixiante. [[Thromm]] embistió a uno de los guardianes con el martillo, haciéndole mella en la armadura de bronce, mientras [[Rim]] utilizaba sus cantos disonantes para quebrar la cohesión mágica de la cera endurecida. Trankus descargó sus viroteceros sobre las articulaciones fundidas, derribando a ambos centinelas antes de que pudieran alertar al resto del complejo.

Desde la nave norte llegaba el estruendo inconfundible de una batalla campal: las tropas del Juez sostenían un choque sangriento contra los defensores de la Llama Sagrada. Aprovechando el desconcierto, el grupo flanqueó la galería y cayó sobre la retaguardia enemiga.

Un clérigo de túnica blanca manchada de cera amarilla presidía la resistencia, invocando lenguas de fuego sacro que quemaban y deformaban la carne viva al menor roce. La lucha fue encarnizada en el pasadizo angosto. Las auras ígneas de los centinelas amenazaban con sofocar a los guerreros, pero Samael neutralizó los conjuros más letales del sacerdote con una ráfaga de espinas de tierra, y Thane partió la guardia del clérigo con una estocada certera que apagó sus plegarias para siempre.

Con la vanguardia enemiga deshecha, exploraron una galería lateral donde una cancela de hierro lucía inscripciones funerarias selladas con un fulgor mortecino y sereno.

La lápida identificaba el túmulo de Aljabel: *Vigía de la Llama Velada, Escudo del Maestre y Ruina de los Muertos*.

Sobre el sepulcro de granito reposaba una espada larga de acero resplandeciente, inmune al polvo y al hollín que cubrían las catacumbas: [[Matamuertos]]. Thane se aproximó con reverencia y posó la diestra sobre el pomo. Un destello de calor límpido y radiante recorrió su brazo; el arma no era un instrumento de fuego destructor, sino un filo consagrado para desgarrar las sombras y devolver el reposo a los espíritus encadenados.

—Lleva mi espada —susurró Thane, ciñéndola al talabarte mientras su reflejo plateado iluminaba las losas frías—. Quienquiera que fuera Aljabel, su vigilia ha terminado. La mía apenas empieza.

Más adelante, entre túneles humeantes donde el choque de acero resonaba cada vez más cercano, aguardaban las puertas de la Forja de las Almas.

### Capítulo LII — El rostro del Juez

El pasadizo secreto desembocaba en una segunda línea de defensa donde los fanáticos de la Llama Sagrada intentaban contener a los soldados fantasmales del Juez. El aire apestaba a parafina ardiente y a ozono. Un conjurador de túnica encarnada lanzaba ráfagas de fuego sagrado desde lo alto de una balconada de roca, mientras tres guardianes de cera reforzada cerraban el paso con escudos pesados.

[[Thane Marrok|Thane]] desenvainó [[Matamuertos]]. La hoja estalló en un fulgor níveo que rasgó la tiniebla de las criptas. Al primer cruce de acero, la espada absorbió el impacto del fuego sagrado y devolvió una onda de luz bendita que quebró el escudo del guardián más cercano. [[Thromm]] y un infante incorpóreo de las [[Tropas del Juez]] cargaron en cuña, aplastando las líneas enemigas, mientras los virotes de [[Trankus Trenkins|Trankus]] abatían al conjurador en lo alto.

Al pie de la galería, un explorador espectral señaló un túnel lateral reforzado con vigas de hierro:

—El señor ha entrado por la puerta oriental —advirtió el explorador con voz de viento invernal—. Pero la guarnición del templo superior desciende en masa por el tiro principal. Si no taponáis el acceso, os rodearán en la Forja.

Trankus extendió su mano mágica y, con sigilo impecable, sustrajo de un nicho devocional un relicario de plata oscura y un fajo de pergaminos antiguos antes de que las llamas los consumieran. Al mismo tiempo, [[Samael]] alzó los brazos y desató una devastadora esfera ígnea contra la bóveda del corredor norte; el estallido derribó toneladas de escombros, sepultando la vía de refuerzos de la Llama Sagrada bajo una muralla de granito partido.

A salvo momentáneamente en una cámara adyacente, Trankus abrió el relicario. En su tapa de filigrana figuraba un emblema olvidado: una columna vertebral rematada por una calavera abierta como un lirio de piedra. En su interior reposaban los diarios de [[Aurevian Thalos]].

—Escuchad esto —murmuró Trankus, descifrando la caligrafía apretada a la luz de una brasa.

Los escritos revelaban la génesis del cataclismo. Aurevian narraba cómo había forjado la [[Aguja de la Fractura]] uniendo metal sagrado y roca del manto abisal, y cómo erigió la [[Forja de las Almas]] para concentrar la energía de los espíritus errantes y abrir paso a la llama de su dios en la tierra. Aquella Aguja era el mismo ingenio cósmico que el archimago [[Bigby]] buscaba desesperadamente para coser las heridas del multiverso.

Al fondo de la estancia, sobre un catafalco de basalto, yacía el cuerpo embalsamado de Aurevian Thalos, cubierto por mortajas de seda negra. Junto a sus manos marchitas reposaba un segundo texto:

> *La llama que acudió no era la de un redentor, sino el hambre de una boca sin fin. Cuando las almas fueron atadas, el velo entre los mundos se rasgó como un paño viejo. La tierra se abrió y la ciudad cayó en la fosa. Jamás debió encadenarse la luz de los que parten.*

Entre los dedos resecos del clérigo muerto brillaba una vara de bronce coronada por un zafiro opaco: una vara de retribución.

—No conviene dejar reliquias a la espalda —dijo [[Rim]], alargando la mano para retirar el cetro.

En cuanto sus dedos rozaron el metal, las cuencas del cadáver se iluminaron con un fuego blanco. Dos colosales armaduras ceremoniales apostadas a los flancos de la tumba despertaron con un crujido ensordecedor de goznes oxidados, blandiendo mandobles espectrales.

—¡Atrás! —gritó Samael.

Las palabras diplomáticas de Rim murieron ante la furia milenaria de los centinelas. La compañía retrocedió a la carrera hacia el pasillo principal, cerrando a su espalda una cancela de hierro que los horrores comenzaron a aporrear con golpes descomunales. Desde una galería lateral asomó otro pelotón de rezagados de la Llama Sagrada; Rim entonó un canto ilusorio que desvió a los atacantes hacia la cancela rota, logrando que los fanáticos de cera y los guardianes de la tumba colisionaran entre sí en una carnicería ciega.

Cruzaron el último arco de piedra y desembocaron en el corazón del complejo.

La Forja de las Almas era una pesadilla arquitectónica: un caldero titánico suspendido sobre un pozo sin fondo, recorrido por conductos de hierro que canalizaban vapores fosforescentes. Millares de espíritus aullaban atrapados en el vórtice, formando una marea de rostros desfigurados y brazos vaporosos que golpeaban los bordes de la maquinaria. En el centro de la plataforma de control, un guerrero enfundado en armadura de placas completas y cubierto con una máscara funeraria de acero luchaba por accionar las palancas de contención: el Juez.

—¡Mantened la presión en los respiraderos! —bramó el comandante sin volverse—. ¡Si la válvula revienta, esta cloaca arderá entera!

Thane avanzó con Matamuertos en guardia. Al escuchar los pasos pesados del guerrero, el Juez giró sobre sus talones. Sus ojos ardían de rabia febril tras la rendija de la visera. Con un chasquido metálico, se arrancó el yelmo y lo arrojó contra las losas.

Thane se detuvo en seco. El aire abandonó sus pulmones como si una maza le hubiese quebrado el pecho.

El rostro que apareció bajo el hierro no pertenecía a un general desconocido de Shadowfell. Era una faz curtida por la sal marina, marcada por cicatrices de quemaduras profundas y endurecida por un odio inextinguible, pero inconfundible.

—¿Calder...? —susurró Thane, con la voz rota por un temblor que jamás había mostrado ante ningún enemigo.

Su hermano mayor. El hermano al que creía muerto y sepultado en las profundidades tras el incendio del barco.

—¿Aún te atreves a pronunciar mi nombre, miserable? —rugió [[Calder]], empuñando una espada bastarda envuelta en relámpagos negros—. ¡Tú me arrojaste a este infierno! ¡Tú me condenaste mientras huías como una rata cobarde!

—¡Calder, escúchame! —suplicó Thane, bajando la punta de su espada—. Creí que habías perecido... ¡Te busqué por todo el mar!

—¡Me dejaste arder en la madera astillada! —escupió Calder, dando un paso hacia él con los dientes apretados en una mueca de locura fratricida—. Pero la muerte me escupió en este estercolero. Y cuando consiga someter esta forja y alimentar a mi ejército con la sangre de los culpables, te cortaré el cuello con mis propias manos.

Sobre sus cabezas, la Forja de las Almas emitió un quejido agónico. El vórtice de espíritus estalló en un alarido colectivo, y la niebla azulada comenzó a condensarse en una masa informe y gigantesca que amenazaba con devorar la plataforma entera.

### Capítulo LIII — La rebelión de Aurevian

El vórtice de la [[Forja de las Almas]] rugió como un mar embravecido de niebla y angustia. La masa espiritual que hervía sobre el caldero comenzó a condensarse en una entidad colosal y translúcida: una amalgama monstruosa de rostros crispados, fauces desencajadas y centenares de brazos que azotaban las pasarelas metálicas con fuerza demoledora.

[[Calder]] retrocedió, con la visera rota y el pecho agitado por el esfuerzo inútil de contener las válvulas. Su mirada de rencor hacia [[Thane Marrok|Thane]] dio paso por un instante a la lucidez desesperada del guerrero:

—¡No puedo sujetarla! —bramó sobre el trueno de la maquinaria—. ¡Ayudadme a aplastar a este engendro o nos arrastrará al fondo del pozo a todos!

El duelo fratricida quedó suspendido en el filo del peligro común. Calder desenvainó una pistola de cañón estriado y, envuelto en un aura de llamas azuladas, disparó ráfagas de energía necrótica que hendieron el torso de la abominación espectral. [[Rim]] invocó una columna de piedra para bloquear las embestidas de los brazos etéreos, pero la criatura la pulverizó con una onda de choque psíquico que paralizó el aire de la estancia.

Los restos de las [[Tropas del Juez]] y los aventureros concentraron su fuego. La amalgama descargó una marea de lamentos que entumeció los músculos de Thane y de [[Samael]], pero [[Trankus Trenkins|Trankus]] encontró el ángulo perfecto: su ballesta silbó y el virote perforó el núcleo luminoso donde convergían las corrientes espirituales. La aberración estalló en una lluvia de chispas frías, dispersándose en el tiro de la forja.

No hubo un solo segundo de respiro.

Desde el pasadizo superior llegó el resplandor cegador de la parafina líquida. El metal de la gran cancela de bronce comenzó a fundirse como manteca: el Gran Maestre de la Llama Sagrada irrumpía en la antecámara al frente de sus clérigos devotos, una escolta de centinelas de cera y horrores blindados.

—¡A las armas! —rugió [[Thromm]].

El enano golpeó su martillo contra el suelo, levantando una cúpula de silencio mágico para ahogar los cantos de los clérigos invasores. Cuando el portón fundido se desplomó hacia adentro, la batalla estalló en un infierno de fuego sagrado y acero.

Rim desató la Melodía Ãšnica con su violín negro, arrancando notas tan agudas y puras que quebraron la resistencia mental de los guardianes acorazados. Calder se arrojó al centro de la melé irradiando un halo de llamas azules que llenó de vigor renovado a los soldados fantasmales. Thane, empuñando [[Matamuertos]], se batió cuerpo a cuerpo contra los fanáticos; la hoja plateada fulguraba con luz bendita en cada tajo, cercenando las extremidades fundidas de los autómatas.

El Gran Maestre era una fuerza implacable: alzaba muros de fuego sacro que quemaban el alma y desataba órdenes marciales que hacían cargar a sus secuaces con furia ciega. Una explosión de parafina candente barrió la plataforma, arrojando a Thromm contra las barandillas y dejando a Thane bañado en sangre, al borde del colapso.

Rim sostuvo a sus compañeros al borde del abismo con melodías curativas que cerraban las heridas abiertas en plena refriega. Samael castigó los flancos con zarpazos de tierra, y Trankus derribó a los clérigos que intentaban restaurar los escudos sagrados.

En el clímax del enfrentamiento, Calder embistió al Gran Maestre con violencia arrolladora. Bloqueó su maza con el antebrazo blindado, lo derribó de rodillas sobre las losas y descargó una llamarada azul directamente en la cuenca de su yelmo:

—¡Mi llama es más fuerte que tu mentira! —sentenció Calder.

El sacerdote ardió hasta quedar reducido a un montículo de ceniza humeante. El último clérigo superviviente alzó las manos implorando piedad, pero Calder, sin pestañear, le atravesó el pecho con un disparo a quemarropa.

Apenas cayó el cadáver, Calder giró sobre sus talones. Con los ojos inyectados en sangre y la espada goteando relámpagos oscuros, se abalanzó contra la espalda de Thane, que aún intentaba incorporarse apoyado en Matamuertos:

—¡Ahora tú, traidor!

—¡No! —gritó Rim.

El bardo alzó su cayado y pronunció un conjuro súbito. La magia alteró la trama y el imponente general acorazado se transformó en el acto en una oveja blanca y lanuda que balaba con desconcierto patético sobre la plataforma de hierro. Los soldados fantasmales del Juez rodearon a su señor metamorfoseado, desconcertados y con las alabardas en alto, pero Trankus y Samael se interpusieron con ademán firme, negociando una tregua provisional mientras se disipaba el encanto.

Aprovechando la calma, Samael se acercó al núcleo de la maquinaria. La Forja emitía pulsos desacompasados: en el panel central de engranajes y cilindros de bronce faltaba una pieza angular, una cavidad diseñada exactamente para albergar la [[Aguja de la Fractura]].

Samael posó la palma desnuda sobre el metal frío y abrió su percepción al torrente de los espíritus.

La realidad circundante se desvaneció en un fogonazo de memoria ancestral. Samael presenció [[Mintanar]], la Ciudad de las Reliquias, en una edad remota de [[Shadowfell]], anterior incluso al dominio absoluto de sus tinieblas. Torres de obsidiana se alzaban como lanzas contra el cielo, pero tras sus ventanas ardían luces cálidas. Aquel lugar había sido un faro para quienes aún se atrevían a vivir entre los horrores del plano.

Sobre la ciudad velaba [[Velkaris]], dios de la Llama Velada. Su fuego mantenía apartadas a las criaturas de la noche y su nombre se pronunciaba como una promesa. Cuando la oscuridad cercó Mintanar, Velkaris habló a su servidor más devoto. [[Aurevian Thalos]] debía activar la Forja para salvar a su pueblo.

Samael vio entonces a Aurevian en el corazón de la catedral, alzando la Aguja recién forjada con metal bendito y piedra de las profundidades. A su alrededor, las almas reunidas resplandecían como estrellas atrapadas. El sacerdote creyó que abriría un camino para guiarlas y que la llama de su dios descendería para protegerlas.

Pero cuando los cielos se abrieron, Velkaris mostró su verdadero rostro. La deidad no acudió para pastorear espíritus, sino para devorarlos. La luz de las almas se oscureció mientras el dios bebía de ellas y proclamaba que, a través de aquel alimento, viviría para siempre.

Al comprender el engaño, la desesperación de Aurevian se transformó en rebeldía pura. Con un grito desgarrador, el maestre clavó la Aguja directamente en las entrañas de la Forja para liberar a los cautivos. La violencia de la energía desatada quebró la trama entre los planos. La Aguja se partió en dos con un estruendo que sacudió la creación: una mitad se perdió en las profundidades de Shadowfell, mientras la otra cruzó la grieta dimensional y se hundió en el corazón de Velkaris.

El suelo cedió, las torres colapsaron hacia el vacío y la catedral se hundió con la Forja. Mintanar quedó convertida en una herida abierta entre los planos. En algún punto del vacío astral, el cuerpo inmenso de Velkaris flotó durante siglos, muerto y atravesado por la mitad de la Aguja.

La visión avanzó hasta un tiempo muy posterior. Del cadáver del dios se desprendió una última chispa de alma, negra y deformada. Cayó al mundo como un meteoro de fuego oscuro y, en el cráter de su impacto, tomó forma una criatura nueva. No era Velkaris, aunque heredó fragmentos enfermos de sus recuerdos: torres, luces, una ciudad perfecta que jamás había existido como él la recordaba.

La criatura abrió los ojos.

Y eligió el nombre de [[Gorr]].

Samael retiró la mano del mecanismo, jadeando y con la frente empapada en sudor frío. La verdad del cataclismo latía ante ellos: la Forja era la causa de la caída, Gorr era el último residuo de aquel dios hambriento y la Aguja continuaba rota entre dos imposibles. Una mitad aguardaba en algún lugar de Shadowfell. La otra seguía clavada en el corazón muerto de Velkaris, perdido en el Plano Astral.

### Capítulo LIV — Dos hermanos ante el Abismo

Cuando el encantamiento de [[Rim]] se extinguió, [[Calder]] recuperó su silueta acorazada sobre la plataforma de la [[Forja de las Almas]]. Jadeaba con el orgullo magullado, pero la templanza del mando se impuso a la rabia ciega. Envainó su espada de relámpagos oscuros y miró a los aventureros con ojos sombríos:

—Acepto la tregua —declaró Calder, clavando la mirada en [[Thane Marrok|Thane]]—. No mancharé este acero por la espalda. Cuando el Abismo sea nuestro y las cuentas con el enemigo común estén saldadas, tú y yo nos batiremos con honor frente a frente. Hasta entonces, vuestro brazo es el mío.

Un capitán espectral de las [[Tropas del Juez]] subió por la pasarela con noticias de la superficie: la gran catedral había caído por completo y los últimos focos de la Llama Sagrada habían sido sofocados. El enclave portuario quedaba bajo el dominio indiscutido del Juez.

Thane asintió con adusta amargura. Rim, que sostenía ahora entre sus dedos la vara de retribución de [[Aurevian Thalos]] vinculada a su magia, transmitió el mensaje de [[Engla Sombraespino]]: la sacerdotisa de Shar reclamaba su consagración en las capillas laterales de la catedral a cambio de la entrada secreta que les había franqueado el paso. Calder encogió los hombros con cinismo pragmático: en aquel páramo sin sol, una diosa de las sombras no molestaría más que los fanáticos de la parafina.

—¿Cómo piensas dominar este monstruo? —inquirió [[Samael]], señalando el caldero que aún palpitaba con energía azulada.

—Fundiré mi llama azul con el núcleo de la maquinaria —respondió Calder, acariciando una consola de bronce donde reposaba un antiguo manuscrito cubierto con filigranas de plata—. Necesito dos o tres días para ajustar las válvulas y templar el flujo. Cuando esté listo, desataré a millares de espíritus encadenados como una legión imperecedera que embestirá las posiciones de [[Lilith Báthory]] en el fondo de la sima. Esa marejada abrirá una brecha en sus líneas para que vosotros descendáis a rematar a la reina.

—Falta una pieza en el engranaje central —advirtió Samael, señalando la cavidad vacía del mecanismo—. La [[Aguja de la Fractura]]. La mitad que Aurevian partió en este suelo.

El rostro de Calder se ensombreció aún más.

—Llegáis tarde para buscarla —reveló en voz baja—. [[Gorr]] el Coleccionista se me adelantó. Guiado por el alquimista del Descenso y tras sellar un pacto envenenado con el Gran Maestre antes de mi llegada, Gorr descendió a esta cripta y se llevó el fragmento de la Aguja.

La mención del Coleccionista heló la estancia. Gorr no solo poseía ya el manuscrito cósmico que obsesionaba a los eruditos; ahora tenía en sus garras la mitad del arma capaz de quebrar la separación entre los planos.

Antes de que pudieran sopesar la revelación, un mensajero de las líneas avanzadas irrumpió con premura:

—Señor... [[Garret Celestera]] ha desaparecido. Estaba rastreando una logia clandestina de Lilith en los callejones del bajo distrito y perdimos su rastro. Tememos que haya caído prisionero de los vampiros.

El anuncio golpeó con dureza a la compañía. El licántropo de Krynn se había convertido en un aliado firme y noble; su captura por las huestes de la Reina Carmesí presagiaba un destino espantoso.

El grupo regresó a la superficie para reorganizarse en el faro. El asentamiento bullía con patrullas de armaduras negras y autómatas espectrales. En los calabozos, [[Trankus Trenkins|Trankus]] intentó gestionar la liberación de [[Englo el Rufián]], pero la disciplina militar de las Tropas del Juez no admitía excepciones hasta que el alto mando concluyera los inventarios; Trankus tuvo que renovar su promesa al fantasma de la [[Santa Bárbara]], asegurándole que no abandonarían Shadowfell sin él.

Mientras Thane y Rim descansaban sus heridas, [[Thromm]] y Trankus se dirigieron a los talleres humeantes del puerto. Allí encontraron a un herrero no muerto perteneciente al antiguo clan Ironstar, inclinado sobre un yunque desgastado.

Thromm extrajo el bloque de mineral meteórico rescatado del templo yuan-ti de T'Lan y lo depositó sobre el banco de trabajo. El artesano acarició el metal estelar con fascinación reverente:

—Hacía eras que mis ojos no veían hierro caído de las estrellas... —murmuró el herrero con voz quebradiza—. Pero este fuego no basta para domarlo. Solo la gran Forja del Abismo de [[Mintarn]], donde los fuegos primigenios tocan el fondo del océano, posee el calor necesario para moldear esta aleación.

A falta de forjar el meteorito, el armero les mostró sus mejores pertrechos de campaña. Trankus examinó una coraza de cuero endurecido y tachones de acero sombrío: la armadura del Vigía Sombrío, imbuida con magia de rastreo y la potestad de invocar a un cuervo espectral como vigía alado. El cazador no dudó en desembolsar dos mil ochocientas piezas de oro de los botines acumulados para ceñírsela al torso.

La compañía se reunió al crepúsculo ceniciento en las almenas del faro. Solo disponían de un plazo perentorio: dos o tres jornadas antes de que Calder detonara la ofensiva espiritual de la Forja.

Dos misiones ineludibles aguardaban antes de que el ejército marchase: viajar al Descenso para encontrar al alquimista Malrek, obtener los reactivos necesarios contra el ácido del conducto y sacarle la verdad sobre su alianza con Gorr; y después irrumpir en el bastión de [[Asgorath]] para arrancar a la paladina [[Elistrae]] de las garras del culto de Orcus.

### Capítulo LV — Malrek y el arma de Ámbar

El Descenso mostraba las cicatrices brutales de la guerra subterránea. Edificios desmoronados, adoquines manchados de icor reseco y barricadas de piedra calcinada daban testimonio del primer embate de las huestes de [[Lilith Báthory]]. El hedor a carroña y a miasmas abisales flotaba pesado entre las ruinas.

Guiados por las anotaciones del faro, los aventureros llegaron a un callejón sin salida donde una botica ruinosa fingía abandono absoluto. Bajo una montaña de tablones podridos, una recia trampilla de hierro reforzada con media docena de cerrojos de bronce resguardaba el acceso a las profundidades.

Al golpear el metal, una mirilla se abrió. Quien los recibió no era un sirviente ordinario: era Scar, un goblin marchito y famélico cuyo torso y cuello estaban colonizados por Burbuja, una masa gelatinosa y carmesí de inteligencia simbiótica. La sustancia palpitaba al ritmo de la respiración del goblin y utilizaba sus cuerdas vocales para hablar con una voz sibilante y húmeda.

Tras comprobar que venían con oro y asuntos de envergadura, el simbionte descorrió los cerrojos y les franqueó el paso al Alambique de los Lamentos.

El laboratorio subterráneo era una proeza de nigromancia aplicada. En el centro de la nave, sentado tras un mesón abarrotado de retortas y alambiques de plata, se erguía [[Malrek]]. El alquimista era un muerto viviente esquelético cuyo propio cuerpo formaba parte del sistema de destilación: conductos flexibles de cobre y vidrio le atravesaban el pecho y los costados, bombeando fluidos luminosos entre probetas que hacían las veces de pulmones y vísceras externas.

—Viajeros del puerto... —croó Malrek con una risa seca que hizo burbujear el licor verdoso de sus tubos torácicos—. Pocos descienden a este foso a menos que busquen venenos prohibidos o una muerte rápida.

El alquimista desplegó ante ellos un surtido de maravillas macabras: ojos desvinculados que flotaban en vinagre, sombras prensadas en filigranas de plomo y un muñeco del último dolor capaz de burlar a la muerte una única vez. Pero la mirada de [[Rim]] se desvió hacia un estante elevado donde una pequeña urna de cristal hermético albergaba a una sirena viva, de piel nacarada y cola verde esmeralda, que nadaba en círculos con mirada triste.

—Un obsequio de [[Gorr]] —comentó Malrek al notar la fascinación del bardo—. Uno de los especímenes supervivientes de los laboratorios de [[Minerva Vareman]]. El Coleccionista aprecia la rareza, pero carece de mi paciencia para la disección.

[[Trankus Trenkins|Trankus]] colocó sobre la mesa el brazo mecánico arrebatado en sus andanzas para que el alquimista lo examinase. A cambio, Malrek les entregó en préstamo un fajo de hojas arrancadas del diario personal de [[El Tirano]], sustraídas de sus aposentos durante el caos del asalto de Lilith. Como gesto de cortesía comercial, Malrek les obsequió además tres frutos negros del Cazador Silente, capaces de amortiguar cualquier sonido y permitir el paso inadvertido ante oídos hostiles.

—Pero no habéis venido solo por ungüentos —continuó Malrek, aproximando una campana de vidrio en cuyo interior florecía un brote singular: una flor de pétalos dorados recorridos por vetas purpúreas—. ¿Sabéis lo que es esto? Brotó de los fragmentos del meteorito que cayó en el mar. A partir de su savia he destilado para Gorr el arma definitiva: el [[Ámbar]].

[[Samael]] se inclinó sobre la campana con el ceño fruncido.

—¿Qué hace el Ámbar?

—Petrifica la vida —susurró el alquimista con deleite perverso—. Un solo rocío cristaliza el tejido orgánico, la sangre y el alma en una coraza áurea e impenetrable. Ejércitos enteros, bestias colosales, ciudades vivas... todo queda congelado en un instante perpetuo. Gorr descubrió que el agua salada impide la cristalización súbita del reactivo; por eso está inundando la Primera [[Utopía]] bajo el mar. Allí abajo, sumergido en las aguas, cultiva las flores meteóricas a salvo de su propio veneno, levantando una fortaleza submarina y ensamblando un ejército de criaturas perfectas perfeccionadas sobre los injertos de Minerva. Quien intente asaltar Utopía a ciegas terminará como una estatua dorada en su jardín.

La revelación dibujó la magnitud de la amenaza. Gorr no pretendía únicamente saquear saberes arcanos; planeaba petrificar la creación entera desde un santuario anegado.

—Para llegar a Utopía primero tendréis que sobrevivir a las entrañas de este plano —añadió Malrek, cambiando de tono—. Y en el Descenso, el dueño de las almas es [[Asgorath]], siervo supremo de Orcus y lugarteniente del Tirano. Es él quien forja los batallones de esqueletos de fuego. ¿Sabéis cómo los enciende? Mantiene encadenada a la paladina [[Elistrae]] en las profundidades de su templo y drena el fuego infernal que arde en su pecho para prender los huesos de sus tropas.

—¿Cómo entramos en su templo? —preguntó [[Thane Marrok|Thane]], con la mano apoyada en la empuñadura de [[Matamuertos]].

—El templo está excavado junto a la muralla de los shadar-kai —explicó Malrek—. Nadie osa desafiarlo, por lo que las puertas no están tapiadas. Aguardad a que salga una columna de esqueletos recién forjados hacia las barricadas; en ese instante de relevo, la entrada queda vulnerable.

Con las hojas del Tirano en el zurrón, los frutos del cazador en el cinto y el mapa de los horrores de Gorr grabado en la memoria, la compañía abandonó la botica para enfilar los callejones umbríos que conducían al templo del señor de los muertos.

### Capítulo LVI — Las cuatro ofrendas

Las murallas ciclópicas del enclave shadar-kai se alzaban como un farallón de basalto negro contra las brumas eternas de [[Shadowfell]]. A sus pies, horadado directamente en la piedra viva, se abría el santuario de [[Asgorath]]: un complejo subterráneo consagrado al Príncipe de los Muertos Vivientes, Orcus.

Ocultos tras un túmulo de escombros, los aventureros esperaron la oportunidad señalada por Malrek. Un chirrido de cadenas resonó en la sima y los portones de hierro forjado se abrieron para dar salida a una columna siniestra: una veintena de esqueletos marchaban en formación marcial, con las cuencas vacías y las cajas torácicas envueltas en un fuego infernal que no consumía el hueso, sino que desprendía un fulgor rojizo y amenazante.

Cuando el último soldado de la muerte cruzó el umbral y dos acólitos de túnica de pellejo humano se disponían a trancar los batientes, [[Rim]] actuó. El bardo tejió una ilusión sonora a espaldas de los guardias: el eco de una patrulla del Juez aproximándose a la carrera por el callejón contiguo. Los centinelas dudaron un segundo, asomando las cabezas al exterior; fue todo lo que [[Trankus Trenkins|Trankus]] y [[Thane Marrok|Thane]] necesitaron.

Dos saetas envenenadas y un tajo silencioso de [[Matamuertos]] segaron las vidas de los acólitos antes de que pudieran dar la alarma. El grupo arrastró los cadáveres al interior y aseguró las trancas a su espalda.

El vestíbulo era una nave funeraria sostenida por pilares labrados con calaveras de carnero y rostros atormentados. Sobre un arquitrabe de obsidiana destacaba una inscripción tosca, grabada en caracteres abisales:

> *Cuatro cayeron sin morir del todo.*
> *Cuatro ofrendas aguardan el descenso.*
> *Devolvedles aquello que los ata o arrancádselo para que reposen.*
> *El pozo recibe cuanto cae, pero nada regresa como fue entregado.*

—Cuatro ofrendas... —murmuró [[Samael]], descifrando las runas mientras invocaba a su familiar para explorar los tiros de ventilación que descendían en espiral hacia las galerías inferiores.

A través de la visión del espíritu alado, el druida divisó seis siluetas encorvadas royendo carroña en una cripta inundada de sombras, custodiando un altar donde relucía un receptáculo de hueso y bronce.

Avanzaron con cautela por el ala occidental. Al irrumpir en una cámara de despiece iluminada por braseros verdes, sorprendieron a un grupo de nigromantes descuartizando restos frescos entre cubas de salmuera, escoltados por tres esqueletos envueltos en fuego maldito.

—¡Por las almas atrapadas! —rugió [[Thromm]], cargando de frente con el escudo en alto.

El combate fue rápido y brutal. Cuando Thane descargaba Matamuertos, la hoja resplandecía con una luz blanca que purificaba la ponzoña del templo; al quebrar los huesos de los esqueletos, las llamas infernales de sus pechos detonaban en llamaradas cáusticas que quemaban las paredes de piedra. Samael y Rim contuvieron las salpicaduras ígneas con ráfagas de aire y muros de escarcha, abatiendo a los artífices del osario.

Al fondo del ala de despiece, tras una reja oxidada donde se apilaban jaulas para prisioneros de guerra, un sonido agudo y quejumbroso llamó su atención.

—¡Eh, vosotros! ¡Los de las capas elegantes! —chilló una voz chillona desde una arqueta suspendida del techo—. ¡Sacadme de aquí antes de que esos carniceros me metan en la sopa de tripas!

Trankus forzó el candado de la jaula. De su interior cayó una figura diminuta, de piel escarlata, alas membranosas de murciélago y cola terminada en un aguijón que se retorcía nerviosamente: un diablillo.

—Me llamo [[Pepinillos]] —se presentó la criatura, sacudiéndose el hollín de las alas con orgullo cómico e impertinente—. Futuro señor de la séptima capa del Averno, para vuestra información. Aunque temporalmente... ejem, sirviente devoto de mi señora [[Elistrae]].

—¿La paladina de la Consorte? —preguntó Thane con apremio.

—La misma —asintió Pepinillos con un mohín de espanto—. Asgorath la tiene encadenada en el fondo del Pozo de Orcus. Le clavan hierros ardientes en el pecho para extraerle el fuego sagrado e infernal con el que alimentan a esos sacos de huesos andantes. Si queréis llegar a ella, tendréis que abrir el pozo. Yo sé dónde está la entrada central, pero no pienso caminar a campo abierto. ¡Metedme en esa caja de limosnas que lleváis y os iré indicando los giros!

Trankus acomodó al diablillo en la faltriquera reforzada de su peto. Con Pepinillos asomando los ojos amarillos por la ranura del cuero, el grupo bajó por una escalinata angosta hacia la cripta inferior avistada por Samael.

El hedor a tumba abierta se multiplicó por diez. En una sala circular presidida por una efigie ciclópea de Orcus, seis gules de piel cenicienta y fauces babeantes se abalanzaron sobre ellos desde la penumbra. Detrás de la jauría necrótica se erguía una abominación cadavérica de cuatro brazos que sostenía entre sus garras una caja de metal negro aprisionada entre los colmillos de la estatua.

La aberración absorbía el frío y el daño de los golpes físicos, pero la magia radiante de Matamuertos y las ráfagas concentradas de Trankus destrozaron sus junturas. Cuando la criatura cayó derrumbada sobre el cieno, Samael extendió su vara y accionó el resorte oculto en la boca de la efigie.

El objeto cayó en sus manos: era una filacteria incompleta, fracturada en uno de sus sellos de plata, cargada de una magia oscura y residual perteneciente a un mago cuyo ritual para alcanzar la inmortalidad de liche había terminado en fracaso absoluto.

—Una de las cuatro ofrendas —sentenció Rim, examinando la filacteria agrietada—. El alma que ata a este lugar aún reclama su paz.

Con la primera reliquia en su poder y Pepinillos susurrándoles la ruta hacia las profundidades, la compañía enfiló el pasaje principal que conducía hacia el Pozo de Orcus y el trono de Asgorath.

### Capítulo LVII — El templo de Orcus

En las entrañas del templo consagrado a Orcus, el tiempo se medía por el avance incesante de la muerte. Cada pocas horas, un nuevo destacamento de esqueletos ardiendo en fuego infernal abandonaba las catacumbas para engrosar las filas del asedio.

Tras asegurar la entrada, la compañía exploró el ala oriental. En una biblioteca devastada por una ventisca helada donde tres acólitos yacían muertos sobre pergaminos ennegrecidos, descubrieron dos volúmenes: la *Liturgia de Thanatos*, un cántico de entrega a la no muerte abisal, y un grimorio encuadernado en cuero negro y grabado con la testa de un carnero: *Cenizas Eternas*. Al rozar sus tapas, los espíritus de los acólitos caídos se incorporaron con alaridos espectrales para reclamar su saber, pero las hojas y conjuros de [[Thane Marrok|Thane]] y [[Samael]] disiparon las apariciones en un torbellino de cenizas.

En las celdas contiguas consiguieron túnicas sacerdotales de lino burdo y una reliquia singular: una pesada moneda de electro acuñada con el cuerno retorcido del señor de los muertos. Cuando [[Pepinillos]] asomó la testa e intentó escabullirse hacia una arqueta de ventilación, Thane lo atrapó en el aire por el rabo y lo devolvió a la caja de limosnas con un chasquido severo:

—Quieto ahí, diablillo. Aún tienes que ganarte la libertad.

Disfrazados con los hábitos manchados de hollín, simularon ser una patrulla acorralada para exigir la apertura del portón central. Al descorrerse los cerrojos desde dentro, [[Trankus Trenkins|Trankus]] sembró el umbral con abrojos de hierro mientras [[Thromm]] y Thane embestían la guardia. Los esqueletos infernales estallaron en fogonazos cáusticos bajo el filo de [[Matamuertos]], despejando el corredor hasta el umbral del abismo interior.

El Pozo de Orcus se abría como una garganta colosal en el lecho de basalto, envuelta en vapores esmeraldas y lamentos que brotaban de una sima sin fondo. Alrededor del brocal se alzaban cuatro efigies encapuchadas con las manos pétreas extendidas.

Las inscripciones explicaban las ataduras de las almas que custodiaban el pozo: una mujer que se negó a soltar lo que amaba; un sabio extraviado en su propia obra; un guardián que quebró su juramento y mancilló su espada; y un hechicero que desafió a la muerte y cuyo fracaso quedó encerrado en una vasija.

Las cuatro reliquias halladas en el templo encajaban con implacable precisión: la moneda de electro, el grimorio *Cenizas Eternas*, la espada herrumbrosa y la filacteria incompleta rescatada de la cripta inferior.

—Si las ponemos en sus manos, quedarán encadenados aquí para siempre —reflexionó [[Rim]], recordando las advertencias de Aurevian—. Para abrir el camino debemos romper la atadura.

Uno a uno, arrojaron los cuatro objetos a la fosa.

Al precipitarse en la niebla verde, cada estatua se resquebrajó con un estampido seco, liberando columnas de humo azulado que ascendieron hacia la bóveda antes de disolverse en paz. Los ojos de carnero de la efigie central se apagaron, los vapores tóxicos se extinguieron y una escalinata monumental descendió hacia la caverna más profunda.

En el fondo de la gruta ritual, un espectáculo dantesco heló la sangre de los aventureros.

En el centro de una plataforma bañada por runas de sangre, [[Asgorath]] presidía el altar. El sumo sacerdote de Orcus canalizaba, mediante una calavera suspendida de cadenas espectrales, un torrente de fuego negro e infernal que arrancaba del pecho de una elfa encadenada en una jaula de luz mágica: [[Elistrae]].

—¡Llegáis tarde, insectos! —rugió Asgorath con voz de trueno pútrido—. El fuego de esta paladina alimenta el ejército con el que sostendré el imperio del Tirano frente al Abismo. ¡Vuestras osamentas arderán con el resto!

El combate fue despiadado. Asgorath desató conjuros de necrosis pura y rayos destructores que hendieron la piedra; Thromm y Thane resistieron en primera línea rodeados por esqueletos que detonaban en llamaradas voraces. Rim entonó un cántico de sombras que otorgó invisibilidad a Thane; el guerrero cruzó la sala desapercibido y descargó una ráfaga devastadora de tajos radiantes con Matamuertos contra la espalda del sacerdote.

Asgorath chilló de agonía, desatando una onda de terror que sacudió la caverna, pero Samael culminó la ofensiva: una salva de proyectiles de energía arcana perforó el pecho del nigromante. La calavera de contención se hizo añicos, Asgorath cayó sin vida sobre su propio altar y las cadenas mágicas de Elistrae estallaron en mil pedazos.

La paladina tocó el suelo e invocó un mandoble forjado en fuego infernal puro. Con dos giros formidables, barrió a los últimos esqueletos y absorbió sus llamas en su propia coraza, extinguiendo el peligro antes de que detonaran.

Elistrae los miró con fiereza marcial, pero Rim alzó la moneda de alma entregada en el circo y pronunció la palabra secreta.

Una grieta sulfúrea se abrió en la caverna y la [[Consorte de Asmodeo]] emergió de la bruma, envuelta en sedas escarlatas. Al ver a su hermana libre e ilesa, la Consorte sonrió con satisfacción fría: el contrato quedaba sellado y la deuda de Helene quedaba condonada para siempre.

Antes de partir con su hermana hacia las legiones de la Guerra de la Sangre, Elistrae les transmitió una advertencia crucial:

—[[El Tirano]] descendió a las ruinas de la catedral hace una semana y no ha regresado. [[Lilith Báthory]] lo tiene acorralado y se alimenta del titán de sombras nacido de la brecha planar; su poder no deja de aumentar. Si queréis que se proclame soberana para completar el ritual de Consuelos, no intentéis forzarla: debilitadla en el combate y dejad que su propio orgullo la ciegue. Reclamará el trono en cuanto crea tener la victoria en sus manos.

Elistrae miró de reojo a Pepinillos, que intentaba adjudicarse el heroísmo del rescate con zalamerías ridículas. Con un chasquido de dedos, la paladina convirtió al diablillo en una moneda encantada y se la entregó a Rim:

—Un familiar para tus andanzas, bardo. Te obedecerá sin trampas ni contratos de alma.

Tras despojar los cofres de Asgorath de sus pociones, pergaminos y oro, el grupo emprendió el ascenso a la superficie. La deuda infernal estaba saldada; ahora tocaba regresar al circo de Tasha a recoger sus recompensas y prepararse para la marcha final hacia el corazón de la guerra.

### Capítulo LVIII — Los regalos de una bruja

El circo ambulante estaba sumido en un silencio desolador. Las luces de colores parpadeaban mortecinas entre los jirones de lona desgarrada, y una calma sospechosa envolvía la pista central. [[Tasha]], el capitán y la corte circense habían partido rumbo al Feywild tras recuperar a Helene y dejar atrás el páramo de [[Shadowfell]].

En medio del aserrín de la arena descansaba un arcón monumental, envuelto en cintas de raso púrpura. Alrededor de él merodeaban una docena de payasos de rostros pintados con muecas siniestras, capitaneados por un arlequín jorobado que se hacía llamar Chua Vito.

—¡El botín de la reina es nuestro! —chilló el arlequín, abalanzándose sobre el lazo.

Apenas sus dedos tocaron la madera, el paquete cobró vida: una hilera de colmillos afilados brotó de la tapa y el mímico le arrancó un bocado al brazo del payaso con un chasquido voraz.

Al descubrir a la compañía en el umbral de la carpa, los payasos demoníacos giraron hacia ellos desatando una andanada delirante. Disparaban ráfagas de chispas elípticas desde pistolas de bronce, blandían garrotes luminosos y entonaban risotadas enloquecedoras que sacudían el juicio. [[Rim]] liberó a [[Pepinillos]] de la moneda encantada por primera vez; el diablillo revoloteó sobre las gradas arrojando insultos y aguijonazos a los rezagados.

La refriega fue caótica y sangrienta: cada bufón abatido detonaba en una lluvia de confeti ardiente y metralla psíquica. Una explosión derribó a Rim, dejándolo inconsciente en el aserrín, pero [[Thromm]] y [[Thane Marrok|Thane]] contuvieron la última embestida mientras [[Samael]] inmovilizaba a Chua Vito con un lazo de zarzas umbrías y [[Trankus Trenkins|Trankus]] le perforaba el cráneo antes de que pudiera hacer estallar su cargamento.

Con el último payaso reducido a cenizas, el cofre mímico se relajó y la tapa se abrió mansamente. En su interior reposaban cinco bultos primorosamente etiquetados y una carta perfumada con lavanda y azufre:

> *Queridos míos:*
> *Gracias por burlar al viejo Asmi y devolverme a Helene sana y salva. Como una bruja jamás queda en deuda con nadie, aquí tenéis mi modesta gratitud antes de que os lancéis al festín de las profundidades.*
> *Haced buen uso de ellos.*
> *— Tasha.*

Junto a la misiva descansaba una nueva página manuscrita del diario personal de [[El Tirano]], repleta de fórmulas arcanas sobre la canalización de esencias reales.

Cada regalo respondía con asombrosa precisión al espíritu de su destinatario:

Para Rim, los *Zapatitos del Ritmo Adecuado*, un calzado de seda grácil capaz de quebrar la voluntad de los tiranos obligándolos a bailar al son de la *Danza irresistible de Otto*.

Para Thane, el *Brazalete Interceptor*, forjado en plata lunar para desviar estocadas enemigas y proteger a sus compañeros en plena melé.

Para Thromm, el *Cinturón de la Venganza*, de cuero de toro abisal, capaz de absorber los impactos más brutales y devolver la fuerza del golpe duplicada contra el agresor.

Para Trankus, el *Anillo del Umbral Inquieto*, engarzado con un ojo de ónice que permitía rasgar el espacio en saltos dimensionales inmediatos.

Y para Samael, el *Tomo de la Lengua Detenida*, un grimorio viviente de fauces cosidas que palpitaba en sus manos, capaz de devorar otros libros de conjuros para asimilar sus magias prohibidas.

Tras disfrutar de un descanso reparador al amparo de las lonas mágicas del circo, los aventureros acudieron por última vez a la botica subterránea de [[Malrek]].

El alquimista los recibió rodeado de fardos de viaje; se disponía a evacuar el asentamiento rumbo a las tierras de Noche Eterna antes de que la guerra sepultara el sector. El grupo entregó varias muestras biológicas de [[Minerva Vareman]] y negoció pertrechos de asedio: tres viales de poción de respiración acuática de veinticuatro horas de duración —esenciales para infiltrarse en la base sumergida de [[Utopía]]—, un frasco de aceite de espíritu de dragón dotado de tres aplicaciones elementales para sus armas y una poción de alas de cristal.

Finalmente, completaron la transacción más codiciada: pagaron la fianza y retiraron del estante la urna sellada con agua marina donde la diminuta sirena viva de Minerva flotaba protegida.

—Cuidádsela —susurró Malrek con su mueca cadavérica—. Es el único secreto vivo que [[Gorr]] no pudo cristalizar.

Con las faltriqueras colmadas de prodigios y el poder de Tasha latiendo en sus armas, la compañía se encaminó hacia las catacumbas de la Forja para unirse a la marcha definitiva.

### Capítulo LIX — El descenso a la guerra

El aire de la [[Forja de las Almas]] ya no vibraba con el estertor agónico de los cautivos. Una calma solemne, casi sagrada, envolvía las galerías de bronce y piedra madre.

Sobre el borde del gran caldero flotaba la silueta majestuosa y luminosa de [[Aurevian Thalos]]. El clérigo primordial había respondido a la llamada de la maquinaria, uniendo su voluntad etérea al mando de [[Calder]]. Las palancas estaban engranadas y las compuertas abisales crujían al abrirse.

Aurevian descendió ingrávido hasta quedar frente a los aventureros. Extendió su mano diáfana y trazó una runa de luz argéntea en el pecho de cada uno:

—No os temblará el paso entre los muertos —susurró el espíritu con una voz que sonaba a campana de plata—. Las almas que forjé hace eras parten ahora a su última vigilia. Esta marca os protegerá del oleaje espiritual; caminad junto a ellos, pero descended hasta el fondo de la herida.

Calder ajustó las correas de su coraza negra y los miró con gravedad adusta:

—Mis exploradores confirman que [[Garret Celestera]] sigue cautivo en las líneas de vanguardia de [[Lilith Báthory]]. Y [[El Tirano]] tampoco ha vuelto; bajó hace días con su guardia personal hacia las ruinas de la catedral y sus comunicaciones quedaron cortadas. Cuando las compuertas caigan, desataré a toda la legión sobre las trincheras. Vuestra misión es abrir camino hacia el corazón del abismo.

La compañía se encaminó hacia las plataformas de transporte del foso meridional. Allí, en un balcón rocoso batido por corrientes de azufre, un montacargas descomunal de hierro y cables trenzados colgaba sobre un abismo insondable.

Junto al torno del engranaje, una figura cadavérica cubierta de algas secas y sargazos podrridos manipulaba las trancas con torpeza espectral.

—¡Por los arrecifes de Mintarn! —exclamó [[Trankus Trenkins|Trankus]], dando un paso al frente con el rostro desencajado—. ¿Fishtemodi?

El no muerto alzó la mirada. Sus ojos lechosos y desorbitados reconocieron al cazador: era el [[Viejo Fishtemodi]], el cocinero de la [[Santa Bárbara]], arrastrado tras el naufragio a las orillas muertas de [[Shadowfell]].

—¡Muchacho! ¡Trankus! —gimió el anciano, aferrándose al brazo blindado del cazador con manos temblorosas—. ¡No bajes a esa fosa! ¡Nadie regresa de la catedral! El capitán [[Greenwood Seahawk]] bajó con el Tirano hace una semana... ¡Le prometió que encontrarían una salida hacia el mar, pero cayeron en la trampa de la Reina de la Sangre! ¡Sálvalo, muchacho! ¡No dejes que conviertan al viejo Greenwood en carroña!

Trankus tragó saliva, sintiendo el peso de los años y de los muertos apretándole la garganta. Apretó el hombro cubierto de algas de su antiguo camarada:

—Traeré al capitán de vuelta, Fishtemodi. Te doy mi palabra.

La jaula de hierro comenzó a descender por el tiro vertical.

El descenso duró un tiempo interminable en la negrura absoluta. A medida que las poleas chirriaban, el aire se tornaba abrasador y pesado, cargado del hedor inconfundible de la sangre fresca mezclada con ceniza y podredumbre.

De pronto, la bruma se abrió y el abismo inferior se reveló en toda su desolación colosal.

Una inmensa llanura subterránea se extendía hasta donde alcanzaba la vista: un campo de batalla apocalíptico donde chocaban dos mareas monstruosas. Por el flanco oriental, el torrente de millares de almas liberadas por Aurevian y las columnas de armaduras negras del Juez avanzaban en un choque frontal demoledor; frente a ellos, las huestes de Lilith —legiones de vampiros ferales, engendros de sangre cuajada y aberraciones aladas— defendían cada colina de huesos entre aullidos ensordecedores.

En el extremo más profundo de la fosa, dominando el páramo como el cadáver profanado de un dios caído, se erguían las ruinas titánicas de la catedral destrozada. Una herida de pura tiniebla palpitaba en su cúpula quebrada, drenando la esencia del mundo hacia las entrañas de la tierra.

Trankus extrajo las hojas arrancadas del diario de [[El Tirano]]. Las notas del monarca caído eran tajantes: para quebrar el cerco de la catedral y alcanzar el trono de Lilith, era imprescindible abatir primero a sus dos lugartenientes supremos: la Dama Carmesí y Aegis, el Cazador de Sangre.

La plataforma tocó fondo sobre una alfombra de cráneos calcinados. [[Thane Marrok|Thane]] desenvainó a [[Matamuertos]], cuya hoja radiante iluminó la penumbra de la llanura; [[Thromm]] aferró el martillo de guerra con el cinto de la venganza tenso sobre su cota, mientras [[Samael]] y [[Rim]] se situaban a sus espaldas.

La guerra final del Abismo rugía a su alrededor, y el rastro de la sangre conducía directamente hacia los generales de la reina.

### Capítulo LX — Los generales carmesíes

El aire de la fosa quemaba los pulmones con el ardor del azufre y la sangre hervida. Alrededor de los aventureros, la marea de almas liberadas de la [[Forja de las Almas]] embestía las trincheras enemigas como una ventisca luminosa; los espíritus abrían pasillos entre las columnas de vampiros y envolvían a los aventureros en auras de alivio y vigor temporal que amortiguaban las ráfagas de fuego cáustico.

No había tiempo que perder. Para completar el ritual capaz de sellar a [[Lilith Báthory]] en un Dominio del Terror según las anotaciones del diario, necesitaban los dos fragmentos de su filacteria personal, custodiados en el frente por sus lugartenientes supremos.

El primer obstáculo descendió del cielo ceniciento: la Dama Carmesí.

La general vampírica planeaba sobre alas membranosas forjadas en sangre coagulada, escoltada por un enjambre de aberraciones aladas. Desde las alturas arrojaba lanzas de icor abrasador y zarcillos escarlatas que arrastraban a los soldados hacia el vacío. [[Samael]] alzó un vendaval de espinas que desgarró la escolta aérea, mientras [[Trankus Trenkins|Trankus]] fijaba su marca sobre las alas de la criatura.

Cuando la general cayó en picado para decapitar al cazador, [[Thane Marrok|Thane]] dio un paso al frente con [[Matamuertos]]. La hoja radiante trazó un semicírculo de fuego blanco que cercenó las alas de la Dama Carmesí; al precipitarse sobre los cráneos del suelo, Thane le atravesó el pecho. De su corazón descompuesto brotó una esquirla de cristal escarlata que palpitaba con furia residual: el primer fragmento de la filacteria.

Apenas tuvieron tiempo de restañar sus heridas cuando el suelo tembló bajo sus botas. Desde una colina de osamentas calcinadas cargó Aegis, el Cazador de Sangre.

El segundo general era una mole no muerta de proporciones gigantescas. Empuñaba mandobles gemelos dentados y avanzaba escoltado por tres mastines de sangre viva. Cada vez que recibía un impacto, Aegis intercambiaba su posición con uno de los perros en un parpadeo de niebla roja —el Paso del Sabueso— mientras sus heridas cicatrizaban a velocidad sobrenatural.

Por encima del tumulto, la voz lejana y burlona de Lilith susurró en sus mentes, intentando quebrar su coraje con una ola de terror psíquico. [[Rim]] alzó el violín negro y desató un contraencanto cristalino cuyas notas ahogaron la ponzoña mental de la reina. Con la mente firme, el grupo concentró sus salvas: Trankus y Samael abatieron a los sabuesos para neutralizar sus saltos, y Thane se arrojó al cuerpo a cuerpo esquivando las hojas gemelas para hundir a Matamuertos en la garganta del gigante.

Aegis se derrumbó como una torre de carne podrida. Entre sus dedos crispados relucía el segundo fragmento carmesí de la filacteria.

Con ambas llaves en su poder, la compañía cruzó las defensas rotas y penetró en la catedral derruida.

El interior del templo era una pesadilla orgánica. Las naves góticas estaban forradas de tejido vivo que latía con siseos húmedos; glóbulos translúcidos de icor rodaban por las losas acarreando vísceras y prisioneros despedazados para nutrir a las abominaciones del santuario. En una capilla lateral relativamente resguardada, Samael alzó la cabaña mágica de Leomund para conceder al grupo una hora indispensable de tregua y curación antes del asalto final.

Al reanudar la marcha, cruzaron una galería donde tres espíritus de sangre mutilaban cadáveres con dagas envenenadas. El choque fue fulminante: las armas radiantes disolvieron a los guardianes en vapor negro. Durante la refriega, un graznido bronco y lastimero llegó repetidamente desde una cámara lateral.

Trankus forzó la cerradura de una estancia de tortura oculta. Entre potros de desgarro y una doncella de hierro ensangrentada, el cazador halló una flauta mágica de factura élfica caída junto a los despojos de una prisionera de larga cabellera; Rim la recogió con sigilo para estudiarla más tarde.

En la sala contigua, suspendida de una cúpula enrejada con sellos arcanos, encontraron el origen del graznido: una jaula de plata donde aleteaba un cuervo de oro puro, cuyas plumas despedían destellos de recuerdos vívidos.

Samael disipó la barrera mágica y Trankus abrió el cerrojo. El ave dorada voló en círculos y se posó suavemente sobre el hombro blindado de [[Thromm]].

Al contacto con el metal, una voz profunda y cálida resonó directamente en el alma del enano. El cuervo era el receptáculo sagrado donde, tiempo atrás, Thromm había depositado en un altar del olvido todo el peso de su dolor, su rabia y su culpa para no enloquecer tras la caída de su linaje. En aquellas plumas doradas ardían su infancia en las montañas, su clan, las risas de su hijo Shaun... y el rostro adorado de su esposa.

El ave le habló en silencio: podía conservar su forma como un poderoso espíritu guardián alado que lucharía a su lado, o disolverse en su pecho para devolverle todo el pasado que había entregado. Si elegía el recuerdo, el dolor y la memoria regresarían íntegros, pero el ave dejaría de existir.

Thromm cerró los ojos, con las lágrimas rodando por sus mejillas curtidas.

—Ningún poder en este mundo vale más que el recuerdo de mi sangre —susurró el enano con la voz rota de emoción—. Vuelve a mí.

El cuervo dorado se deshizo en una cascada de luz cálida que penetró en el pecho de Thromm. En un solo segundo, el velo que nublaba su mente se rasgó para siempre: recordó el nombre de su mujer, las promesas juradas ante el hogar y la certeza inquebrantable de que su búsqueda jamás descansaría hasta hallarla.

Frente a la última cancela que daba al ábside mayor, una colosal masa informe de carne putrefacta y sangre cuajada se interpuso en su camino, devorando los restos que los glóbulos arrojaban a su fauce insaciable. El grupo desató un ataque fulminante a distancia: virotes, relámpagos y tajos radiantes reventaron la aberración, cuya explosión final salpicó de pus las paredes de la catedral.

Entre los restos del altar contiguo, Samael recogió cuatro pergaminos de nigromancia y empleó uno de ellos para animar el cadáver de un soldado caído, bautizando a su tosco sirviente como Gusanitos para que marchara en vanguardia absorbiendo el primer golpe.

Thane y Trankus empujaron los batientes de bronce macizo. Las puertas del trono de Lilith se abrieron de par en par.

### Capítulo LXI — El trono de Lilith

Las puertas de la catedral se abrieron con un gemido de piedra que pareció prolongarse durante siglos.

Más allá se extendía una caverna tan vasta que sus límites se perdían en la oscuridad. Una inmensa plataforma de basalto negro flotaba suspendida sobre el vacío, sostenida —o quizá aprisionada— por columnas que descendían hacia una profundidad sin fondo. Allí no existía un cielo, solo tinieblas; no había viento, pero las sombras se movían como si algo enorme respirase detrás de ellas. En el centro del estrado se erguía un trono monumental de carne, roca viva y sangre coagulada, cubierto por velos de niebla escarlata.

Allí reinaba [[Lilith Báthory]].

La Reina de la Sangre ya no poseía la figura esbelta que gobernaba en las sombras del puerto; su presencia se había agigantado hasta alcanzar dimensiones titánicas. Su tez marmórea relucía bajo una corona de espinas de hueso pulido, y sus ojos eran dos pozos de fuego carmesí insondable.

En su regazo yacía encadenado el Caminante Nocturno: el coloso de sombra y vacío nacido de la desgarradura planar tras el ataque a [[Mintarn]]. Gruesas raíces de sangre palpitante brotaban del torso del titán y se hundían en los brazos de la reina, alimentándola con un torrente continuo de energía impía y divina.

Suspendidos en jaulas de zarcillos vivientes en torno al trono pendían tres prisioneros exhaustos, cuyas venas eran drenadas hacia la misma corriente: [[Garret Celestera]], el noble licántropo de Krynn; [[El Tirano]], el señor sombrío reducido a una pálida carcasa balbuceante; y el capitán [[Greenwood Seahawk]].

Al escuchar las pisadas de los aventureros sobre el basalto, el capitán alzó la cabeza con un esfuerzo agónico:

—Chico... —la voz de Greenwood tembló entre la herrumbre de las cadenas—. Libéranos. Nos está consumiendo.

Lilith posó su mirada glacial sobre los recién llegados. Una sonrisa cruel y milenaria curvó sus labios de rubí, deteniéndose especialmente en la figura encorvada de [[Samael]]:

—Samael... —la voz de la reina retumbó como un trueno aterciopelado que estremeció los cimientos de la plataforma—. Has cruzado mares. Has salvado ciudades, matado monstruos y contemplado a dioses menores. Todo para llegar hasta mí en tu último viaje. Mírame bien. Incluso la muerte se arrodilla ante mí.

—Tu imperio termina hoy, Lilith —respondió Samael con una frialdad templada en dos milenios de paciencia.

Lilith alzó la diestra y una tempestad de sangre cáustica barrió el estrado, mientras un rayo esmeralda de desintegración silbó a una pulgada de la cabeza de Samael, pulverizando a Gusanitos en una nube de cenizas.

—¡A los altares! —gritó [[Rim]].

El bardo y Samael corrieron hacia los dos pilares rituales apostados a los flancos de la plataforma. Con golpes coordinados de sus varas y filos, quebraron contra la piedra los dos fragmentos de la filacteria arrebatados a los generales caídos. El cristal escarlata estalló en esquirlas ardientes, y la barrera mágica que blindaba el cuerpo de Lilith se resquebrajó con un chirrido de cristal roto.

Simultáneamente, Samael invocó la *Mano de Bigby*: un colosal puño de fuerza traslúcida brotó del aire y elevó a [[Trankus Trenkins|Trankus]] hacia las alturas. El cazador saltó sobre la jaula superior y sus dagas cortaron de cuajo las raíces de sangre que atenazaban a su capitán.

Greenwood cayó ágilmente sobre la cornisa. Con un bramido de pirata curtido en mil tempestades, desenfundó su pistola espectral y disparó a quemarropa contra los cerrojos de la jaula de Garret Celestera. La reja cedió y el enorme licántropo saltó al vacío, aterrizando con sus garras por delante sobre la guardia de criaturas hemáticas que Lilith convocaba desde el suelo.

—¡El Tirano! —rugió [[Thane Marrok|Thane]] desde la primera línea—. ¡Romped las últimas raíces!

El puño de fuerza de Samael descargó un golpe demoledor contra los zarcillos que sujetaban al tercer cautivo. Las ataduras reventaron y el Tirano cayó de rodillas sobre las losas de basalto.

Lejos de mostrar gratitud, el monarca caído se incorporó con ojos desorbitados por la locura y el hambre de venganza. Se llevó las manos crispadas al hueco vacío de su caja torácica, donde solo palpitaba un muñón de carne putrefacta, y clavó la mirada en Thane:

—¡Mi corazón! —bramó el Tirano, desenvainando una espada de sombras y abalanzándose sobre el espadachín—. ¡Devuélveme mi corazón o te arrancaré las entrañas!

Con los prisioneros libres, los altares quebrados y el corazón maldito en medio de la contienda, la batalla por el destino del Abismo estalló en toda su furia.

### Capítulo LXII — Un corazón envenenado

[[Thane Marrok|Thane]] extrajo de su fardo el relicario de plomo que contenía el corazón palpitante de [[El Tirano]] y lo arrojó sobre el basalto.

El monarca caído se abalanzó sobre el órgano con la avidez de una fiera famélica. Sin sospechar que el tejido había sido emponzoñado con los filtros mágicos de Consuelos, el Tirano hundió el corazón en la cavidad abierta de sus costillas. El órgano enraizó al instante, sellando su carne... y despojándolo para siempre de su inmortalidad profana. Volvía a ser vulnerable, de carne y hueso.

—¡Libre! —bramó el Tirano, blandiendo su espada umbría con una risotada histérica—. ¡Ahora huiré de esta fosa y convertiré [[Mintarn]] en una pira de cenizas!

—¡No tocarás ese puerto jamás, asesino! —rugió [[Greenwood Seahawk]].

El capitán de la [[Santa Bárbara]] cargó de frente contra su antiguo verdugo, cobrándose los años de tortura y servidumbre. El estrado se fracturó en dos frentes feroces: [[Garret Celestera]], [[Samael]] y [[Rim]] concentraron sus conjuros y zarpazos sobre la gigantesca silueta de [[Lilith Báthory]], mientras [[Trankus Trenkins|Trankus]], Thane y Greenwood acorralaban al Tirano.

Lilith descargó un letal *Dedo de la Muerte* sobre Greenwood, arrojándolo al suelo cubierto de sangre, pero el viejo lobo de mar se incorporó escupiendo una maldición marina para inspirar a sus camaradas.

El Tirano, acorralado y desangrándose, soltó una carcajada agónica:

—¡Necios! —escupió mientras esquivaba las estocadas—. ¡Habéis sido las marionetas de [[Gorr]] desde el primer día! Cada vez que frustrasteis sus planes en las cloacas o defendisteis las murallas, no hicisteis más que diezmar a sus rivales y dejar la Costa de la Espada indefensa. ¡Gorr ya está bombardeando Mintarn con las flores de [[Ámbar]] y su Primera [[Utopía]] se alzará sobre vuestros cadáveres!

En una última ráfaga desesperada, la espada del Tirano atravesó el pecho de Thane. La magia oscura consumió la vida del guerrero y su cuerpo se desvaneció, transformándose en una sombra etérea e inerte sobre las losas. [[Thromm]] se arrojó sobre él invocando las plegarias sagradas de la resurrección, pero el conjuro rebotó: mientras el alma de Thane permaneciese atada a la sombra del Tirano, ningún milagro podría devolverlo.

—¡Por la Santa Bárbara! —gritó Trankus con lágrimas de rabia en los ojos.

El cazador saltó sobre la espalda del monarca y hundió el estoque de Karina hasta la empuñadura en la garganta del Tirano. El señor de las sombras cayó de bruces sobre su propia sangre envenenada, exhalando su último aliento.

Con la muerte definitiva del tirano, la sombra que envolvía a Thane se disolvió. Thromm vertió una poción de curación superior entre los labios inertes de su amigo y renovó su súplica divina con un golpe de martillo en el suelo. Una chispa dorada prendió en el pecho del espadachín, y Thane abrió los ojos, jadeando al regresar de las fauces del vacío.

Quedaba la reina.

Los aventureros cerraron filas alrededor del trono. Para activar el cierre del ritual, recordaron las palabras de Elistrae: la condena exigía que Lilith proclamase su soberanía absoluta.

—¿Te llamas reina? —la desafió Samael, alzando la vara ante la titánica mole de sangre—. Mírate, Lilith. Tu ejército se desmorona, tus generales han muerto y no eres más que un parásito alimentándose de carroña en un pozo sin luz.

El orgullo milenario de la vampira estalló en una furia ciega. La sangre reunida en el estrado se elevó alrededor de su cuerpo; durante un instante pareció que el ritual la obedecía y que la corona que había perseguido durante siglos se cerraba por fin sobre sus sienes.

—¡Yo soy la única y absoluta Reina de la Sangre! —rugió Lilith, y su voz sacudió los confines de [[Shadowfell]]—. ¡Soy la señora inmortal de este plano, devoraré la carne de los vivos y mi ciudad flotante reinará sobre las cenizas del multiverso!

Trankus aprovechó el instante de arrogancia: trepó por los pliegues de la túnica de la giganta y clavó el estoque carmesí en el corazón de la reina.

El grito de Lilith fue ahogado por un trueno cósmico.

El Caminante Nocturno que yacía en su regazo abrió dos cuencas de noche infinita. Se incorporó con una lentitud terrible y una zarpa descomunal de pura sombra se cerró alrededor del cuello de Lilith, alzándola como si toda su grandeza no pesara más que una muñeca.

Entonces Samael vio algo que ninguna batalla le había permitido contemplar. Bajo la reina, bajo la criatura inmortal y el orgullo de dos milenios, apareció durante un latido la mujer mortal que él había conocido. Lilith lo miró con los ojos desmesurados por el terror. No quedaba burla en ellos, ni promesa de venganza. Solo la certeza de haber llamado a algo que no podía dominar.

Desde las profundidades del éter resonó una voz antigua, severa e impersonal:

> *Reina... Sí. Pero solo de aquello que mereces.*

El Caminante Nocturno estrechó los dedos. La risa de Lilith se quebró en un jadeo.

> *Gobierna. Reina. Y nunca abandones tu trono.*

Unas nieblas blancas, gélidas e impenetrables brotaron del suelo, envolviendo a Lilith y al trono en una espiral que desgarró la realidad. Sus alaridos se fueron apagando a medida que las brumas la arrastraban hacia los confines sellados de un Dominio del Terror. El Caminante Nocturno desapareció con ella. Cuando la niebla se disipó por completo, el estrado quedó desierto.

En el lugar donde reinaba el trono solo descansaba una única reliquia: una rosa de cristal negro, teñida de escarlata en la punta de sus pétalos. Samael se arrodilló y la recogió con manos temblorosas. Dos mil años de persecución y deuda se cerraban en aquella flor silenciosa.

A lo lejos, el clamor de la batalla exterior cesó: el ejército de vampiros se desbandaba en desorden ante las legiones del Juez.

Greenwood Seahawk abrazó a Trankus con la fuerza de un padre recuperado de la tumba. El capitán decidió permanecer en el asentamiento liberado junto a las tropas del Juez para guiar a los supervivientes y reconstruir la ciudad. Como legado, entregó a Trankus su pesada pistola espectral:

—Lleva el fuego de la Santa Bárbara a donde vayas, muchacho.

Garret Celestera les entregó dos viales de poción de velocidad para la batalla que se avecinaba. Siguiendo las marcas del diario, la compañía se internó en los aposentos más profundos de la catedral hasta hallar el antiguo pedestal de teletransporte.

Rim extrajo la esfera de cristal. El orbe, que al inicio del viaje apenas contenía una bruma tenue, estaba ahora casi colmado de agua pura y reluciente. Al posarlo sobre la hendidura del pedestal, el cristal emitió un pulso de luz esmeralda y el espacio se plegó en un vórtice marino.

El portal los absorbió en silencio, arrancándolos para siempre de las sombras del Abismo y depositándolos en la brisa salada de un faro solitario frente a las ruinas sumergidas de la Primera Utopía.

## Parte V — La ciudad que sueña

### Capítulo LXIII — La ciudad sin niños

El vórtice del portal los escupió a la luz de un cielo diáfano y salino.

Los aventureros se hallaban en una isla rocosa, junto a un faro antiguo de piedra blanca. Una red de grietas recorría sus muros y las estaciones habían borrado casi todos sus ornamentos, pero en lo alto seguía ardiendo una luz dorada, obstinada y limpia. Frente a ellos, extendiéndose sobre un archipiélago de islas comunicadas por puentes, calzadas y arcos de mármol, reposaba la Primera [[Utopía]].

A simple vista, la urbe poseía una belleza clásica deslumbrante: templos, jardines, edificios públicos, fuentes escalonadas, anfiteatros abiertos y arboledas mecidas por la brisa marina. Sin embargo, al bajar la mirada hacia las dársenas, la desolación se revelaba en toda su crudeza. Distritos enteros yacían anegados; las calles terminaban de pronto bajo el agua y las columnas de los edificios sumergidos se alzaban como huesos bajo la superficie cristalina.

Había muertos por todas partes. Cientos de esqueletos, cadáveres resecos y cuerpos momificados de una misma raza desconocida cubrían plazas y escalinatas. Algunos habían caído mientras huían; otros conservaban herramientas, armas o pertenencias apretadas contra el pecho. Nadie los había enterrado.

Y, sin embargo, la ciudad sonaba viva.

El aire llevaba retazos de conversaciones, risas, música y campanas. Voces invisibles se cruzaban en calles derruidas. Durante algunos pasos, la compañía llegó a sentir que caminaba dentro de un recuerdo compartido, como si la Utopía soñase todavía con sus habitantes y se negara a despertar ante sus cadáveres.

La compañía cruzó la calzada principal hacia las avenidas de la ciudad con la incómoda certeza de que algo observaba cada uno de sus movimientos. El contraste era perturbador: no se veía un solo niño. Solo transitaban hombres y mujeres en la flor de la juventud, ataviados con túnicas impecables pero desgastadas por décadas de uso repetido. Ignoraban las ruinas y los cuerpos a sus pies. Barrían aceras desmoronadas, acarreaban cántaros vacíos o fingían vender fruta podrida en mercados desiertos, sonriendo con una placidez hueca.

Una mujer de cabellos rubios se aproximó con un cesto de mimbres secos y les brindó la bienvenida con cortesía exquisita:

—Pasad, honorables viajeros. Mi hogar está abierto para vosotros; admirad la luz dorada de nuestros techos y el perfume de los jazmines.

[[Trankus Trenkins|Trankus]] miró a su alrededor con desconcierto: la vivienda que la mujer señalaba era una ruina calcinada sin techo, cuyas vigas quebradas amenazaban con desplomarse.

—¿Quién gobierna este lugar? —preguntó [[Thane Marrok|Thane]], con la mano en la empuñadura de su espada.

—Nuestro amado creador... —respondió la mujer. De pronto, sus ojos perdieron el foco; la mandíbula le tembló y su mente pareció sufrir un reinicio mecánico—. Nuestro señor es... hace una hermosa tarde para pasear por la arena, el anfiteatro y el gran templo, ¿no creéis?

Cualquier intento de profundizar en el pasado o pronunciar el nombre de [[Gorr]] provocaba en los habitantes un parpadeo aturdido que devolvía sus conversaciones al inicio del bucle.

En el ayuntamiento municipal, una mansión neoclásica con las vidrieras destrozadas, los recibió el alcalde Jorik. El magistrado vestía casaca de gala raída y los invitó a sentarse ante un escritorio sin patas.

—Sed bienvenidos a la ciudadanía plena —anunció Jorik, entregándoles hojas de registro oficial con solemne parsimonia.

[[Rim]] examinó el pliego: el pergamino no contenía leyes ni decretos, sino hileras interminables de garabatos infantiles y trazos circulares repetidos hasta el borde del papel.

El bardo apoyó el violín negro sobre su hombro y rozó suavemente una cuerda, dejando que un compás melancólico de la melodía de [[Kaladin]] flotase en el despacho.

El efecto fue fulminante. Jorik se llevó las manos a las sienes, jadeando como si despertase de un largo ahogo. Sus ojos se abrieron con una lucidez preñada de espanto:

—Gorr... —gimió el alcalde, con la voz quebrada por el dolor reprimido—. Ã‰l dijo que éramos defectuosos... que nuestros cuerpos eran débiles y nuestras mentes se manchaban con el paso de los años. Por eso inundó la ciudad... ahogó los barrios bajos y levantó una fortaleza bajo el fondo del mar. Allí abajo está criando una raza perfecta, usando las larvas de [[Minerva Vareman]] y la savia que vuelve de piedra a los hombres...

Jorik miró a Rim, aferrándose al borde de la mesa:

—La música... en el anfiteatro vive Alera. Ella fue discípula de Kaladin, pero la canción está rota... nadie puede tocarla entera sin morir.

Antes de que pudieran interrogarlo más, el espasmo remitió: los párpados de Jorik cayeron y su semblante recuperó la sonrisa vacía y servicial del funcionario. Les asignó una vivienda de piedra protegida del viento y les deseó un próspero porvenir en la ciudad eterna.

La compañía se recogió en la casa asignada para acometer un descanso largo antes de explorar los distritos sumergidos. El cansancio de las batallas del Abismo pesaba en sus miembros y la guardia se mantuvo tensa.

Al despertar con las primeras luces del alba, una sensación de frío y pérdida invadió el refugio. Al revisar sus hatillos, varios de los objetos con mayor valor sentimental y devocional habían desaparecido sin dejar rastro de forzamiento ni pisadas en el polvo: la estatuilla de Umberlee que Thane conservaba desde sus primeros días de mar, un juego de dagas ceremoniales y los tambores sagrados se habían desvanecido en la penumbra.

Gorr el Coleccionista ya había posado su garra invisible sobre la compañía.

### Capítulo LXIV — La canción de Kaladin

La arena de entrenamiento de la Primera [[Utopía]] era un foso elíptico de arena blanca cercado por columnas quebradas. En el centro, dos reclutas con corazas de bronce repetían una y otra vez el mismo intercambio de golpes: estocada alta, bloqueo con escudo, retroceso y reinicio. No aprendían, no corregían la postura ni sudaban bajo el sol inmóvil; eran autómatas de carne atrapados en una coreografía sin fin.

A la sombra de un dosel de lona presidía las prácticas Drabus, antiguo campeón de los ejércitos de [[Gorr]]. Su mirada, aunque nublada por el velo onírico de la ciudad, conservaba una chispa de dignidad marcial ausente en el resto de los ciudadanos.

—Buscáis pelea, enano —dijo Drabus al ver aproximarse a [[Thromm]] con la maza al cinto.

—Busco respuestas —replicó Thromm, despojándose de la capa y empuñando una lanza de prácticas de madera tosca—. Y las respuestas se ganan con sudor.

El duelo fue limpio y riguroso. El campeón embistió con la contundencia de un veterano de cien asedios, pero Thromm paró cada acometida con la solidez de una montaña de roca. Al compás del choque de las maderas, [[Rim]] deslizó el arco sobre las cuerdas de su violín negro, entretejiendo un ritmo sutil que vibraba en la misma frecuencia que el espíritu del guerrero.

Con cada impacto y cada compás de la música de [[Kaladin]], las brumas de la mente de Drabus comenzaron a dispersarse. El campeón bajó la guardia, jadeando, con una mirada de repentina lucidez:

—La fortaleza... —susurró Drabus, mirando hacia el mar que lamía los muros de la arena—. En el primer nivel subterráneo... la obra de construcción. Vi a mujeres de tu estirpe, enano... encadenadas al pico y a la pala, obligadas a mover sillares bajo el látigo de los capataces. Muchas murieron en los derrumbes.

—¿Sigue alguna con vida? —apremió Thromm, con el pecho encogido por la angustia.

—Id al anfiteatro... buscad a Alera —balbuceó Drabus antes de que el trance volviese a cerrarse sobre sus pupilas—. Ella guarda la música... y en el gran templo aguardaba Erasmo antes de huir de los ojos del señor.

Thromm venció el último envite desarmando al campeón con un giro seco. Se estrecharon los antebrazos con respeto marcial; apenas se separaron, Drabus y sus reclutas reanudaron el combate ritual como si nada hubiese ocurrido.

La compañía se encaminó hacia el gran anfiteatro. El conservatorio era un coliseo semicircular de mármol blanco cuyas gradas estaban grabadas con runas musicales que despedían un fulgor zafiro continuo, interpretando en el aire una versión fragmentaria y repetitiva de la [[Canción Eterna]].

En el centro del escenario, sentada sobre una piedra pulida, una criatura de piel azulada y grandes ojos marinos interpretaba una melodía solitaria con un clarinete de madera oscura: Alera.

Al cruzar el umbral del anfiteatro, el violín de Rim respondió espontáneamente a la llamada del clarinete. Las runas de las gradas se encendieron con una intensidad deslumbrante y las dos melodías se fundieron en una sola armonía perfecta. Alera alzó la vista y dejó caer las manos conmovida:

—Has vuelto... —susurró la dama marina con veneración—. O lo que queda de ti. Conoces las notas que jamás pudimos completar.

Alera explicó que Gorr residía en el cuarto nivel de la fortaleza que yacía bajo las aguas; la entrada conocida se hallaba en la tercera planta, pero Kaladin conocía una vía secreta. Con lágrimas en los ojos, la intérprete entregó a Rim una partitura original de Kaladin y curó con un cántico sagrado los moratones del combate de Thromm:

—Kaladin no quiso que las vidas y los dolores de este mundo fuesen borrados por la colección de Gorr. Por eso partió su propia alma en pedazos y los dispersó por los mares antes de dejarse caer. La Canción Eterna es el hilo que vuelve a tejerlo todo. Si queréis hallar el principio de la verdad, buscad a Erasmo en el gran templo: está cubierto de runas para no ser visto por el Coleccionista.

Con la partitura a buen recaudo en el zurrón de Rim, el grupo acudió al gran templo de la acrópolis.

El santuario era una basílica colosal donde decenas de ciudadanos rezaban de rodillas frente a un mural que representaba a Gorr alzando sus manos sobre la ciudad junto a una silueta encapuchada cuyo rostro había sido borrado a golpe de cincel. Todos los libros de las estanterías estaban llenos de garabatos sin sentido, salvo una gaveta secreta donde reposaban varios pergaminos de relámpago y evocación.

Sobre el pavimento, una serie de caracteres arcanos invisibles a simple vista revelaban un enigma grabado:

> *Para encontrar lo olvidado, buscad donde comenzó o donde termina la mentira.*

[[Samael]] canalizó su magia para disipar una barrera de fuerza que protegía el pedestal del altar mayor. [[Trankus Trenkins|Trankus]] accionó un resorte de bronce disimulado en la base del retablo y las losas se abrieron en un suspiro de piedra, dejando al descubierto una escalinata oculta que descendía en espiral hacia las entrañas olvidadas del templo.

### Capítulo LXV — El cronista de Gorr

La escalinata descendía hacia una cripta abovedada donde reinaba una quietud sepulcral. A diferencia de las bibliotecas de la superficie, atestadas de pergaminos emborronados con garabatos, esta cámara albergaba centenares de códices auténticos, encuadernados en cuero fino y ordenados con pulcritud obsesiva.

En el centro de la estancia, sentado entre montañas de manuscritos, aguardaba un ser de aspecto extraordinario: su piel era de un azul zafiro intenso, y cada pulgada de su cuerpo y rostro estaba cubierta por intrincadas runas grabadas a fuego lento, que destellaban con una luz mortecina capaz de repeler cualquier sondeo mental.

—Me llamo Erasmo —dijo la figura con una voz serena que resonaba como agua sobre cantos rodados—. Fui la primera criatura creada por [[Gorr]].

El cronista se puso en pie, descorriendo una capa grisácea. Explicó que el dios lo había engendrado como su prototipo original de vida perfecta: no necesitaba alimentarse, beber ni dormir, y su único propósito era registrar con fidelidad la historia, las ciudades y los especímenes que su amo iba recolectando a través de los planos.

—Pero me rebelé —continuó Erasmo con tristeza infinita—. Vi cómo Gorr amputaba las memorias de pueblos enteros para convertirlos en adornos estáticos de su colección. Comprendí que su perfección no era más que una muerte congelada. Estas runas que llevo en la piel me ocultan de su mirada... aunque también me encadenan a esta fosa.

Erasmo clavó sus ojos luminosos en [[Rim]], inclinando la cabeza con afecto fraternal:

—Y tú... tú eres lo que queda de [[Kaladin]]. Cuando Gorr quiso adueñarse de su espíritu y de la [[Canción Eterna]], Kaladin comprendió que su propia muerte no bastaría: el Coleccionista habría atrapado su alma entera. Por eso fragmentó su esencia en docenas de vidas y arrojó sus partituras al mar. Tú eres una vida nueva, Rim; no estás obligado a disolverte en él, pero a medida que interpretas su música, su historia y su fuerza vuelven a florecer en tus dedos.

El cronista desplegó sobre una mesa de lectura el plano de la fortaleza subterránea que Gorr construía en las profundidades.

—La fortaleza posee cuatro niveles; los dos inferiores yacen completamente sumergidos —reveló Erasmo—. Aún no está terminada, pero cuando concluya su forja, Gorr pretende hundir el resto de [[Utopía]] bajo el mar y hacer emerger la fortaleza frente a la Costa de la Espada para someter los reinos con el [[Ámbar]]. En sus entrañas cultiva nidos de huevos yuan-ti de crecimiento acelerado, tropas anfibias kuo-toa y el ejército de la raza perfecta perfeccionada a partir de las investigaciones de [[Minerva Vareman]].

[[Thromm]] dio un paso al frente, con la voz quebrada por una angustia que no admitía dilaciones:

—Mi esposa... en la arena me dijeron que había mujeres de mi clan cautivas en las galerías.

Erasmo posó una mano compasiva sobre el hombro del enano:

—Tu esposa está viva, Thromm. Está prisionera en el primer nivel de la fortaleza. Fue convertida en yuan-ti por los capataces de Gorr, como ocurrió con tu hijo Shaun, pero resistió la asimilación definitiva y la emplean como mano de obra esclava en las canteras de la muralla.

La confirmación estremeció a Thromm hasta las lágrimas; la promesa recuperada del cuervo dorado ardía más viva que nunca.

—Para llegar a ella debéis usar la entrada de servicio excavada al pie de los acantilados marinos —advirtió Erasmo—. En los niveles sumergidos, las armas de tajo y maza serán lentas y torpes por la resistencia del agua; necesitaréis lanzas, tridentes, ballestas y hojas punzantes.

Antes de despedirlos, el cronista trazó con ceniza mágica una runa en la frente de cada uno: el sello impedía que Gorr sondease sus mentes o les arrebatase sus pertenencias mientras estuviesen en sus dominios. Además, Erasmo entregó a Rim un fragmento brillante de la esencia de Kaladin: un don armónico que le permitiría sintonizar y alternar sus instrumentos musicales sin consumir los límites ordinarios de su magia.

—Marchad —sentenció el cronista, volviéndose hacia sus libros—. La marea está cambiando... y el Coleccionista pronto sabrá que sus piezas han cobrado voz.

### Capítulo LXVI — La fortaleza sumergida

Al emerger de las catacumbas del templo a la luz del día, una quietud glacial cubría las calles de la Primera [[Utopía]]. Los habitantes pasaban junto a los aventureros como sombras ciegas, incapaces de percibir su presencia bajo el velo protector de las runas de Erasmo.

Al cruzar la arena de gladiadores, un escalofrío recorrió la espalda de [[Thromm]]. En medio de la pista yacía Drabus: el campeón reposaba tendido de espaldas sobre la arena blanca, con los ojos vidriosos vueltos hacia el cielo y sin una sola herida en el cuerpo. Su corazón simplemente había dejado de latir en el instante en que sus palabras rompieron el silencio.

Thromm se arrodilló junto al cadáver y recogió su lanza de acero refinado —un arma equilibrada de maestría impecable—.

—Tu acero no quedará olvidado, campeón —murmuró el enano con gravedad sombría—. Servirá para abrir las rejas de tu señor.

En el anfiteatro aguardaba un horror idéntico. Alera yacía inerte sobre las losas del proscenio, con el clarinete quebrado entre sus dedos azulados. La represalia de [[Gorr]] contra quienes osaban quebrar el sueño de su colección era implacable y silenciosa. [[Rim]] cubrió el cuerpo de la dama de la música con su propia capa y recogió el instrumento roto con respetuosa devoción.

No quedaba tiempo para el duelo. La compañía descendió por un sendero escarpado que bordeaba los riscos marinos hasta el rompiente de las olas, donde el mar golpeaba con furia los cimientos de la acrópolis.

Allí, oculta entre cortinas de algas y salitre, se abría una compuerta de bronce tachonada de remaches marinos: la entrada de servicio del primer nivel de la fortaleza.

Rim alteró sus facciones, adoptando la apariencia de un ciudadano aterrado de la superficie, y aporreó el metal gritando que el pueblo se había levantado en armas. El engaño surtió efecto inmediato: los pesados cerrojos chirriaron y cinco soldados yuan-ti, encabezados por un capitán de escamas aceradas, salieron al exterior espada en mano para inspeccionar el disturbio.

La emboscada del grupo fue fulminante. [[Trankus Trenkins|Trankus]] saltó desde una cornisa y atravesó el cuello del capitán con el estoque ladrón de vida; [[Samael]] desató una llamarada concentrada sobre el umbral y Rim paralizó a los rezagados con una pauta hipnótica. Los cinco defensores cayeron degollados antes de que un solo silbato de alarma pudiera resonar en los corredores.

El grupo penetró en el complejo y trancó la compuerta exterior para asegurar su retaguardia.

El primer nivel subterráneo era una inmensa cantera excavada bajo el lecho marino. Las paredes rezumaban agua salina y las vigas de soporte crujían bajo el peso de millones de toneladas de océano. Tras eludir una trampa de red con púas y abatir a dos centinelas apostados tras un rastrillo, la compañía exploró los talleres y naves de almacenamiento.

En una cámara húmeda custodiada por runas de advertencia, descubrieron un estanque donde florecían decenas de Flores de [[Ámbar]]. El polen dorado flotaba en el aire; al menor contacto con la piel viva, provocaba un endurecimiento pétreo y punzante. Mediante su mano mágica, Trankus abrió un arcón sumergido en el fondo del estanque y extrajo un tesoro singular: la *Corona de Algas Bioluminiscentes*, un tocado vegetal que otorgaba a su portador la capacidad de respirar y comunicarse bajo el agua, delatando además cualquier falsedad mediante turbulencias en la corriente marina.

En una nave adyacente hallaron cajas de plomo selladas con cera que contenían diez ampollas de líquido de Ámbar concentrado: bombas químicas diseñadas para desatar la cristalización instantánea en superficies secas. Trankus distribuyó dos de las ampollas a [[Pepinillos]], que las acomodó en su zurrón con una mueca de deleite pirómano, guardándose las ocho restantes en su faltriquera de cazador.

Más adelante, en una armería repleta de pertrechos de asedio, el grupo se pertrechó con armas punzantes —lanzas, tridentes y estoques— indispensables para combatir en las zonas anegadas donde las mazas y espadas de corte quedarían entorpecidas por la densidad del agua.

En una cámara secreta protegida por un glifo de evocación que Samael neutralizó con maestría, aguardaba el hallazgo definitivo: la *Capa de Mantarraya*, una vestidura mágica de piel oscura que concedía a quien la vistiese el movimiento ágil y la respiración fluida de las criaturas del océano; junto a ella descansaban una armadura de placas de mithril, tres escudos con el blasón de la Cofradía de Coleccionistas y una docena de viales de poción de respiración acuática.

Las herramientas para el asalto submarino estaban listas. Pero desde el fondo de las galerías llegaban chasquidos de cadenas, lamentos sofocados y el chasquido del látigo de los capataces. Los esclavos de Gorr aguardaban en las sombras.

### Capítulo LXVII — Los esclavos del Coleccionista

Una galería angosta impregnada de frío punzante conducía a las cámaras frigoríficas del primer nivel. En ganchos de hierro colgaban cuartos de carne salada y despojos despiezados; en un tonel de agua salobre chapoteaba una cría de pulpo famélica pero dócil. Varios cuerpos mostraban incisiones rituales donde se habían extirpado órganos para nutrir a las abominaciones marinas que [[Gorr]] incubaba en el fondo. [[Thromm]] examinó los restos de su estirpe con el alma en vilo: la piel de los enanos había sido separada deliberadamente del músculo, pero ninguna de las víctimas correspondía a los rasgos de su esposa.

El avance los llevó al umbral de las canteras principales.

Bajo la luz parpadeante de antorchas de fósforo verde, decenas de esclavos esqueléticos picaban bloques de basalto marino bajo la vigilancia despiadada de un campeón acorazado, un sacerdote de túnica escamosa y dos bestias cuadrúpedas —engendros perfeccionados a partir de los sabuesos de [[Minerva Vareman]]—. Los monstruos poseían pellejos blindados que se endurecían a cada impacto y fauces capaces de quebrar el hierro.

—¡Ahora! —susurró [[Thane Marrok|Thane]].

El asalto fue fulminante. Thane y Thromm cargaron en vanguardia; la lanza de Drabus silbó en las manos del enano, ensartando a uno de los sabuesos antes de que pudiera replegarse sobre las sombras. Las bestias se adaptaban al castigo físico mutando su piel, pero [[Samael]] desató una salva de proyectiles arcanos que destrozó su estructura orgánica mientras [[Trankus Trenkins|Trankus]] abatía al sacerdote desde una balconada de roca.

Uno de los capataces supervivientes intentó arrojar una ampolla de [[Ámbar]] contra los cautivos para cubrir su huida, pero [[Pepinillos]] cayó en picado sobre su rostro, clavándole el aguijón en el ojo y haciéndole soltar el proyectil antes de que estallara.

Desarmada la guardia, exploraron los calabozos excavados al fondo de la cantera.

A través de las rendijas de una cancela reforzada, Pepinillos escuchó la conversación de dos oficiales de reemplazo: la suma sacerdotisa ultimaba los preparativos del ritual de asedio, el campeón Kempa reunía a las falanges de choque y los primeros nidos de huevos yuan-ti estaban eclosionando a velocidad vertiginosa. En apenas cuarenta días, el ejército perfecto estaría listo para marchar sobre la superficie.

Thane y Trankus derribaron la puerta en una emboscada inmediata. Uno de los sacerdotes invocó un conjuro de parálisis sobre el cazador, inmovilizándolo en seco; antes de que los alfanjes cayeran sobre su cuello, [[Rim]] desbarató la magia enemiga con un grito disonante y Samael sepultó a la guarnición bajo una lluvia de esquirlas de piedra.

Al fondo de la celda más oscura, tendido sobre un lecho de paja empapada en sangre, yacía un enano desfigurado por los tormentos de los capataces.

Thromm cayó de rodillas a su lado, conteniendo el aliento:

—¿Urd...?

El moribundo abrió un ojo hinchado y reconoció a su antiguo compañero de clan con un estertor quebrado:

—Thromm... has venido... —murmuró Urd, apretando la mano enguantada de su camarada con fuerzas agónicas—. Gorr estuvo aquí... hace dos lunas. Se llevó a tu esposa... la bajó personalmente hacia las plantas inferiores. Sigue viva, Thromm... no dejes que la conviertan en una de sus cosas perfectas.

Urd tosió sangre negra, señalando las galerías del sur:

—Cuidado con Kempa... y con la suma sacerdotisa. Tienen cientos de huevos en las cámaras cálidas del fondo... si rompéis los nidos, su ejército tardará meses en reponerse. Salvad... a los que quedan...

El viejo minero exhaló su último suspiro en brazos de Thromm. El enano le cerró los párpados con caricia reverente, apretando los dientes con una determinación de hierro:

—Descansa en paz, hermano. Tu mensaje no caerá en saco roto.

La compañía liberó a los demás prisioneros, reuniendo a más de cuarenta esclavos de las antiguas cepas de Minerva. Les suministraron raciones secas, agua y herramientas para atrincherarse en las salas altas hasta que la fortaleza fuese purgada.

Antes de despedirse, uno de los trabajadores más ancianos les reveló un dato que encendió la mirada de Thane y Trankus: en las celdas del tercer nivel sumergido no solo aguardaban las creaciones más letales de Gorr; allí mantenían encadenado a [[Arlong]], la Furia de Istishia, el heroico paladín tritón que capitaneaba la guardia de [[Mintarn]] y al que daban por muerto tras las batallas de la costa.

El mapa del rescate estaba completo: la esposa de Thromm, el paladín de Istishia y los nidos de huevos que alimentaban la invasión aguardaban en las entrañas anegadas de la fortaleza.

### Capítulo LXVIII — Bajo las aguas de Utopía

En una cámara resguardada del primer nivel, protegidos por las runas que Erasmo había grabado en su piel, los aventureros prepararon su equipamiento para la inmersión definitiva.

[[Rim]] se ciñó la *Corona de Algas Bioluminiscentes*; los zarcillos fosforescentes se enlazaron suavemente en sus sienes, adaptando su respiración al medio acuático. [[Trankus Trenkins|Trankus]] ajustó los broches de la *Capa de Mantarraya*, sintiendo cómo el tejido oscuro se amoldaba a sus hombros con la ligereza de una aleta marina. [[Thromm]] probó el balance de la lanza de Drabus, mientras [[Samael]] y [[Thane Marrok|Thane]] distribuían entre sus talabartes los viales de poción de respiración marina.

Durante las horas de descanso, una pesadilla compartida sacudió la mente de los cinco.

En la visión, enviada a través de las corrientes etéreas por la voluntad omnímoda de [[Gorr]], las torres, almenas y dársenas de [[Mintarn]] aparecían sumidas en una bruma dorada e irrespirable. Nubes de esporas de [[Ámbar]] barrían los muelles mientras destacamentos selectos de invasores anfibios asaltaban almacenes de pólvora, baterías de cañones y torres de vigía, inutilizando las defensas del puerto. Sobre la desolación de la isla resonaba la voz pausada del Coleccionista, fría como el hielo de las fosas abisales:

> *He observado cómo respira Mintarn. He medido cada latido de sus muelles y cada piedra de sus murallas. Ahora os enseñaré cómo deja de respirar.*

Al despertar sobresaltados, las runas en sus frentes aún ardían con una tenue brasa plateada: la magia protectora del cronista había impedido que Gorr les arrebatase nuevos recuerdos o pertenencias durante el trance. La amenaza no era una quimera lejana; el asedio sobre el hogar ya había comenzado.

Bebieron los elixires salobres y abrieron la compuerta de presión que comunicaba con el segundo nivel.

El océano los recibió en un abrazo gélido y silencioso.

A diferencia de las canteras superiores, las galerías del segundo piso yacían completamente inundadas por aguas saladas y cristalinas. Las corrientes marinas mecían cortinas de algas verdeazuladas que crecían sobre mosaicos de nácar y mármol tallado con bajorrelieves de ciudades devoradas por las olas.

Guiándose por las advertencias del difunto Urd, la compañía avanzó sumergida hacia el sector meridional, donde se concentraban los nidos de incubación y las dependencias de la guarnición principal. Trankus se adelantó en misión de reconocimiento: impulsado por los pliegues hidrodinámicos de la Capa de Mantarraya, el cazador se deslizaba bajo el agua con la velocidad y el sigilo de un escualo hambriento.

Al asomarse al quicio de una nave colosal, Trankus divisó el corazón logístico del nivel.

Era una inmensa sala submarina alfombrada de algas bioluminiscentes y depósitos de Ámbar resguardados en cajas de plomo. En torno a largas mesas de piedra y peanas de armas patrullaba una numerosa guarnición enemiga: guerreros yuan-ti de escamas purpúreas, campeones acorazados armados con tridentes de bronce y sacerdotes que dirigían el mantenimiento de los conductos de incubación.

El cazador no vaciló. Desenvainó su estoque y nadó abiertamente hacia el centro del salón, clavando la punta del acero en la mesa del oficial más cercano.

El estrépito metálico resonó a través del agua con un eco sordo. La guarnición entera giró hacia el intruso con ojos inyectados en ira ofidia.

Trankus dio media vuelta y batió las alas de su capa a máxima velocidad, replegándose en una estela de burbujas hacia el angosto pasadizo donde sus compañeros lo aguardaban apostados. A su espalda, media docena de campeones y una falange de infantes se lanzaron en una persecución voraz, hendiendo las aguas con sus lanzas en ristre.

Al embocar el corredor, la trampa se cerró.

Apostado tras un pilar sumergido, Samael alzó su vara canalizando una devastadora esfera de fuego adaptada a la presión marina; Thane y Thromm se interpusieron en el canal con sus lanzas y aceros dispuestos para la colisión frontal, mientras Rim modulaba las notas de la melodía primigenia para sellar la mampostería a espaldas de los perseguidores.

Bajo las aguas de la Primera [[Utopía]], en el umbral donde se decidía la vida de los esclavos, el destino de la esposa de Thromm y la salvación de Mintarn, la emboscada final quedó suspendida en el instante previo al primer golpe.
